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DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN |
( La Opinión, 1-3-08)
Pertenezco
a una generación de españoles que se formó
en un clima de exigencia ética como no se ha repetido en
la historia de nuestro país. Nuestra moralidad laica era
heredera del catolicismo en el que habíamos sido educados,
sustituido por una ideología marxista tan severa o más
que Dios Todopoderoso y, a veces, tan dogmática como él.
Cambiamos el pecado por la noción de justicia social y nos
entrenamos en una ética que nos exigía mucho más
que la cristiana, sin que obtuviésemos a cambio la consoladora
promesa de ningún paraíso ultraterreno.
Teníamos que ser justos y honestos sólo porque aquí
en la Tierra –a la que debíamos cuidar convenientemente-
nuestras acciones repercutían en el bienestar o el malestar
de los otros, esto es, por pura y simple solidaridad.
La derecha - tan católica, apostólica y romana como
la de hoy- no tenía empacho alguno en hacer convivir la moral
de la que alardeaba públicamente con otra moral secreta -la
doble moral- que les facilitaba enormemente la vida, permitiéndoles
sin contradicción usar anticonceptivos de todo tipo o tener
amantes en la alcoba mientras prohibían ambas prácticas
en voz alta, abortar fuera del país y abanderar fanáticas
políticas antiabortistas, robar, prevaricar y evadir impuestos
al tiempo que predicaban la honradez del Evangelio, o defender la
vida y pronunciarse a favor de la pena de muerte. Mientras tanto,
nosotros nos exigíamos una coherencia con nuestros principios
que rayaba en el martirio: la austeridad y la transparencia debían
presidir nuestras vidas, y en el horizonte ideal de las personas
que aspirábamos a ser no había ni un ápice
de conmiseración para ninguna de nuestras muchas debilidades.
De igual modo, juzgábamos a nuestros políticos como
si tuviesen la misión evangélica de Jesucristo y su
cruzada no admitiese ni la más insignificante mácula.
Los hombres y mujeres de izquierdas que éramos exigíamos
el derecho al divorcio que desenmascara la hipocresía de
una unión sin amor, o el derecho a disponer libremente de
nuestros cuerpos asegurándoles, al mismo tiempo, el cuidado
y la protección debidas, bajo el paraguas de una sanidad
gratuita y de una vivienda digna.
Cometíamos errores, por supuesto, pero ninguno de ellos era
absuelto tras la suave pena de una liviana penitencia, sino que
nos atormentaban durante un tiempo, arrostrando un sentimiento de
culpa sincero que no deseábamos evitar, puesto que era el
garante de la bondad de nuestras intenciones. Cuando las faltas
de nuestros dirigentes eran manifiestos no teníamos piedad
con ellos y, en pro de un ideal –tantas veces, repito, inalcanzable-,
les retirábamos nuestro favor sin importarnos las consecuencias,
pues así de rigurosa y exigente era nuestra necesidad de
coherencia.
Las gentes de izquierdas de nuestra generación postulábamos
un mundo sin fronteras, afirmando que los inmigrantes eran y son
sujetos de derechos ciudadanos. De ahí que si, a causa de
algún malicioso resto de la educación de derechas
del país en el que habíamos crecido, nos invadía
un mínimo sentimiento racista contrario a nuestros ideales,
lo identificábamos sin dudarlo con aprehensión, y
nos obligábamos a luchar íntimamente contra él
en una batalla sin descanso.
Intensamente morales, soportábamos la distancia entre lo
que éramos y lo que queríamos ser - lo que llamábamos
nuestras contradicciones- con la voluntad de ir zanjándola
poco a poco, pero también con la certeza y la humildad de
quien sabe que nunca llegará a conseguir del todo aquello
a lo que aspira. Odiábamos la complacencia del ser y de lo
dado, en pro de la incómoda tensión del deber ser.
Éramos de izquierdas porque creíamos firmemente que
el mundo podría ser mejor, aunque para ello fuese necesario
corregir de distintos modos las injusticias impuestas por la ley
del más fuerte (léase hoy liberalismo) que tanto amaba
la derecha, así como arbitrar medidas públicas para
proteger a los débiles que, de otro modo, corrían
el riesgo de empobrecerse cada vez más, sin asistencia médica,
educación gratuita ni protección social, como al parecer
sucedía en progresión creciente en el país
más rico del mundo, ejemplo a seguir por los líderes
de la derecha.
Ser de izquierdas ha sido siempre difícil, pues obliga a
cumplir las leyes, o a oponerse a ellas frontal y legalmente para
transformarlas en procesos largos y laboriosos, sin tomar nunca
el atajo de en medio, esto es, saltárselas con corruptelas
fáciles, mucho más eficaces a corto plazo, como reza
la secular costumbre de la derecha.
Estos han sido nuestros sueños, y nuestro sacrificio para
intentar alcanzarlos ha sido arduo, pero ahora, que podríamos
profundizar en ellos acercándonos progresivamente a una sociedad
más equitativa, parece que estamos desconcertados, y no acierto
a saber a qué son debidas nuestras dudas.
Porque ellos siguen siendo los mismos: defienden lo de siempre con
argumentos idénticos y la misma doble vara de medir. Los
corruptos, al ser descubiertos, no se avergüenzan de serlo
ni son expulsados de sus filas. Son homófobos, xenófobos,
intolerantes y demagogos. Prefieren la adhesión sin interrogantes
a la crítica y suelen cuestionar la ley cuando no es interpretada
por los suyos.
Muchas cosas han mejorado desde entonces, aunque otras se resisten
a cambiar. Pero, ¿y nosotros?, decidme ¿qué
es lo que nos ha pasado?, ¿en qué ha quedado nuestro
compromiso? Ser de izquierdas, repito, ha sido siempre muy difícil,
es como nadar a contracorriente, una tarea de pequeños héroes
anónimos, éticos, provistos de ideales. Pero nadie
prometió nunca que fuese otra cosa.
Somos los herederos de la moral laica, de los derechos del hombre,
de la igualdad entre los géneros, de la defensa de la libertad
contra el miedo que producen las actuaciones abusivas del poder,
¿es que se nos ha olvidado?, ¿vamos a tirar timoratamente
la toalla?, ¿no es hora de resistir?, ¿de profundizar
en la democracia?, ¿de movilizar nuestras fuerzas para conseguir
avanzar en nuestro viejo, solitario y cansado proyecto?.
Lola López Mondéjar
es miembro del Foro Ciudadano.
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