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CULTURA

"LOS LIBERALES de la COOL-TURA"
Patricio Hernández

(La Opinión, 10-5-08)

Es evidente que la llegada de un nuevo equipo a la Consejería de Cultura tras las últimas elecciones autonómicas, hace ahora casi un año, con un perfil más moderno, ha removido el debate sobre la gestión pública de la cultura en la región, devolviéndole un protagonismo perdido durante más de una década, prácticamente desde el final de la etapa socialista, de cuyas rentas hemos malvivido.

Aunque nunca fue asunto central, en este ya largo periodo de gobierno del PP, la política cultural derivó hacia un lugar muy marginal en la acción de gobierno, con resultados muy negativos tanto para los creadores como para los ciudadanos, colocando a Murcia entre las regiones con peor posición relativa en casi todos los indicadores culturales (gasto público, prácticas y hábitos culturales, peso económico de la cultura, etc.).

Esto era inevitable por la alta dependencia entre nosotros de la vida cultural de la acción de las instituciones –lo que explica de paso la poca contestación que podemos esperar de los sectores de la cultura- y por padecer de crónico raquitismo tanto la iniciativa social como la privada - mecenazgo empresarial incluido- con la única excepción obligada de las cajas de ahorro.

Pero la incógnita clave que debe ser despejada es si los nuevos gestores autonómicos, en una región donde el PP se ha apropiado con bastante éxito del discurso de la modernidad sin abandonar por ello su identidad conservadora, disponen de un proyecto de modernización cultural a la altura de las necesidades de toda la sociedad.

De momento parecen más preocupados por transmitir la idea de que algo está cambiando a través de costosos proyectos y anuncios de gran visibilidad mediática, acompañados siempre de un fuerte despliegue propagandístico, para el que cuentan con la mercenaria generosidad de una parte de la prensa, recordándome la afirmación del crítico liberal francés Fumaroli de que "la cultura es otro nombre de la propaganda".

Y no es casual que cite a Marc Fumaroli, el polémico autor del ya clásico ensayo El Estado Cultural, por cuanto nuestros nuevos gestores culturales se reclaman igualmente liberales. En este trabajo Fumaroli arremete contra lo que llama el Estado Cultural francés, en cuya génesis sitúa la creación del Ministerio de Cultura (muy destacadamente, las etapas del gaullista Malraux y del socialista Lang) y al que hace responsable de la decadencia cultural gala por sus subvenciones clientelistas, su populismo de festivales y museos high tech, y su constante propaganda. Fumaroli, como otros liberales, defiende la modestia del Estado, que debe ocuparse sólo de la instrucción pública y de las instituciones de la memoria (patrimonio, archivos, academias y museos), dejando el resto en manos de la propia sociedad.

No parece ser esta, sin embargo, la posición de nuestros liberales, ajenos a toda contención y dispuestos a protagonizar institucionalmente cualquier ámbito de la cultura.

Tampoco proponen un modelo de administración a distancia, con participación de los sectores culturales, al modo liberal británico de los Arts Council: las decisiones, de cualquier tipo, las toma aquí la estructura administrativa y, sobre todo, sus responsables políticos.

Pero donde la situación se torna confusa y contradictoria, inaceptable tanto para un liberal como Fumaroli como para quienes nunca lo hemos sido, es en la nueva relación público-privado que subyace en la actuación de la Consejería.

Veámoslo empezando por el reciente macrofestival SOS 4.8., la consagración del paso del espectáculo de la cultura a la cultura del espectáculo. No sólo no debiera ser una prioridad cuando queda tanto por hacer-aunque a nadie amargue un dulce, no son precisamente conciertos de calidad, aderezados o no, lo que falta en Murcia- sino que ese gasto disparatado- dos millones de euros -no está justificado que se haga soportado básicamente por el presupuesto público, sin patrocinadores privados significativos. La mayoría de los grandes festivales de España son de iniciativa privada, con mayor o menor apoyo público o, en todo caso, con sustanciales aportaciones privadas.

Más claro aún se ve en ese incomprensible despropósito que es, a mi juicio, el anunciado nuevo sello editorial que sustituirá a la vieja Editora Regional, perfecto ejemplo de confusión ideológica y modelo de libro –nunca mejor dicho- de los errores que debe cometer no nunca un responsable político.

Porque, ¿a quien se le ha ocurruidoque el objetivo editorial de un departamento público puede ser clonar a las editoriales privadas?, ¿y por qué no crear un sello discográfico o una productora de cine? También los discos y las películas son cultura. Sólo un acreditado interés público regional no resuelto adecuadamente por el mercado –tanto en relación con los autores como en razón de los temas- justifica la intervención en un sector tan profesionalizado y especializado como el sector editorial sin caer en la competencia desleal.

En el caso de la creación literaria –más controvertido que otro tipo de trabajos históricos, científicos, etc.- podemos discutir qué estrategia es mejor para promocionar a nuestros creadores, si acudir directamente a la publicación en una edición regional, como sucedía hasta ahora, discutiendo sobre la cantidad y calidad de las publicaciones, o bien articular un sistema de ayudas a la coedición en editoriales privadas de prestigio; si crear un fondo de becas de creación literaria o decidirse por los socorridos premios, etc., pero éstas no pasan en ningún caso por crear una editorial capaz de competir en su mismo terreno con las privadas, ni las de fuera ni las de dentro, que también las hay y que necesitan mayor apoyo como frágil industria cultural.

Y en cambio, donde las responsabilidades públicas son indeclinables, como es el caso de las bibliotecas y la extensión de la lectura, por situar como contrapunto otro claro ejemplo, ¿qué encontramos?

El anunciado Plan Lector es, con sus incrementos, muy insuficiente respecto de las necesidades de la región: aquí lo primero que deberíamos hacer es un gran esfuerzo inversor dirigido a la creación de redes de bibliotecas y centros de lectura por toda la región, auténtica asignatura pendiente, y justo en lo que menos se insiste. Sostengo que lo más revolucionario- lo más cool -en gestión cultural pública sería disponer de un ambicioso Plan de construcción y equipamiento de bibliotecas y de fomento de la lectura, del que ya disponen la mayoría de comunidades, que dote de verdaderas mediatecas gratuitas para todos (que eso son hoy las modernas bibliotecas) a todo núcleo superior a 2000 habitantes, y provea de medios suficientes al menos a 200 bibliotecas escolares en los próximos cinco años. Pero tal vez nuestros liberales de la cool-tura no sean para esto suficientemente modernos.

Patricio Hernández
Presidente del Foro Ciudadano de la Región de Murcia

 

 
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