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DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN |
(La Opinión, 19-1-08)
Permítanme
que me ponga un poco purista geek, pero es que los nacionalismos
no son, según el tópico periodístico, “virus
que se propagan rápidamente”. Con el diccionario del
informático pedante en la mano, técnicamente un nacionalismo
es más bien un troyano, esto es, código malicioso
que se introduce en nuestro ordenador con la misión de abrir
puertas de entrada a otros peligros, es decir, a los verdaderos
virus.
¿Por qué? Bueno, en realidad,
la exaltación mítica del terruño y la desconfianza
hacia el vecino que conforman cualquier nacionalismo no son en sí
problemas demasiado graves. Tal vez suponen un límite autoimpuesto
al desarrollo personal, es verdad. Tal vez tienen un efecto distorsionador
que nos impide captar el mundo que nos rodea en toda su riqueza,
y seguramente, como advertía Javier Marías en su inolvidable
artículo sobre El mundo de George Apley, de Mankiewicz,
son un primer paso para seguir organizando el universo en un nosotros
cada vez más reducido y asfixiante y un ellos más
y más numeroso, temible e ignoto donde, además, los
nacionalistas son siempre los demás. Pero reconozcámoslo:
hay disfunciones mentales mucho peores. Con ésta, mal que
bien, puede uno arreglárselas toda la vida.
El problema radica en lo otro, es decir, los
auténticus virus fanáticos que se cuelan, bajo señuelos
con forma de banderita, en los sistemas desprotegidos por el troyano
que les acabo de describir. No es en absoluto una casualidad que
la ley que legitimó en Estados Unidos la omnipotencia y opacidad
de las agencias de seguridad, el espionaje indiscriminado contra
la población civil y la detención ilegal de extranjeros
(como en Guantánamo) se llamase Patriot Act: con
ese nombre y en octubre de 2001, alzar la voz contra semejante dislate
equivalía en ese país a traicionar a la patria, y
fue aprobada con amplia mayoría en ambas cámaras,
con las tristes consecuencias que todos conocemos.
Como pueden ustedes imaginar, no es necesario
irse tan lejos para encontrar ejemplos: para esos otros patriotas
(literalmente en euskera: abertzale), el asesinato en Barajas, hace
poco más de un año, de los obreros ecuatorianos Carlos
Alonso Palate y Diego Armando Estacio no fue tal, sino daños
colaterales por los que no parece necesario disculparse. ¿Aprendiendo
de los muy patrióticos portavoces del Mossad, tal vez? ¿Qué
lleva a una persona a justificar algo así, por qué
puerta medio abierta del cerebro se cuela la idea de que dos personas
pueden ser asesinadas por el sólo crimen de estar durmiendo
en un aparcamiento y que sus muertes van a contribuir a no sabemos
qué movimiento de liberación nacional? Fue el golpe
de gracia al último proceso negociador, en que tantos habíamos
depositado tantas esperanzas, y entre los culpables están
estos troyanos que actúan en secreto en la cabeza de muchos.
Un claro síntoma de la visita de los
virus consiste en violentos brotes esquizoides: de repente, los
periódicos parecen estar llenos de noticias apocalípticas
sobre el tamaño de la bandera en la plaza de Colón
y en el ayuntamiento de Azpeitia, los partidos de la selección
catalana de hockey sobre patines y la campaña internacional
contra Fernando Alonso. En este avanzado estadio de la infección,
es inútil tratar de arrancar otros programas, y el trabajo
pendiente sobre temas como inmigración, globalización,
medio ambiente, justicia social, urbanismo o ayuda al desarrollo
desaparece limpiamente de los discos duros.
¿Y en Murcia? Tradicionalmente
nos han defendido de los nacionalismos cierta modestia y el muy
huertano recurso al déjate de capullás. En
los últimos tiempos, sin embargo, se están detectando
vulnerabilidades. Un caso típico de infección por
nacionalismo hidráulico se produce al abrir un correo electrónico
con asunto “Agua para todos”. A partir de ese momento,
el fondo de escritorio se vuelve de color de rosa y el portador
empieza a extender la epidemia reenviando a toda la libreta de direcciones
mensajes del tipo “la gestión de los recursos hidráulicos
en la Región es la mejor del mundo”, “el agua
sobra en toda España y no se nos envía por envidia”
o “los campos de golf no consumen agua”. Las proclamas
no resisten el menor roce con la realidad, pero ya se encarga el
troyano de mantenernos demasiado ocupados. Y ahora que ya conocen
la diferencia entre tirios y…, digo entre un troyano y un
virus, sólo me queda recomendarles que protejan su sistema
y que nunca abran archivos adjuntos a mensajes de procedencia dudosa.
Es más, si ven banderitas o lemas patrióticos, borren
todo inmediatamente. Su procesador se lo agradecerá¡
José Daniel Espejo
Miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
http://josedanielespejo.blogspot.com
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