 |
MEDIO AMBIENTE Y URBANISMO |
(La Verdad, 8-11-07)
Durante siglos, la huerta, el
valle y la ciudad de Murcia, han dispuesto de una seña de
identidad incuestionable y singular, la Torre de la Catedral.
La Torre, ha establecido una especie de diálogo
histórico y silencioso durante cientos de años con
el castillo de Monteagudo, constituyéndose en hitos urbanísticos
tanto en los periodos musulmanes como en los cristianos y contemporáneos.
Un dialogo que nada ni nadie había osado violentar.
La Torre de la Catedral es el elemento diferenciador
fundamental, que hace que la ciudad de Murcia sea diferente a otras
ciudades. No se trata de que sea mejor o peor, o de que tenga un
significado u otro, se trata simplemente de que es diferente a cualquier
otra cosa o edificio y gracias a su esbelta figura Murcia se reconoce
desde los cuatro puntos cardinales y desde sus principales carreteras
de acceso, como Sevilla con su Giralda.
La sensibilidad de los ciudadanos y de los responsables
públicos, sin necesidad de normas escritas, ha quedado demostrada
a lo largo de la historia pasada y reciente, manteniendo incólume
la imagen de la ciudad y su símbolo más representativo.
Pero hemos llegado a un momento, el momento
ladrillo que diría Boris, en el que la sensibilidad por la
historia, el arte, el urbanismo, la ética y la estética,
ya no importan ni a la Academia ni a otras cofradías, a juzgar
por su silencio cómplice. El ladrillo más obsceno,
hortera algunas veces, pretende imponerse con toda su vulgaridad
de pretenciosa imagen corporativa, mediante edificios torre o pseudo
rascacielos, como nueva imagen de la ciudad, una imagen suplementaria,
que no complementaria como correspondería al momento histórico
que vivimos.
Nada que objetar a los edificios en altura per
se, sobre todo si es buena arquitectura. Mucho que objetar a su
emplazamiento, cuando con ello se rompe un diálogo y una
imagen histórica o cuando por la noche permanecen insultantemente
iluminados con un derroche impropio del momento ahorro de energía
o de contaminación lumínica que campañas a
nivel planetario pretenden combatir y cuando sus excesos hacen enmudecer
a la Torre de la Catedral.
Ya sé, que a determinado mundo ladrillo
no se le puede pedir la sensibilidad necesaria respecto a lo que
nos ocupa, lo suyo es vender y ganar pasta, pero a los responsables
públicos y académicos no sólo se les puede
pedir sino exigir, exigir sensibilidad.
Alguien tiene que hacer algo, alguien tiene
que ponerle el cascabel al gato. El urbanismo no consiste sólo
en trazar calles, poner zonas verdes y repartir edificabilidades,
el urbanismo debe establecer normas, normas de edificación
que sean sensibles al arte y a la historia y que impidan que en
determinados lugares se puedan erigir edificaciones que atenten
contra la imagen reconocible de la ciudad.
En aquellos tiempos en que el urbanismo era
sensible a estas cuestiones y no puro chalaneo, las leyes del suelo
incorporaban unas normas de aplicación directa que prevalecían
sobre los planes de ordenación y que no permitían
«...que la situación, masa, altura de los edificios
e instalaciones, limitara el campo visual para contemplar las bellezas
naturales, rompa o desfigure la armonía del paisaje o la
perspectiva propia del mismo». Como es de imaginar estas normas
desaparecieron de nuestra Ley Regional, pues su aplicación
no ya al caso que nos ocupa sino a otros como La Manga habría
sido harina de otro costal.
Bajen ustedes por el Puerto de la Cadena, miren
la ciudad ya sea de día o de noche y piensen si merece la
pena. Por ahora en el área de influencia visual del eje Catedral-Monteagudo
sólo se aprecian las torres de Las Atalayas, en el futuro
también se verán las altas torres que firma Bofill
en La Paz. Esa será la imagen de la ciudad.
.Carlos F. Iracheta
es Arquitecto y miembro del Foro Ciudadano
|