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DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN |
(La Opinión, 24-11-07)
Marzo
es el mes elegido para una de las elecciones de mayor trascendencia
en la historia de nuestra democracia, tras una de las más
feroces y sucias legislaturas. Es un mes cargado de simbolismo.
Para los antiguos romanos era el comienzo del año, y el nombre
que le dieron -martius- indicaba que era el mes dedicado a Marte,
dios de la guerra, pues marcaba el comienzo de la primavera (primer
verano) que sucedía a la temporada de nieves y permitía
reanudar las campañas militares.
Aunque estos han sido años sin invierno
para la política, este marzo promete una dura confrontación
democrática entre dos formas de entender España, y
esta vez la región de Murcia será uno de los escenarios
decisivos de batalla. Los equipos electorales de los dos grandes
partidos parecen compartir la idea de que el resultado depende de
una decena apenas de escaños, todos trascendentales. Y aquí
hay más que un escaño en disputa, como señala
muy claramente la designación del ministro de Justicia como
cabeza de lista del PSOE por la región.
La cercanía de las elecciones del pasado
mayo permite reducir el pronóstico de resultado a dos opciones:
los nuevos diez diputados-uno más por aumento de población
sobre los nueve actuales- pueden acabar repartidos o bien 6-4 o
bien 7-3. La tercera fuerza en liza-IU- está demasiado lejos
de poder aspirar a entrar en el reparto (debería alcanzar
aproximadamente un 10% de papeletas, y su resultado de mayo estuvo
en torno al 6,5%). No obstante la fuerte tensión bipartidista
y la injusta distorsión del sistema electoral, hay un voto
útil para IU: necesita llegar al 5% de porcentaje nacional
para tener grupo parlamentario propio, lo que no está garantizado
a pesar del buen trabajo desarrollado.
Si los partidos con opción a representación
son, en esta hipótesis, sólo dos, entonces estamos
ante el clásico esquema de juego de suma cero con dos jugadores
en el que lo que uno gana lo pierde o deja de ganar el otro. Esto
supone para nuestro caso que el ganador no sólo obtiene el
escaño en juego sino que, además, el adversario lo
pierde. Así, aunque únicamente se disputa un escaño,
el resultado final afecta a dos: o el PP termina dos escaños
por encima del PSOE, si pierde el décimo en juego, o termina
a cuatro escaños de distancia, si lo gana. Tertium non
datur.
En el primer caso los socialistas murcianos
pierden, pero recortan la distancia lo que, en el contexto preciso
en que esto ocurre, convierte en pírrica la victoria del
PP regional, ajustado adjetivo que describe aquel triunfo que produce
más daños al vencedor que al vencido: cuando más
se precisa, el PP de Valcárcel no haría nuevas contribuciones
al triunfo de Rajoy, mientras que el PSOE regional aumentaría
su aporte a la mayoría socialista en relación a 2004,
y podría, paradójicamente, considerar victoria esta
derrota. Es esta dimensión relativa pero determinante de
triunfo o derrota lo que aquí en realidad se juega.
Si aceptamos que la victoria de Zapatero depende
de la movilización de los votantes de la izquierda, el sesgo
más progresista y pugnaz de Bermejo parece una elección
acertada, compensando las críticas a su condición
paracaidista con su influyente pertenencia al gobierno. La primera
consecuencia de ganar el cuarto escaño sería el refuerzo
del debilitado Saura, que podría atribuirse el éxito
por la apuesta Bermejo, como se arriesga-ministro interpuesto- a
afrontar las consecuencias catastróficas de su pérdida,
equivalente a una segunda tarjeta amarilla en pocos meses. Superado
este reto, los socialistas tendrían algunas buenas cartas
para afrontar el futuro.
La primera y fundamental es el claro agotamiento
del discurso del agua, la base de la hegemonía electoral
popular. Todavía la última encuesta del CIS (junio-julio
2007) revela el arraigo de esa anomalía regional al situar
en solitario los murcianos la escasez de agua como su principal
problema (43% lo citan como uno de los tres más importantes,
y un 30,5% como el más importante). Pero que esto pueda ser
rentabilizado electoralmente por el PP va a ser cada vez más
difícil: el trasvase del Ebro ya no es la política
oficial de los conservadores, aunque intenten ocultarlo en Murcia,
y oponerse a las desalinizadoras, como hacen con la de Torrevieja,
puede llegar a enfrentarlos con quienes eran hasta hace poco sus
apoyos. Las contradicciones empiezan a cambiar de bando.
La segunda son las sombras sobre el “efecto
riqueza” -ese híbrido de hechos, sensaciones y expectativas-
que el PP ha logrado sumar como logro a su gestión. La desaceleración
de la economía, en gran parte como consecuencia de los problemas
con el sector inmobiliario, está ya dejándose notar
en Murcia más que en otras partes por el mayor grado de dependencia
de la economía regional de esa actividad. Empezamos a pagar
los excesos del ladrillo: de encabezar durante años el crecimiento
del PIB en España, al final de 2007 ya pasaríamos
al cuarto puesto, según los datos de Caixa Cataluña.
Hay que recordar que la construcción, que da empleo al 16,3%
de los trabajadores, aportaba entre el 18 y el 20% de todo el nuevo
empleo.
El tercer factor es el de la corrupción,
que no hay que dar por saldado cuando aun esperan sentencias tan
importantes como La Zerrichera, con procesos abiertos como Torre
Pacheco y Fuente Alamo, la balsa Jenny, y otros tantos en distinta
fase de investigación o juicio que afectan a una decena de
municipios populares. Hay que ser muy ingenuo para creer que no
terminarán perjudicando al PP murciano.
Para terminar conviene no olvidar el refuerzo
que supondría para los suyos una nueva victoria de Zapatero,
junto a los efectos de un más que probable relevo de Valcárcel,
del que hemos de reconocer, más allá de la opinión
que nos merezca su gestión, que ha actuado como verdadero
rompetechos electoral para su partido. Después de
marzo el futuro puede comenzar a ser muy distinto del plácido
presente que conoce la todopoderosa derecha política murciana.
Patricio Hernández Pérez
Presidente del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
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