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MEDIO AMBIENTE Y URBANISMO |
(La Verdad, 23-09-07)
Era
marzo de 1978 y Mazarrón asistía a uno de los episodios
más notables de su historia reciente: un grupo de mazarroneras
del Puerto se alzaron contra la pretendida urbanización de
la isla del Cabezo, que un promotor había rebautizado con
el nombre promocional de Isla de Paco. Se trataba de un Plan Parcial
que muy pronto había aprobado el Ayuntamiento de la época
(siendo Juan Paredes alcalde) y que contemplaba, sobre sus exiguas
80 hectáreas, nada menos que 393 viviendas (un poblado romano),
un hotel de 100 plazas, un restaurante de 80 plazas, un anfiteatro
para tres mil espectadores más actuaciones disparatadas en
la playa de la Isla (espigones, rellenos, parkings). La Asociación
Pro Defensa del Patrimonio, que dirigía la catedrática
Ana María Muñoz también se opuso, alegando
motivos ecológicos y paisajísticos. Un informe urbanístico
del arquitecto Felipe Iracheta (que ya cabalgaba, desde luego) apoyaba
a esa asociación enumerando los incalificables defectos,
abusos y pretensiones del Plan Parcial, y dejándolo en ridículo.
Mientras tanto, el promotor, Mariano Yúfera, desarrollaba
una disparatada campaña de irredentismo territorial, reivindicando
para Mazarrón el espacio costero entre Calnegre y Cabo Tiñoso,
alegando la «irracionalidad de los límites actuales»
(a expensas, naturalmente, de Lorca y Cartagena).
El asunto pareció del
mayor interés (y el personaje, sugerente) para el Grupo Ecologista
Mediterráneo (GEM), trabando contacto, como primera medida,
con un grupo de ecologistas mazarroneros -con Juan López
y Jesús Solá, entre otros- y buscando una entrevista
directa con el promotor. Le dije que la isla debía respetarse
por ser valiosa y constituir un elemento característico en
esa costa y, en consecuencia, en la memoria y el patrimonio cultural
de los mazarroneros, a lo que contestó que ahí sólo
había «culebras y alacranes», que era suya y
que podía hacer lo que quisiera, con el Plan Parcial correspondiente.
Le dije que no y que nos tendría enfrente. El 2 de abril
lanzamos una primera nota, dura, sobre nuestra idea sobre la conservación
de la isla y contra las pretensiones de Yúfera, que la prensa
extractó extensamente. Denunciamos, de paso, «la estrategia
ladina y demagógica de, mediante la compra de voluntades
por el dinero y las dádivas, impedir la manifestación
libre del espíritu crítico ciudadano ». Y muy
pronto don Mariano nos distinguió con una primera andanada
en forma de publicidad pagada, a la que seguirían otras (diario
Línea, 5 y 7 de abril, 4 y 23 de mayo), de contenidos más
que peculiares; en nuestra respuesta («Mariano Yúfera
y las visiones», La Verdad, 21 de mayo) no nos anduvimos por
las ramas. Resumamos el pensamiento del promotor recordando que
en esos textos solía soñar que urbanizaba las pocas
zonas verdes que quedaban en el litoral y evocaba al Caudillo, que
descendía para interesarse por él y por la situación
de España. «Mi general -se quejaba Yúfera- aquí
no hay quien se entienda. El guirigay es espantoso y descomunal.
Aunque quieras hacer y hagas las cosas con altruismo no faltan ineptos,
envidiosos e irresponsables que ni trabajan ni dejan trabajar ».
Y se dejaba arrebatar por la presencia del Caudillo que, «con
los más, inicia el más clamoroso Cara al Sol que jamás
fue oído».
La cosa puede parecer divertida,
pero el promotor tenía su punto de estratega y sabía
organizar a sus trabajadores en pro de sus designios. Memorable
fue la bronca que le organizaron a doña Ana María
Muñoz, en el paraninfo de la Universidad de Murcia cuando,
celebrando una de sus reuniones la Asociación de Defensa
del Patrimonio, en la que se criticaba a la Isla de Paco, desembarcaron
de varios autobuses decenas de fieles con ganas de gresca. También
sabía manejar a sus peones, como don Pedro Talavera (que
gustaba de despacharse contra mí), otro panegirista llamado
Antonio López (que luego haría carrera mediática
de la mano del PSOE) y un tal Oswaldo, que hacía de líder
lamentable de una masa indescriptible.
El GEM mantuvo el tipo hasta
el final con sus escritos, recursos y peleas, hasta que la Comisión
Provincial de Urbanismo denegó en octubre de ese mismo año
1978 la aprobación definitiva al Plan Parcial Isla de Paco.
Consolidó, así, su presencia y aprovechó para
establecer, en lo que después se convertiría en el
Decálogo de la protección del litoral, que (punto
3): «Merecen protección a ultranza todos los elementos
singulares del paisaje, como las pequeñas islas e islotes,
los apéndices rocosos, los acantilados, las sierras litorales,
etc. Para ello, deben mantenerse como no urbanizables y despejados
en su entorno. Sus peculiaridades fisiográficas y paisajísticas
los hacen merecedores de esa protección, con el fin de que
continúen siendo una referencia paisajística que permanezca,
viva y vigente, en la memoria y el espíritu de las generaciones
futuras (como lo fueron de las anteriores)».
El promotor, no obstante, redondeó
el esperpento montando su propio partido para las primeras elecciones
democráticas municipales de mayo de 1979, en las que ganó
nueve concejales de diecisiete, lo que le convirtió en el
primer alcalde mazarronero de la etapa democrática. Naturalmente,
el espectáculo no duró lo que su protagonista esperaba
que durase, y a mitad de la legislatura la lista se rompió,
el grupo salió tarifando y Yúfera perdió sus
últimas esperanzas de alcanzar «un Mazarrón
inmerso en una sociedad de consumo cristiana». Se acabaron
la cháchara y el disimulo, el especulador perdió el
resuello (y algo más), su Caudillo se diluyó en la
discreción de los nuevos tiempos y la isla ahí está,
con sus gaviotas, sus culebras y sus alacranes: tan ricamente.
Pedro Costa Morata
es profesor de la Universidad Politécnica de Madrid y Premio
Nacional de Medio Ambiente.
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