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DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN |
( La Opinión, 29-11-08)
Hace
algunas semanas, coincidiendo con la cumbre del G20 en Washington,
algunos cientos de personas (otros miles lo hacían en el
resto del territorio español), acudimos a una manifestación
convocada bajo el lema: "La crisis que la paguen ellos",
para llamar la atención sobre el socorro que el estado presta
a empresas y bancos enriquecidos durante el periodo de bonanza anterior,
que ahora solicitan descaradamente su ayuda.
Mientras esperábamos a que se iniciara la marcha, una joven
periodista de una televisión local nos preguntó, micrófono
en mano: ¿Por qué ha venido usted aquí?
La pertinencia de la pregunta era, al menos en un primer momento,
irreprochable, de modo que contestamos con rapidez para alejar de
nuestro rostro la cámara que otro joven sostenía sobre
su hombro, y volver a charlar animadamente con los amigos. Como
siempre, tras las breves pinceladas expuestas a bote pronto, experimenté
la incomodidad que los falsos extrovertidos sentimos tras hablar
en público, me perdoné los errores para no sufrir
inútilmente por los remordimientos, y pensé durante
unos momentos en la pregunta que me habían formulado.
Nada más detenerme en ella, y mientras observaba a mi alrededor,
supe que no era esa cuestión más interesante, sino
que la joven periodista debería haberse dirigido, no a los
allí reunidos, cuyos motivos de convocatoria estaban bien
claros, sino a los paseantes que transitaban indiferentes, aquella
tarde noche de un sábado cualquiera, por las aceras de la
ciudad; detenerse en ellos para lanzarles amablemente, siempre bajo
el foco de su cámara, la pregunta contraria:¿Por
qué no viene usted aquí?, pues esta
y no otra era la incógnita auténticamente indescifrable
de aquel acontecimiento.
¿Por qué no vienen los recientes desempleados a consecuencia
del desvanecimiento de la burbuja urbanística?, ¿Por
qué tampoco lo hacen los pequeños empresarios agobiados
por la crisis financiera que ha enriquecido a unos pocos, empobrecido
a la mayoría, y que ahora todos hemos de pagar? ¿Por
qué no la mayoría de mujeres, las primeras en ser
despedidas o en ver reducida su jornada laboral? ¿ Por qué
no vienen los padres y las madres de los adolescentes con fracaso
escolar, deslumbrados por el dinero fácil y desmotivados
frente a unos estudios que les procurarían un futuro ahora
casi dramático? ¿Por qué no están aquí
los jóvenes mileuristas que han sostenido con sus salarios
de miseria el enriquecimiento de quienes ahora se declaran en bancarrota?
¿Por qué no han venido los inmigrantes?, y así
sucesivamente.
Si todos los afectados por esta crisis de la avaricia hubieran acudido
aquí, las proporciones alcanzadas por nuestra manifestación
hubiesen sido apoteósicas.
¿Por qué, pues, ignoran unas protestas que son las
suyas?
Hace tiempo que la desmovilización se convirtió en
una de las lacras de la democracia; el ciudadano medio, poco o nada
vinculado a organizaciones sociales o políticas de cualquier
tipo, ha dejado de sentir que una queja que repite en privado, pueda
ser hecha pública. La incertidumbre por el futuro y el malestar
actuales se expresan en un incremento de malestares subjetivos y
en el consecuente aumento de las demandas de salud mental y de servicios
sociales; esto es, la queja se singulariza, a lo que contribuyen
tanto los mecanismos psíquicos como sociales del poder, y
se abandonan los lugares de socialización que harían
nuestro malestar políticamente operativo.
La cultura individualista ha arrasado con las viejas concepciones
grupales (familia, equipo de trabajo, asociaciones, sindicatos,
partidos políticos, clubes, etc.) y ha dejado al ciudadano
– cuya conciencia ha sido moldeada por esta cultura- indefenso
ante problemas cuya solución no es individual, o lo es apenas,
sino política.
La ineficacia y la burocratización de los partidos y sindicatos
para ilusionar a la población, convertidos en grupos sectarios
alejados de los ciudadanos, no contribuye a mejorar este estado
de cosas, y la psiquiatría, la psicología y los servicios
sociales se han convertido en paliativos inadecuados, en un cajón
de-sastre (como les llama Guillermo Rendueles), donde
van a parar tanto el sufrimiento subjetivo como el social. Obviamente,
estos mecanismos no pueden hacer demasiado por reducir ni el uno
ni el otro, sino más bien, ejercer de poder regulador, neutralizador,
normalizador, contrario a sus objetivos iniciales de cuidados. Una
función que algunos ya se esfuerzan en denunciar. En el fondo
se trata de reconocer que, como dice Ulrich Beck, no sirven las
soluciones biográficas para las contradicciones sistémicas,
si bien el imaginario social imperante se empeña en hacernos
creer que puede ser así.
¿Cómo recuperar entonces la esperanza en lo colectivo,
sin la cual nuestra propia vida individual queda mutilada? ¿Cómo
devolver el poder transformador que siempre han tenido los fenómenos
de socialización de la queja?
Los mecanismos implicados en esta derrota de lo social son demasiado
complejos para pretender responder, aunque sólo fuese teóricamente,
desde este modesto artículo. Sin embargo, es evidente que
sólo en esa senda estará la solución de la
apatía generalizada a la que asistimos (tal vez más
acusada en nuestra región, por su déficit cultural
y su tejido social particulares, que en otros lugares de España).
Sólo si cada uno de quienes compartimos estas premisas contribuimos,
con herramientas de interrogación crítica, a movilizar
los diferentes grupos en los que nos insertamos, podremos invertir
la tendencia. Se trata de recuperar lo público como espacio
de debate, de protesta, de movilización colectiva contra
un malestar socialmente producido, y de eliminar de lo privado lo
que no es más que la interiorización de sutiles mecanismos
de poder, que nos instan a experimentar que nuestro malestar subjetivo
(el del desempleado, el joven, el pequeño empresario, la
mujer o el inmigrante a quienes aludíamos antes) es fruto
de nuestra particular incompetencia, y no de la hostilidad de un
sistema cada vez menos afín a las necesidades de la vida
humana.
Retomemos ahora con más pertinencia la pregunta que motivó
este comentario: ¿Por qué no viene usted aquí?
Lola López Mondéjar
es miembro del Foro Ciudadano.
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