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MEDIO AMBIENTE Y URBANISMO |
(La Verdad, 26-04-08)
La ONU ha declarado 2008 como
el Año Internacional de la Tierra, para promover un cambio
global en la relación entre los seres humanos y la biosfera,
ante la progresiva degradación que está teniendo lugar
en todos los ecosistemas de nuestro planeta. Los cuatro efectos
más graves de esta degradación son la pérdida
de biodiversidad, la acumulación de vertidos, el cambio climático
y la escasez de agua dulce disponible.
Sobre la pérdida de biodiversidad,
baste decir que cada día desaparecen varias especies vegetales
y animales. Los humanos somos unos recién llegados en la
historia de la Tierra: la vida surgió hace 3.700 millones
de años; el homo sapiens, hace unos 150.000 años.
Pero, en apenas cinco siglos, desde la gran expansión europea,
nos hemos convertido en la especie más depredadora y destructiva
de todas, hasta el punto de que estamos causando la sexta gran extinción
de la vida sobre la Tierra.
En cuanto a la acumulación
de vertidos contaminantes, cada año producimos 10.000 millones
de toneladas de residuos, la mayor parte en los países ricos;
esta cifra aumenta a un ritmo del 7% anual; y más de la mitad
no es recogida ni tratada para reducir sus efectos nocivos, así
que acaba intoxicando los suelos, los ríos, el mar, el aire...
Y esto no solo degrada los ecosistemas, sino que también
acaba dañando la economía, la salud y la vida de los
propios seres humanos, especialmente en los países más
pobres.
La revolución industrial
sustituyó la fuerza animal y humana por la de las máquinas,
pero para mover las máquinas también sustituyó
las energías limpias y renovables de la superficie terrestre
(sol, agua y viento) por los combustibles fósiles extraídos
del subsuelo (carbón, gas y petróleo), unos combustibles
que están agotándose, son cada vez más caros
y emiten gases causantes de enfermedades y del calentamiento global.
El cambio climático, cuyas consecuencias ya estamos percibiendo,
va a provocar transformaciones catastróficas de largo alcance,
sobre todo si las grandes potencias, las corporaciones transnacionales
y los consumidores de los países ricos no nos tomamos en
serio la necesidad de modificar radicalmente nuestro insostenible
sistema de producción, distribución y consumo, y nuestras
irresponsables formas de movilidad motorizada y de ocupación
del territorio.
El cuarto gran problema ecológico
tiene que ver con la creciente escasez de agua dulce. En las últimas
décadas, este recurso natural tan esencial para la vida ha
comenzado a escasear por la combinación de cinco factores.
En primer lugar, el crecimiento de la población mundial,
que en apenas dos siglos se ha multiplicado por cuatro, pasando
de 1.650 millones en 1900 a 6.500 en 2008, y que al ritmo actual
llegará a 9.200 en 2050. Además, la población
se está desplazando hacia las ciudades: en 1900, vivía
en zonas urbanas solo el 25%, hoy es el 50% y la previsión
es que se llegue al 75% en 2050. El crecimiento demográfico
y su concentración en ciudades han hecho que durante el último
siglo el consumo de agua se duplique cada veinte años, lo
que está provocando la sobreexplotación y el agotamiento
de las reservas hídricas, tanto en la superficie como en
el subsuelo, especialmente por la expansión del sector agropecuario
(que consume entre el 70 y el 80%).
A todo ello hay que añadir
la degradación de las aguas provocada por los vertidos contaminantes,
lo que impide su utilización o bien provoca intoxicaciones
y enfermedades (la insalubridad del agua causa cada año diez
veces más muertes que todas las guerras juntas); por último,
todos estos problemas se están viendo agravados por el cambio
climático, ya que el aumento de las temperaturas está
trayendo consigo, al mismo tiempo, un mayor consumo de agua y una
intensificación de las sequías (el Panel Intergubernamental
sobre Cambio Climático, que agrupa a 2.500 científicos
de todo el mundo, prevé que con una subida media de 2-3 grados
habrá entre 1.100 y 3.300 millones de personas que sufrirán
problemas muy graves de escasez de agua).
Ante esta situación,
la gestión sostenible del agua se ha convertido en uno de
los problemas mundiales más decisivos para la humanidad del
siglo XXI, tal y como han señalado todos los expertos y los
principales organismos internacionales, desde la ONU hasta la UE.
Las guerras del agua habidas en el pasado pueden ser un juego de
niños en comparación con lo que se nos avecina. Sin
embargo, los gobiernos, las empresas y la mayor parte de la ciudadanía
de los países ricos parecen vivir de espaldas a la realidad.
En Estados Unidos se consumen 600 litros de agua por habitante al
día; en Europa, más de 250; en Níger, sólo
15. España, aunque tiene un clima semiárido en el
tercio sureste, aunque sufre la sequía más grave desde
que se tienen mediciones y aunque se va a ver muy afectada por el
cambio climático, es el país que más agua consume
por habitante después de Estados Unidos y Canadá.
En cuanto a la Región
de Murcia, entre 1987 y 2000 ha incrementado su regadío en
un 23,4% y su suelo construido en un 62% (más del doble de
la media nacional). A partir de la Ley del Suelo de 2001, ha recalificado
suelo para construir más de 800.000 viviendas y ha puesto
en funcionamiento unos 50 campos de golf (cada uno de ellos con
un consumo de agua equivalente a una ciudad de 20.000 habitantes).
La crisis inmobiliaria ha puesto al descubierto la quimera del ladrillo,
pero el Gobierno regional, los empresarios del sector y la mayor
parte de la ciudadanía murciana no han hecho un ejercicio
de autocrítica, sino que una vez más han culpado de
la crisis a los otros: Zapatero, los socialistas, los ecologistas,
las otras comunidades españolas e incluso la Unión
Europea. Son todos ellos los que «nos cierran el grifo del
agua» y «no quieren que Murcia se desarrolle».
Y eso después de contar con el mayor trasvase de España
(Tajo-Segura), una inversión millonaria del gobierno Zapatero
a través del programa AGUA e ingentes cantidades de dinero
de la Unión Europea.
Es preciso poner en marcha una
nueva política del agua, centrada en la contención
de la demanda, el ahorro, la no contaminación, la depuración,
la reutilización y la desalación, como ya se ha comenzado
a hacer con el programa AGUA. Seguir enarbolando demagógicamente
el «Agua para todos», como vienen haciendo Valcárcel
y Camps desde 2004, es una demostración de hipocresía
e insensatez. El objetivo de semejante estrategia no es otro que
engañar a la ciudadanía con la ilusoria panacea del
trasvase del Ebro, azuzar la hostilidad nacionalista entre comunidades
y garantizarse así un poder plebiscitario en su propio feudo
autonómico.
Una política del
agua honesta y responsable debe comenzar por decirle a la ciudadanía
que cada vez habrá menos agua para todos y que todos hemos
de ponernos de acuerdo para gestionarla con una estrategia integral,
sostenible y democrática.
.Antonio Campillo es
catedrático de Filosofía de la UMU y miembro del Foro
Ciudadano
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