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CULTURA |
(La Opinión, 23-2-07)
La
defensa del patrimonio común de los lorquinos nace del sentimiento
de rebelión ante el peligro de pérdida irreversible
de elementos que han sido durante siglos vínculo sentimental,
arquitectónico, visual, histórico y cultural, tangible
e intangible de un pueblo que no tolera que sus señas de
identidad se desvanezcan por la falta de sensibilidad de quiénes
tienen el deber institucional de ampararlas. No solo nos referimos
a castillos, palacios o colegiatas, si no al amplio campo de expresiones
del saber, del sentir y del buen hacer de generaciones precedentes
que nos han legado, no como una herencia pro indiviso a precio de
mercado, sino para su usufructo responsable cedido por las generaciones
venideras, a quiénes habremos de dar cuenta del cuidado en
su disfrute y conservación. Los movimientos ciudadanos no
suplen ni compiten con las instituciones públicas cuando
sus servidores cumplen celosamente con sus funciones, aunque lamentablemente
un repaso a la prensa diaria nos apea de tan benévola presunción,
poniendo al ciudadano ante la disyuntiva de adoptar una resignada
ociosidad ante el disparate o intentar sumar voluntades para tratar
de impedir las tropelías, por mucho que sus autores se escuden
en afirmar que “cumplen escrupulosamente con la legislación
vigente”. Exactamente el mismo argumento exhibido en los casos
de los mastodontes hosteleros que van a ser demolidos en el Garrobillo
(Almería) y en el Médano (Tenerife), a instancias
de recursos interpuestos por asociaciones ciudadanas.
De un tiempo a esta parte, desconciertan
los guiños y lisonjas que el alcalde de Lorca ha dedicado
a la “Asociación para la Defensa del Patrimonio Cultural
de Lorca” alternándolas con adjetivos poco caritativos,
como que sus miembros están “manipulados” o “se
oponen al progreso y a la modernidad” –el eterno argumento
de los vándalos depredadores de lo público-. Añadía
el señor alcalde hace unos días en sus declaraciones
que “vería bonito” un entendimiento con la Asociación,
como si fuese posible fundir en un abrazo los esfuerzos por conservar
el Patrimonio con el afán por destruirlo, a modo de borrón
y cuenta nueva. Pues va a ser que no señor alcalde, porque
cuando hace casi dos años un grupo de lorquinos se lanzó
a la arena pública, ante las dimensiones que tomaba un parador
(que se aseguraba “apenas sobresaldría de la muralla)”,
no lo hicieron entregados al deporte gratuito de la protesta desmedida,
ni la algarada callejera, si no persuadidos de que hay valores colectivos
tan importantes, que no pueden dejarse en manos de quiénes
subvierten el sentido de las cosas, valiéndose de sus cargos
para permitir su expolio, destrucción o alteración
irreversible. Porque miren ustedes por donde, los grandes excesos
permanecen siempre, mientras quiénes los perpetraron se diluyen
en el paisaje con aquello de: “detrás de mí,
el Diluvio”; mientras se retiran a plácidas playas
a disfrutar de las rentas.
Mucho nos congratula la noticia
de que el equipo de gobierno municipal se ponga al tajo conservacionista,
ahora que la Asociación piensa tomar cartas en el asunto
de reactivar otro tema dormido en los cajones municipales, como
es la calificación de BIC de la Casa de las Columnas, joya
arquitectónica en alarmante estado de decrepitud. Mejor así,
no vaya a ser que nos pase como con la iglesia del convento de la
Merced, cuya situación de ruina tuvo muchos heraldos pero
quedó huérfana de quién ofreciese su cabeza
al verdugo el día en que se vino abajo, llevándose
consigo uno de los más valiosos retablos barrocos de la Región.
Animamos al alcalde de Lorca,
a sus ediles y cuantos entornos empresariales, profesionales y sociales
pregonan su encendido amor a Lorca en sus eventos glamorosos, para
que hagan gala de su acendrado lorquinismo no cediendo a vender
por treinta monedas nuestro pasado, convirtiéndolo en el
patio trasero de un hotel de siete pisos.
Floren
Dimas. Secretario de la Asociación para la Defensa del Patrimonio
Cultural de Lorca.
Miembro de Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
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