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CULTURA |
(La Verdad, 15-2-08)
Empezamos
ya a ver claro cuál es la estrategia del Consejero Cruz para
lograr la explícita y reiterada obsesión central de
su gestión, esto es, situar a Murcia en el mapa cultural
del país, vender – verbo elocuente- nuestra relevancia
y excelencia cultural como ciudad-marca de prestigio. Decimos ciudad
porque el modelo-que suele tener de referencia en estos casos a
la Barcelona de las Olimpiadas y el Forum- no sirve para algo tan
indeterminado y heterogéneo como una región, de ahí
que el Consejero parezca más bien el superconcejal de cultura
de la capital. El CENDEAC, por su parte, actuaría como autorreferencia
próxima del camino a seguir.
La gran diferencia con el modelo
catalán-más allá de las críticas que
éste merezca y que ha llevado a que algunos hablen de espejismo-
radica en que aquí la clave no se pone en las intervenciones
urbanísticas, que por razones políticas y administrativas
queda fuera del alcance de la Consejería de Cultura, sino
en el acontecimiento cultural, lo que supone la rendición
fascinada a la producción cultural basada en la lógica
del espectáculo, el uso de los media y el marketing publicitario.
La apuesta por el suceso
antes que por el proceso significa renunciar a poner la
prioridad en el refuerzo del propio tejido cultural y condenar a
sus habitantes a ser turistas de propuestas ajenas a su contexto
socio-cultural, convertidos en espectadores o consumidores antes
que actores, y hace del arte, antes que una experiencia, una representación.
Si se vislumbró con las
imposturas del famoso PAC (no me digan que no es de nota presentar
como muestra de rigor y buena gestión la brillante
reducción de las nóminas de las artistas invitados
casi a la mitad por los mismos que las habían negociado antes),
lo confirmamos ahora con el anuncio del nuevo Festival SOS 4.8,
ese maratón de grandes estrellas de la música electrónica,
con algún aditamento artístico, contratado a una gran
productora (catalana precisamente), y que en apenas 48 horas será
capaz de tragarse, en la capital, la exorbitante cantidad de 1’9
millones de euros del presupuesto público.
Disculpen que hable de algo
tan prosaico como el dinero cuando estamos refiriéndonos
a la más excelsa cultura, pero se trata de nuestro
dinero como contribuyentes, el de todos, vayamos o no a los conciertos.
Para que se hagan una idea de lo que representa esa loca cifra-que
traducida a las viejas pesetas sería de 316,6 millones, lo
que supone un gasto constante de unas 110.000 pesetas por cada uno
de los 2880 minutos que tienen esas 48 horas- equivale al gasto
público regional acumulado de todo este año en el
que se incluyeran las cantidades dedicadas en el presupuesto regional
a escuelas de música, agregándole el gasto de fomento
de la lectura, más el gasto de adquisición de fondos
bibliotecarios, añadiéndole las cantidades dedicadas
al apoyo al teatro y la danza profesionales, sumándole las
ayudas a los galeristas de arte de la región, y aun quedaría
dinero para pagar todas las actividades de la Filmoteca Regional
durante 2008.
¿Podemos aceptar en una
región como la nuestra, que muestra un contumaz atraso relativo
en casi todos sus indicadores culturales (acaba de publicarse el
barómetro de hábitos lectores para confirmarlo una
vez más) y carencias básicas en sus infraestructuras
y en su tejido cultural que este tipo de actuaciones, auténtico
despilfarro, constituya una de las prioridades culturales del gobierno
regional?
¿Es que hay un grave
déficit en nuestra oferta de música actual –prácticamente,
lo único en lo que estamos razonablemente bien según
las estadísticas culturales oficiales- como para que la Consejería
de Cultura, acuda rauda a resolverlo, talonario en mano, pagando
cachés inflados, ninguneando a los promotores y programadores
de la región, volviendo tercamente- en la búsqueda
a ultranza de visibilidad mediática- a esa metonímica
sustitución de la región por su capital , para financiar
un cartel de éxito seguro, sin más riesgo para cualquier
promotor privado que el elevado presupuesto que debería poner
en juego?
Aquellos que comenzaron haciendo
protestas contra la espectacularización de la cultura
han terminado en poco tiempo por creer que somos culturalmente excelentes
por que nos traemos a todas las fulgurantes estrellas del universo-
artistas, críticos y comisarios, muchas veces astros intercambiables-
y les pagamos contratos galácticos (que no conseguirían
en otras partes) para montar el mayor espectáculo del mundo;
gastamos a continuación una fortuna en publicidad en prensa
y así logramos el más elevado propósito de
cualquier responsable cultural que se precie, salir un día
en los suplementos culturales de la prensa nacional. De la bienalización
del arte a la babelización (de Babelia) de la cultura.
Una fulgurante y efímera eclosión que no dejara a
su paso nada.
Todo esto, además, envuelto
en esa huera cháchara en la que se mezclan mentiras dichas
con naturalidad (por ejemplo, el empeño-fácilmente
refutable ahora que todos habitamos la aldea global- de decir que
se trata de algo “distinto y único”) con la superchería
retórica del “elitismo de masas” o del “diálogo
entre cultura popular y cultura elitista”, con ese lenguaje
pseudo-radical con el que se nos invita a“contaminarnos”
o se nos da la orden imperativa de pensar (sabiendo que nunca existirá
el peligroso riesgo de que los ciudadanos puedan terminar por hacerles
caso) y, ahora, una vez más, la apropiación por contrabando
ideológico del amuleto de la sostenibilidad para
legitimar lo verdaderamente insostenible, este potlach
de 48 horas, auténtico ejercicio de la economía del
derroche.
Finalmente, todo ello puesto
al servicio- no se olvide que la política cultural es, antes
que nada, política- del proyecto político de la derecha
más reaccionaria de los últimos 30 años de
democracia, y en una región donde se han alcanzado las mayores
cotas de degradación democrática. De verdad que estamos
para un SOS.
Patricio Hernández
Presidente del Foro Ciudadano de la Región de Murcia
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