DOCUMENTOS - ARTÍCULOS DE OPINIÓN

DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN

"¿QUÉ NOS HA PASADO?" Lola López Mondéjar
( La Opinión, 1-3-08)

Lola Lopez MondejarPertenezco a una generación de españoles que se formó en un clima de exigencia ética como no se ha repetido en la historia de nuestro país. Nuestra moralidad laica era heredera del catolicismo en el que habíamos sido educados, sustituido por una ideología marxista tan severa o más que Dios Todopoderoso y, a veces, tan dogmática como él.

Cambiamos el pecado por la noción de justicia social y nos entrenamos en una ética que nos exigía mucho más que la cristiana, sin que obtuviésemos a cambio la consoladora promesa de ningún paraíso ultraterreno.

Teníamos que ser justos y honestos sólo porque aquí en la Tierra –a la que debíamos cuidar convenientemente- nuestras acciones repercutían en el bienestar o el malestar de los otros, esto es, por pura y simple solidaridad.

La derecha - tan católica, apostólica y romana como la de hoy- no tenía empacho alguno en hacer convivir la moral de la que alardeaba públicamente con otra moral secreta -la doble moral- que les facilitaba enormemente la vida, permitiéndoles sin contradicción usar anticonceptivos de todo tipo o tener amantes en la alcoba mientras prohibían ambas prácticas en voz alta, abortar fuera del país y abanderar fanáticas políticas antiabortistas, robar, prevaricar y evadir impuestos al tiempo que predicaban la honradez del Evangelio, o defender la vida y pronunciarse a favor de la pena de muerte. Mientras tanto, nosotros nos exigíamos una coherencia con nuestros principios que rayaba en el martirio: la austeridad y la transparencia debían presidir nuestras vidas, y en el horizonte ideal de las personas que aspirábamos a ser no había ni un ápice de conmiseración para ninguna de nuestras muchas debilidades. De igual modo, juzgábamos a nuestros políticos como si tuviesen la misión evangélica de Jesucristo y su cruzada no admitiese ni la más insignificante mácula. Los hombres y mujeres de izquierdas que éramos exigíamos el derecho al divorcio que desenmascara la hipocresía de una unión sin amor, o el derecho a disponer libremente de nuestros cuerpos asegurándoles, al mismo tiempo, el cuidado y la protección debidas, bajo el paraguas de una sanidad gratuita y de una vivienda digna.

Cometíamos errores, por supuesto, pero ninguno de ellos era absuelto tras la suave pena de una liviana penitencia, sino que nos atormentaban durante un tiempo, arrostrando un sentimiento de culpa sincero que no deseábamos evitar, puesto que era el garante de la bondad de nuestras intenciones. Cuando las faltas de nuestros dirigentes eran manifiestos no teníamos piedad con ellos y, en pro de un ideal –tantas veces, repito, inalcanzable-, les retirábamos nuestro favor sin importarnos las consecuencias, pues así de rigurosa y exigente era nuestra necesidad de coherencia.

Las gentes de izquierdas de nuestra generación postulábamos un mundo sin fronteras, afirmando que los inmigrantes eran y son sujetos de derechos ciudadanos. De ahí que si, a causa de algún malicioso resto de la educación de derechas del país en el que habíamos crecido, nos invadía un mínimo sentimiento racista contrario a nuestros ideales, lo identificábamos sin dudarlo con aprehensión, y nos obligábamos a luchar íntimamente contra él en una batalla sin descanso.

Intensamente morales, soportábamos la distancia entre lo que éramos y lo que queríamos ser - lo que llamábamos nuestras contradicciones- con la voluntad de ir zanjándola poco a poco, pero también con la certeza y la humildad de quien sabe que nunca llegará a conseguir del todo aquello a lo que aspira. Odiábamos la complacencia del ser y de lo dado, en pro de la incómoda tensión del deber ser.

Éramos de izquierdas porque creíamos firmemente que el mundo podría ser mejor, aunque para ello fuese necesario corregir de distintos modos las injusticias impuestas por la ley del más fuerte (léase hoy liberalismo) que tanto amaba la derecha, así como arbitrar medidas públicas para proteger a los débiles que, de otro modo, corrían el riesgo de empobrecerse cada vez más, sin asistencia médica, educación gratuita ni protección social, como al parecer sucedía en progresión creciente en el país más rico del mundo, ejemplo a seguir por los líderes de la derecha.

Ser de izquierdas ha sido siempre difícil, pues obliga a cumplir las leyes, o a oponerse a ellas frontal y legalmente para transformarlas en procesos largos y laboriosos, sin tomar nunca el atajo de en medio, esto es, saltárselas con corruptelas fáciles, mucho más eficaces a corto plazo, como reza la secular costumbre de la derecha.

Estos han sido nuestros sueños, y nuestro sacrificio para intentar alcanzarlos ha sido arduo, pero ahora, que podríamos profundizar en ellos acercándonos progresivamente a una sociedad más equitativa, parece que estamos desconcertados, y no acierto a saber a qué son debidas nuestras dudas.

Porque ellos siguen siendo los mismos: defienden lo de siempre con argumentos idénticos y la misma doble vara de medir. Los corruptos, al ser descubiertos, no se avergüenzan de serlo ni son expulsados de sus filas. Son homófobos, xenófobos, intolerantes y demagogos. Prefieren la adhesión sin interrogantes a la crítica y suelen cuestionar la ley cuando no es interpretada por los suyos.

Muchas cosas han mejorado desde entonces, aunque otras se resisten a cambiar. Pero, ¿y nosotros?, decidme ¿qué es lo que nos ha pasado?, ¿en qué ha quedado nuestro compromiso? Ser de izquierdas, repito, ha sido siempre muy difícil, es como nadar a contracorriente, una tarea de pequeños héroes anónimos, éticos, provistos de ideales. Pero nadie prometió nunca que fuese otra cosa.

Somos los herederos de la moral laica, de los derechos del hombre, de la igualdad entre los géneros, de la defensa de la libertad contra el miedo que producen las actuaciones abusivas del poder, ¿es que se nos ha olvidado?, ¿vamos a tirar timoratamente la toalla?, ¿no es hora de resistir?, ¿de profundizar en la democracia?, ¿de movilizar nuestras fuerzas para conseguir avanzar en nuestro viejo, solitario y cansado proyecto?
.

Lola López Mondéjar es miembro del Foro Ciudadano.

 

 
© Foro Ciudadano