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DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN |
( La Opinión, 31-3-07)
Observando
la cada vez más preocupante deriva que muestra la línea
de actuación del Partido Popular frente al Gobierno, el descaro
con que se tergiversa la realidad en beneficio propio o, por decirlo
en términos de Hannah Arendt, “la deliberada falsedad
y la pura mentira, utilizados como medios legítimos para
el logro de fines políticos”, me he acordado de un
conocido chiste judío que refiere Freud.
Dos judíos se encuentran
en un vagón de un ferrocarril. “¿Adónde
vas?”, pregunta uno de ellos. “A Cracovia”, responde
el otro. “Ves lo mentiroso que eres -salta indignado el primero-.
Si dices que vas a Cracovia, es para hacerme creer que vas a Lemberg.
Pero ahora sé que de verdad vas a Cracovia. Entonces, ¿por
qué mientes?”.
Como en el chiste, resulta inútil cualquier
respuesta cuando se han alterado las condiciones de la verdad sustituyendo
el juicio sobre los hechos por el proceso sobre las intenciones.
En este caso, cuanto más absurda es la mentira -y no son
precisamente de pequeño calibre las que empezaron con Irak,
siguieron con el 11-M, pasaron por el Estatut que rompía
España, la rendición ante ETA, la entrega de Navarra,
etc.- más difícil puede resultar desmontarlas. “Si
te acusan de haber robado las torres de Notre Dame, abandona el
país”, recomienda la citada Hannah Arendt.
No soy el primero en señalar que la actual
dirección del PP es víctima de un trauma que se revela
insuperable: la inesperada derrota en las elecciones de 2004 no
ha sido en el fondo aceptada de forma que, en vez de hacer autocrítica
y reconocer los errores cometidos, se ha optado por la huida hacia
adelante en una espiral cada vez más peligrosa para la estabilidad
democrática.
Sobre este acto de negación, reforzado
por una memoria de corto alcance sobre el propio pasado, se ha construido
la estrategia de reconquista del poder a cualquier precio, en la
que andan embarcados estos falsos profetas del Apocalipsis y sus
voceros mediáticos, y a la que pretenden arrastrar a todo
el país.
Fue otro judío, el filósofo Spinoza,
quien afirmó que en los humanos el deseo precede a la razón:
“No tendemos hacia una cosa porque la juzguemos buena, sino
que la juzgamos buena porque tendemos hacia ella” (un aforismo
de Bergamín lo expresa de otra brillante forma: “No
es la idea la que apasiona, sino la pasión la que idealiza”).
El obsesivo e irrefrenable deseo de los dirigentes
del PP por retornar al poder movilizando pasiones se ve espoleado
por un fatal cálculo de oportunidad política, que
actúa a la vez como una determinante biográfica de
sus protagonistas: si no logran desalojar a Zapatero en 2008, son
ellos los que corren un grave riesgo de ser expulsados de la vida
pública, pues resulta poco razonable, después de la
brutalidad del envite, que puedan disponer los impenitentes perdedores
de una tercera oportunidad. La apuesta es por ello ilimitada, se
juega al todo o nada. De aquí que sea legítima la
inquietante pregunta de hasta dónde están dispuestos
a llegar en su ciega ambición.
Sólo así podemos entender que
se quiera obtener ventaja, violando un pacto no escrito de nuestra
democracia, al hacer de la lucha antiterrorista el eje de su oposición,
o que se arremeta frontalmente -en un flagrante desprecio de la
libertad de información- contra un grupo mediático
que se considera hostil. Ignoran que siempre hay un límite
más allá del cual sólo se puede perder votos.
Mientras tanto, y contra las evidencias del
razonable buen momento económico, de los indiscutibles avances
en medidas para mejorar el bienestar de los ciudadanos, o del apoyo
mayoritario a la nueva posición de España en política
internacional, y a despecho de los verdaderos problemas que afectan
a la vida de los españoles (viviendas inaccesibles, precariedad
del empleo, especulación urbanística, graves problemas
ambientales, desigualdades sociales y de género persistentes,
etc.), cada día bajamos un poco más por la pendiente
de la crispación inducida y del estímulo de los bajos
instintos: la mendacidad, el temor, el resentimiento, la cólera...
Todo aquello que Spinoza llamó las “pasiones tristes”,
y que suponen la inversión de los valores de la democracia.
Y seguiremos asistiendo a la perversa puesta
en escena de esa predicción que se cumple a sí misma
(self-fulfilling prophecy): se procura por todos los medios crear
una atmósfera irrespirable para luego atribuir al gobierno
esa atmósfera y proclamar que sólo desaparecerá
cuando cambie el gobierno.
Este ufano Rajoy que vocifera en sus “bonitas”
manifestaciones pero que no deja de descender en la valoración
de los ciudadanos, que sigue apelando retórica y ridículamente
al centrismo al tiempo que saca a pasear la estética y el
lenguaje de un populismo nacionalista más propio de la extrema
derecha, y al que convendría al menos seguir el consejo del
verso de Antonio Gamoneda, “Yo en tu lugar mentiría
más dulcemente”, me hace recodar aquel otro chiste
de Freud en el que hablando de una personalidad política
alguien dice: “Este hombre tiene un gran porvenir detrás
de él”.
Patricio Hernández Pérez
Miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
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