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DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN |
( La Opinión, 12-5-07)
¿Qué
vamos a tener en cuenta los ciudadanos de la región a la
hora de decidir nuestro voto en las próximas elecciones?.
Aunque en teoría tendríamos que votar según
nuestros concretos intereses personales y colectivos, sabemos que
la decisión del voto no es sólo un proceso racional.
Votaremos al final por muchas y encontradas razones, sentimientos
y sensaciones. Pero esto no quiere decir que tengamos que renunciar
al esfuerzo por comprender reflexivamente lo que nos pasa y aprovechar
las escasas oportunidades que tenemos para cambiar lo que no nos
gusta.
Todos percibimos que nuestro
país, y con él nuestra región, viene beneficiándose
de décadas de mejora de nuestras condiciones generales de
vida, aunque ésta no llega a todos por igual, produciendo
sus ganadores y perdedores. Común es además la comprobación
de que en Murcia , a cuenta del crecimiento económico, nos
hemos adentrado en un proceso precipitado y feroz de transformación
de nuestra territorio, de alteración drástica por
el boom inmobiliario de nuestros paisajes y poblaciones cuyo resultado
final produce una más que justificada inquietud.
Sabemos que nuestra región
está a la cola del país en los principales indicadores
de desarrollo humano según los datos que reflejan la mayor
parte de los estudios e informes que se publican periódicamente
sobre desarrollo regional comparado, una forma valiosa de saber
nuestra situación relativa.
Así los datos más
acreditados evidencian, por ejemplo, que tenemos los niveles de
instrucción más bajos del país; que el PIB
per cápita regional ha descendido estos últimos años
respecto del español ; que la tasa de temporalidad en el
empleo es la mayor tras andaluces y extremeños, con los que
disputamos también en salarios más bajos y peores
pensiones; que sufrimos la mayor desigualdad interna en distribución
de renta; que estamos cinco puntos por encima de la media española
en población bajo el umbral de la pobreza; que mostramos
los mayores atrasos en todos los indicadores culturales, etc.
Más difícil es
cuantificar fenómenos como la corrupción política,
pero si nos atenemos al número de investigaciones, imputaciones
y causas abiertas es claro que estamos entre los más serios
aspirantes- a pesar de la dura competencia- al título nacional
en todas las categorías, incluida la ausencia de petición
de responsabilidades políticas.
El otro factor determinante
que debiéramos considerar es que esta situación es
el resultado- por acción u omisión- de doce años
de gobierno regional del mismo partido y el mismo presidente, y
una vez que están transferidas la casi totalidad de competencias
y recursos de cuya gestión dependen en gran medida nuestras
condiciones reales de vida.
A despecho del triunfalismo
del discurso oficial, ¿qué valor podemos otorgar a
las nuevas promesas de Valcárcel, recogidas en planes y proyectos
anunciados profusamente, de que lo que no ha conseguido en este
largo periodo de gobierno del PP lo va a lograr ahora?, ¿por
qué creer que en los próximos años vamos a
reducir a la mitad el escandaloso porcentaje de fracaso escolar
, alcanzar la media española de inversión en I+D+i,
o atender adecuadamente las necesidades educativas en el tramo 0-3
años? , por citar algunas de ellas, o ¿por qué
aceptar que, como siguen afirmando todavía, no existe en
la región la corrupción que se viene denunciando,
con numerosas imputaciones y causas abiertas?
Una de las patologías
democráticas a las que lamentablemente nos estamos acostumbrando
es que el verdadero objetivo de las campañas electorales
no sea hacer un balance riguroso de lo realizado y presentar un
programa coherente y creíble de compromisos para el futuro.
Por el contrario, parece que de lo que se trata es de crear una
ilusión, de construir una ficción que se sostenga
al menos hasta el día de las elecciones, de hacernos creer
que lo importante es aquello que nos dicen que ocurre y no lo que
comprobamos en persona cada dia.
¿Somos acaso los ciudadanos
tan influenciables como para acabar creyendo lo que no nos resulta
evidente por nosotros mismos? Con todas las salvedades que se quieran,
la respuesta es que probablemente si.
Una prueba de como esta abstracción
manipuladora realmente funciona la tenemos en las respuesta que
se dan en las encuestas que buscan identificar la percepción
de nuestros principales problemas cuando se distingue entre lo personal
y lo colectivo. Así el último barómetro del
CIS (marzo) recoge que mientras la inmigración es el primer
problema del país para el 12,4%, solo lo es personalmente
para el 3.9 %. Lo mismo ocurre con el terrorismo ( que pasa nada
menos que del 21,2% al 3,4%) o, en sentido contrario, la vivienda
( que como problema general queda en el 9,8%, pero que en lo personal
asciende al 13,4%), las pensiones ( del 1,1% al 5,5%), la calidad
del empleo ( del 2,6% al 4,9% ), la educación (del 0,5% al
2%) o la sanidad (del 0,4% al 2,1%). Una situación similar
se daría en el ámbito regional y para cuestiones como
el agua.
Claro que en democracia existe
la posibilidad de oponer a los discursos que pretenden enajenarnos
de nuestra realidad otros que nos revelen que, antes que biográficos,
nuestros problemas suelen ser sistémicos y precisados por
ello de una respuesta de los poderes públicos. Entonces todo
depende de la capacidad de penetración y persuasión
de unos u otros discursos, relacionado a su vez con los medios que
cada cual tiene para ello, y que suelen ser desequilibrados y desiguales,
cada vez más lejos del esencial principio democrático
que los viejos griegos llamaron isegoría o igualdad de palabra.
La incógnita que
se despejará el 27 de mayo es si nos fiaremos antes de lo
que percibimos con nuestros propios ojos y deducimos con nuestra
personal inteligencia a partir de nuestra situación y la
de nuestro entorno, o si nos dejaremos persuadir una vez más
por aquellos que nos dicen interesadamente que estamos mucho mejor
de lo que somos capaces de saber.
Patricio Hernández Pérez
Miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
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