DOCUMENTOS - ARTÍCULOS DE OPINIÓN

MEDIO AMBIENTE Y URBANISMO

"Ladrillo y sensibilidad"
Carlos felipe Iracheta

(La Verdad, 8-11-07)

Durante siglos, la huerta, el valle y la ciudad de Murcia, han dispuesto de una seña de identidad incuestionable y singular, la Torre de la Catedral.

La Torre, ha establecido una especie de diálogo histórico y silencioso durante cientos de años con el castillo de Monteagudo, constituyéndose en hitos urbanísticos tanto en los periodos musulmanes como en los cristianos y contemporáneos. Un dialogo que nada ni nadie había osado violentar.

La Torre de la Catedral es el elemento diferenciador fundamental, que hace que la ciudad de Murcia sea diferente a otras ciudades. No se trata de que sea mejor o peor, o de que tenga un significado u otro, se trata simplemente de que es diferente a cualquier otra cosa o edificio y gracias a su esbelta figura Murcia se reconoce desde los cuatro puntos cardinales y desde sus principales carreteras de acceso, como Sevilla con su Giralda.

La sensibilidad de los ciudadanos y de los responsables públicos, sin necesidad de normas escritas, ha quedado demostrada a lo largo de la historia pasada y reciente, manteniendo incólume la imagen de la ciudad y su símbolo más representativo.

Pero hemos llegado a un momento, el momento ladrillo que diría Boris, en el que la sensibilidad por la historia, el arte, el urbanismo, la ética y la estética, ya no importan ni a la Academia ni a otras cofradías, a juzgar por su silencio cómplice. El ladrillo más obsceno, hortera algunas veces, pretende imponerse con toda su vulgaridad de pretenciosa imagen corporativa, mediante edificios torre o pseudo rascacielos, como nueva imagen de la ciudad, una imagen suplementaria, que no complementaria como correspondería al momento histórico que vivimos.

Nada que objetar a los edificios en altura per se, sobre todo si es buena arquitectura. Mucho que objetar a su emplazamiento, cuando con ello se rompe un diálogo y una imagen histórica o cuando por la noche permanecen insultantemente iluminados con un derroche impropio del momento ahorro de energía o de contaminación lumínica que campañas a nivel planetario pretenden combatir y cuando sus excesos hacen enmudecer a la Torre de la Catedral.

Ya sé, que a determinado mundo ladrillo no se le puede pedir la sensibilidad necesaria respecto a lo que nos ocupa, lo suyo es vender y ganar pasta, pero a los responsables públicos y académicos no sólo se les puede pedir sino exigir, exigir sensibilidad.

Alguien tiene que hacer algo, alguien tiene que ponerle el cascabel al gato. El urbanismo no consiste sólo en trazar calles, poner zonas verdes y repartir edificabilidades, el urbanismo debe establecer normas, normas de edificación que sean sensibles al arte y a la historia y que impidan que en determinados lugares se puedan erigir edificaciones que atenten contra la imagen reconocible de la ciudad.

En aquellos tiempos en que el urbanismo era sensible a estas cuestiones y no puro chalaneo, las leyes del suelo incorporaban unas normas de aplicación directa que prevalecían sobre los planes de ordenación y que no permitían «...que la situación, masa, altura de los edificios e instalaciones, limitara el campo visual para contemplar las bellezas naturales, rompa o desfigure la armonía del paisaje o la perspectiva propia del mismo». Como es de imaginar estas normas desaparecieron de nuestra Ley Regional, pues su aplicación no ya al caso que nos ocupa sino a otros como La Manga habría sido harina de otro costal.

Bajen ustedes por el Puerto de la Cadena, miren la ciudad ya sea de día o de noche y piensen si merece la pena. Por ahora en el área de influencia visual del eje Catedral-Monteagudo sólo se aprecian las torres de Las Atalayas, en el futuro también se verán las altas torres que firma Bofill en La Paz. Esa será la imagen de la ciudad.

.Carlos F. Iracheta es Arquitecto y miembro del Foro Ciudadano

 

 
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