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DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN |
( El País, 13-12-07)
Los
dos principales partidos españoles -el PSOE y el PP- tienen
que abarcar un espacio político tan extenso que es casi imposible
tallar una manta ideológica que lo cubra por entero. De modo
que, especialmente en vigilias electorales, vemos cómo los
esfuerzos para hacer llegar el manto protector a todos los vértices
del espectro ideológico producen efectos inesperados. El
sistema político español evolucionó desde el
primer momento hacia el bipartidismo. Un bipartidismo imperfecto,
debido a la resistencia de Izquierda Unida a desaparecer y a los
partidos nacionalistas y regionalistas a los que el Estado autonómico
ha dado un plus de representatividad que da una sana complejidad
al sistema y dificulta la formación de un rodillo PSOE-PP
que allane la pluralidad de España. Aunque ahora no viene
al caso, sería interesante preguntarse por qué la
derecha ha conseguido su unificación y la izquierda no. Probablemente
las luchas a muerte entre socialistas y comunistas en el pasado
pesen todavía alimentando la psicopatología de las
pequeñas -o grandes- diferencias.
El resultado de todo ello es
que PP y PSOE cargan sobre sus espaldas la representación
de unas bases electorales tan diversas que es imposible que todos
y cada uno de los electores se sientan cómodos con su voto.
La proximidad electoral además alimenta el eterno fantasma
de la política democrática: el fantasma del centro.
El centro es un espacio vaporoso al que se atribuye el poder mágico
de decidir las elecciones. Por tanto, vigilias electorales, todos
virando al centro.
El Partido Popular durante toda
la legislatura ha mostrado su perfil más duro e intransigente
con una guerra sin cuartel contra el Gobierno, en la que no ha reparado
en gastos, ni siquiera en materia de política antiterrorista.
Se decía que el objetivo era mantener vivo en su electorado
el resentimiento por la inesperada derrota de 2004, con la idea
de que si los suyos se mantenían firmes en su voto, la desmovilización
de la izquierda haría el resto. Curiosamente, cuando han
dado algunos signos de moderación y han hecho tímidos
gestos de distensión, se han producido dos efectos no deseados:
la fidelidad de su electorado, que se había mantenido en
torno al 80%, ha empezado a decaer -y van ya tres Pulsómetros
de Opina en esta dirección- y los ciudadanos que hasta ahora
repartían bastante por igual la responsabilidad de PP y PSOE
en la falta de consenso contra el terrorismo, señalan muy
mayoritariamente al PP como principal culpable.
También en el espacio
socialista se ponen en evidencia las dificultades de tirar de la
manta hacia el centro sin dejar al descubierto el flanco izquierdo.
Se palpa cierta desconfianza mutua entre el PSOE y el electorado
de izquierdas. Zapatero, que sabe perfectamente de la facilidad
con que un sector de la izquierda se desmoviliza, respondió
de inmediato al voto masivo del 14-M con la retirada de las tropas
de Irak. Daba en este sentido una gratificación a aquellos
electores que dudan de si merece la pena ir a votar. Pero, al mismo
tiempo, se puso el listón muy alto. La dureza del Partido
Popular ha mantenido la tensión durante la legislatura y,
en este sentido, ha jugado como aliada de Zapatero. Algunas iniciativas,
sobre todo en materia de derechos civiles, reforzadas por la reacción
nacionalcatólica, han mantenido viva la llama. Pero ha llegado
la hora del giro al centro, diseñado por los estrategas electorales,
como ha contado este periódico, y, por tanto, el momento
de sacrificar algunos de los elementos programáticos a los
que los votantes más volátiles de la izquierda podían
ser más sensibles. De modo que se oyen cada día más
voces que se preguntan ¿por qué siempre somos nosotros
los que tenemos que ceder? El desconcierto aumenta cuando se asumen
acríticamente los tópicos de la derecha, por ejemplo,
que bajar impuestos es bueno por definición; o cuando se
responde a la agresividad de la Conferencia Episcopal con la renuncia
a acabar con los privilegios económicos de la Iglesia, lo
único que realmente les pondría en vereda; o cuando
se aplazan, por demasiado radicales, reformas que ya se habían
prometido para esta legislatura; o cuando, en busca de legitimidad
patriotera, se recupera a un personaje del pasado, cuyo narcisismo
infinito garantiza problemas a raudales.
Decía François
Mitterrand que para ganar unas elecciones lo primero es hacer el
pleno de los tuyos, y que, si se consigue, lo demás se da
por añadidura. Si, como dicen los estudios de opinión,
la izquierda es ideológicamente mayoritaria en España,
el argumento de Mitterrand tiene todavía más fuerza.
Un exceso de confianza en el voto del mal menor puede hacer que
se pierda por la izquierda lo que se gane por el centro. Los electores
de izquierda también tienen su corazoncito.
Josep Ramoneda es el director
general del Centre de Cultura Contemporània de Catalunya
(CCCB).
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