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MEDIO AMBIENTE Y URBANISMO |
(EL
PAÍS - Opinión - 24-04-2006)
El
peor problema que tiene ahora nuestro país ya no es la cuestión
terrorista, hoy en vías de solución, ni tampoco la
cuestión territorial, un falso problema inventado para manipular
la agenda en interés de la clase política autonómica,
sino la cuestión urbanística. Con esto me refiero
al doble problema que supone en términos reales el boom de
la construcción (pues en nuestro país se construyen
más viviendas que en el resto de Europa occidental), y en
términos virtuales, la espiral especulativa que encarece
artificialmente el mercado inmobiliario.
Y es el más grave problema
nacional por cuatro razones. La primera es económica, pues
nuestro modelo de desarrollo está gravemente desequilibrado
por la hipertrofia de la construcción como único monocultivo
nacional, lo que incrementa la inflación, reduce la productividad,
y detrae capitales y recursos humanos que deberían invertirse
en otros sectores más competitivos, convirtiendo a nuestra
economía en comercialmente deficitaria y tecnológicamente
subdesarrollada.
La segunda razón es social, pues la inflación
de la burbuja especulativa eleva artificialmente el precio de la
vivienda hasta hacerla inaccesible para jóvenes, mujeres
e inmigrantes. Así se constituye un círculo vicioso,
pues la continua revalorización del mercado hace que todos
aspiren a convertirse en propietarios dada la carestía relativa
del alquiler, hasta el punto de que nuestro país ostenta
el récord europeo de tenencia de la vivienda en régimen
de propiedad, superando el 90% del total. Todo lo cual termina por
bloquear las oportunidades de emancipación, pues así
como en el resto de Europa jóvenes y mujeres se emancipan
de sus padres y maridos gracias al mercado de alquiler, en España
no pueden hacerlo, obligados como están a tener que hipotecarse
para poder comprar. Y dada la precariedad del mercado laboral, los
jóvenes deben esperar hasta los 30 años para poder
emanciparse ejerciendo su derecho a formar familia, a la vez que
las mujeres no pueden hacerlo por sí solas pues necesitan
vincularse a sus parejas de las que dependen para financiar las
hipotecas, lo que se agrava sobremanera para los inmigrantes a causa
de su sobreexplotación salarial.
La tercera razón es ecológica,
pues el suelo de una parte creciente del territorio español
se está viendo gravemente deteriorado como consecuencia de
las destructivas secuelas de su acelerada urbanización, que
ciega para siempre su capacidad de renovación sostenible.
En quince años de especulación
urbanística y boom inmobiliario, la totalidad de la costa
mediterránea, ambos archipiélagos y las áreas
metropolitanas de las grandes urbes han sufrido un descontrolado
proceso de urbanización salvaje que ha destruido su suelo
de forma irreversible. Y el proceso continúa su crecimiento
imparable, sembrando el terreno de urbanizaciones, campos de golf,
anillos de autopistas, parques temáticos y megacentros comerciales,
sin que el Ministerio de Medio Ambiente pueda hacer nada para regular
y ordenar tan incontrolado proceso, pues las competencias sobre
la ordenación del territorio están atribuidas por
la Constitución a las comunidades autónomas en exclusiva,
y la Ley del Suelo en vigor autoriza a las comunidades locales a
urbanizar el suelo sin ningún control.
Así se plantea lo que se conoce desde
el célebre artículo de Garrett Hardin como "tragedia
de los espacios comunes" (Sciencie, número 162, 1968),
que determina la progresiva intensificación del uso del suelo
hasta su agotamiento final por obra del acceso público incontrolado.
En su última obra, Colapso (Debate, 2006), el prestigioso
geógrafo Jared Diamond ha vuelto a recurrir al modelo de
Hardin para explicar el colapso de los ecosistemas sociales a causa
de la intensificación indiscriminada del uso competitivo
del suelo. Pues bien, a este paso, y si alguien no lo detiene a
tiempo, puede augurarse un grave colapso del medio ambiente español
como consecuencia de la intensificación urbanizadora del
suelo.
Y la cuarta razón es política,
pues la burbuja especulativa que hincha el boom inmobiliario está
realimentada en última instancia por la financiación
clandestina de los partidos políticos que controlan las haciendas
locales con la potestad de recalificar el suelo urbanizable elevando
artificialmente su precio. De esta auténtica máquina
de hacer dinero procede tanto la ingente cifra sumergida de dinero
negro, en poder de los patrimonios privados cuyo efecto riqueza
escapa al control del fisco, como el enorme volumen de opaco dinero
sucio creado por la corrupción política y canalizado
por las redes clientelares de los constructores urbanísticos
y los promotores inmobiliarios.
Para explicarlo, nada mejor que recordar la
ecuación de Klitgaard, que afirma: "Corrupción
= Monopolio decisión + Arbitrariedad decisor - Responsabilidad
decisor". Y, en efecto, hay corrupción urbanística,
porque la decisión de recalificar el suelo es monopolio del
poder local; porque los ediles recalifican el suelo a discreción,
en un limbo de inseguridad jurídica; y porque lo hacen en
un clima de patente impunidad, sin que nadie controle ni fiscalice
sus decisiones. Es el cáncer político de lo que cabe
llamar el mal de Marbella (o mal de Madrid, si recordamos la compra
de sus últimas elecciones autonómicas gracias al transfuguismo
de dos diputados venales), cuya metástasis se está
extendiendo vía efecto demostración por todos los
municipios españoles cualquiera que sea el color político
de sus ediles, pues todos quedan impunes. Y la peor secuela de todas
es que este mal de Marbella llegue a convertirse en el síndrome
incivil de todos los españoles, dispuestos a consentir de
buen grado la corrupción de sus gobernantes locales y autonómicos
con tal de que se revaloricen sus patrimonios inmobiliarios.
Pues bien, resolver la cuestión urbanística
sí es tarea digna de un héroe quijotesco que pretenda
arreglar España, como desearía Zapatero.
Lo malo es que parece imposible hacerlo, pues
para eso no basta con reformar la Ley del Suelo, sino que hace falta
modificar la Constitución para que el Estado central recupere
su competencia plena sobre la coordinación urbanística
del territorio nacional en su conjunto, que nunca debió perder.
Pues uno de los peores efectos perversos de la actual deriva autonómica,
entre otros muchos, es la feroz competencia entre los poderes territoriales
concurrentes por ver quién urbaniza a mayor escala el suelo
sobre el que dispone de monopolio jurisdiccional: algo que, de creer
a Diamond, no sólo va a destruir el medio ambiente, sino
que puede además precipitar a nuestro sistema en un auténtico
colapso social. Piénsese, para imaginarlo, en lo que sería
de nuestro país si de pronto estallase la burbuja inmobiliaria:
se detendría el crecimiento económico, huirían
los capitales desde la construcción hacia los paraísos
fiscales, quedarían en paro un millón de inmigrantes
y la clase media española se sentiría súbitamente
empobrecida, iniciándose una sombría etapa de agudo
conflicto social.
Enrique Gil Calvo es profesor titular
de Sociología de la Complutense.
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