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MEDIO AMBIENTE Y URBANISMO |
(La Verdad. 28-3-07)
Hace ya varios años que
importantes especialistas llamaron la atención en foros nacionales
e internacionales acerca del peligro que acechaba a uno de los yacimientos
arqueológicos más importantes de la Península
Ibérica, desde la Edad del Bronce a la Edad Media. Todas
las culturas que estuvieron presentes en el Mediterráneo
occidental dejaron valiosos testigos en este yacimiento único.
A pesar de la claridad de las leyes y del supuesto
tesón teórico de los organismos públicos por
preservar y presentar el patrimonio, incluso en parques temáticos
de dudoso gusto, asistimos en los albores del siglo XXI al «expolio»,
así lo define La Ley de Protección del Patrimonio,
de un conjunto arqueológico de valor incalculable. Sin duda
algo ha fallado, pues lo que parecía imposible se ha consumado.
Hemos asistido a la destrucción de la
fisonomía del Castillo de Lorca, seña de identidad
indiscutible de la ciudad. Hoy, tras el fracaso de instituciones
y políticos, sólo la población comprometida
con su pasado podrá preservar la herencia escrita, en páginas
doradas e irrepetibles de historia, que incomprensiblemente un desarrollo
mal entendido quiere borrar para siempre.
En las Jornadas de Cultura Judeo-Sefardí
organizadas en Lorca en marzo de 2006, especialistas y profanos,
de España y el extranjero asistimos estupefactos a la exposición
de un proyecto de presentación de la excepcional Sinagoga
lorquina recientemente aparecida, en un sótano o ataúd
tecnológico fuera de su contexto.
Podríamos hablar también del resto
del yacimiento, del período ibérico, romano, visigodo
o andalusí, que se perderá para siempre, pero tal
vez por la espectacularidad de lo aparecido, sea la huella sefardí
la que más llame la atención, al constituir el barrio
judío y su sinagoga un conjunto único en el marco
de toda la Europa occidental.
No soy de Lorca, ni siquiera tengo familiares
murcianos, pero créanme que como amante de nuestro patrimonio
común me duele en primera persona lo que está sucediendo.
Y más en las fechas en las que nos hallamos, cuando hemos
asistido a la salvación heróica de yacimientos anegados
por las aguas de la ignorancia. Permítanme terminar con algo
que sucedió en el siglo XIX en la histórica ciudad
cervantina de Alcalá de Henares, hoy reconocida internacionalmente
como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Cuando el Decreto de Desamortización
de 1836 trasladó la Universidad Complutense, de la que yo
soy miembro, desde Alcalá a Madrid, sus edificios fueron
vendidos y, tras peligrosas vicisitudes, mediante suscripción
popular, los alcalaínos organizados en la Sociedad de Condueños,
compraron, preservaron y conservaron para el futuro su histórico
patrimonio, destacando el que fuera el Colegio Mayor con su celebérrima
fachada, verdadero estandarte de la ciudad.
De no ser por la implicación de tan comprometidos
vecinos semejante monumento hubiera sido destruido para construir
caminos, como tantos otros monumentos españoles. En 1977,
amansadas las atrevidas y violentas aguas de la ignorancia del siglo
XIX, fue posible que el edificio tan heroicamente salvado pudiera
volver a ser el corazón de la Universidad de Alcalá
de Henares que volvía a abrir sus puertas.
No permitan que se hable de Lorca como el ejemplo
del expolio y la destrucción del patrimonio en todos los
rincones del mundo civilizado. ¿Conserven con orgullo el
patrimonio que han heredado! Algún día sus hijos les
pedirán explicaciones.
Juan Carlos Ruiz
Souza es profesor del Departamento de Historia de la Universidad
Complutense de Madrid.
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