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CULTURA |
(La Opinión, 23-2-08)
En Matrix, el déjà
vu es un fallo en la constancia perceptiva del sistema que
permite reconocer las reglas arbitrarias que regulan el mundo y
la terrible verdad oculta tras la alegre libertad de los inconscientes
personajes: la reducción del individuo a un papel pasivo
e instrumentalizado al servicio de Matrix. No es que me
entusiasme “el film”, pero me resulta muy sugerente
esa imagen tan posmoderna del déjà vu, como
error de continuidad, como un fallo en el sistema que, al final,
nos termina mostrando los hilos en el manejo de la realidad. Eso
es lo primero que me vino a la cabeza cuando comencé a ver
los productos artísticos del PAC, un auténtico déjà
vu artístico, una nueva vuelta de tuerca sobre lo ya conocido
en la que se nos ha presentado un conocido catálogo de nuevos
artistas jóvenes que hacen lo mismo que los viejos artistas
jóvenes hicieron hace décadas.
No me parece nada interesante
la fascinación que Lara Almarcegui siente ante el hecho de
que su montaña de escombros “en su volumen sean
iguales a lo que fue la casa antes de su construcción y a
lo que será tras su demolición”, especialmente
en una región en la que estamos muy acostumbrados a que cada
demolición suponga un incremento de volumen construido muy
superior al original. No considero que la transferencia personal
que Juan Cruz realiza en el Museo de Santa Clara pueda revestir
un interés más allá de la anécdota,
ni me seduce el voluntario renuncio a la realidad que Paul Noble
o Cypriem Gaillard realizan, en una nueva revisión de le
dimanche de la vie; los canes pompeyanos de Allan McCollum
ya pude contemplarlos en su galería madrileña a principio
de los 90, y no creo que sea una de sus mejores obras; tampoco me
parecen especialmente sugerentes los agujeros povera de Diego Perrone
ni las vacaciones mineras de Abraham Poincheval y Laurent Tixador
que constatan la siempre delgada línea existente entre el
arte, la terapia personal y el juego intrascendente, ejemplos todos
de un modelo recuperado de accionismo, desposeído de la naturaleza
transformadora de los sesenta. Podríamos hablar de casi,
y digo casi, cada uno de los veinte artistas invitados, pero no
quiero dejar de comentar en último lugar, y por su verdadero
interés, la “investigación” sobre las
diferentes formas de corrupción empresarial, económica
y política que Mark Lombardi emplea como herramienta de carga
crítica, política y social. Sin embargo, soy de la
opinión de que debería haberla contextualizado en
nuestra región, donde tenemos mucha materia prima y de muy
buena calidad: eso hubiera contribuido a generar dinámicas
reales que “permitan una proyección del contexto
cultural murciano”, como señala el propio PAC
en su presentación, porque la corrupción aquí
forma parte, sin duda, del contexto cultural.
Ya nos lo enseñó
Foucault, en toda buena taxonomía arqueológica no
sólo importa lo que aparece, lo que se cuenta y se dice,
sino lo que falta. Y cuando lo que falta se oculta y se silencia,
lo ocultado y silenciado, puede resultar atronador para oídos
educados y curiosos. El PAC se ha presentado como un “museo
sin paredes”, algo que tampoco es nuevo, un museo contemporáneo
–el de los “estratos”- que desde hace mucho está
en ruinas, un museo como esos vascos, valencianos o leoneses, pero
sin “site specific”, un museo en el que más
que exponer se consagra, pero no a las obras y los autores que en
él se encierran, sino a quienes desde la atalaya del poder
“los manejan”. En el ritual de la consagración
de la mismidad, el PAC consagra a PAC, como fenómeno de exposición
no artística sino espectacular, un fenómeno de exposición
de una imagen-espectáculo megalómana,“diseñada”
por una empresa de comunicación cultural (un ejemplo más
de lo que llamaba Paul Virilio la primacía de la comunicación
sobre el sentido), que aparece así como auténtica
“proveedora de iconicidad”. Pero nada hay que
ver en esta imagen, ni verdad ni ficción, nada hay que mirar
en ella, pues lo visto ya lo habíamos visto y la indiferencia
que nos provoca nace precisamente de esta sensación sorda
que provoca todo lo ya visto.
Y lo más sorprendente
es que muy pocos se han atrevido a levantar la voz: lo decía
el pobre Montiel desde su perplejidad, nadie critica a
nadie, nadie tiene que defender a nadie, a fin de cuentas, parece
ser que, como dice Ángel González en una
cita recogida en un texto publicado por CENDEAC, “todos
están de acuerdo en lo que importa: que se hable de arte
para no hablar así de lo que importa”.
Paco Cantero
Miembro del Foro Ciudadano de la
Región de Murcia
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