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DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN |
http://desdemicornijal.blogspot.com/,
(30-5-07)
Uno
de los éxitos de la globalización, además de
exportar sus ‘recetas’ neoliberales en el ámbito
económico por todo el planeta, ha sido el de homogeneizar
las pautas culturales. Y las tendencias políticas. Europa
asiste en estos momentos al lento, pero inexorable, avance de una
marea neoconservadora, procedente de EE UU, que amenaza con sepultar
y ahogar los anhelos de cambio social que han sido patrimonio, hasta
ahora, de una izquierda que aparentemente agoniza. Se veía
venir. En mi anterior artículo ‘El voto del miedo’
ya hacía notar cómo en Francia, cuna de las revoluciones
liberales que alumbraron nuevas sociedades en Europa, las clases
medias y populares se dejaron deslumbrar por el discurso neoconservador
de Sarkozy. Si eso ha ocurrido en ese país transpirenaico,
hasta ahora celoso defensor de las conquistas sociales y con una
izquierda notablemente organizada y pujante, ¿por qué
no iba a ocurrir un fenómeno similar en España? A
mayor abundamiento, en las recientes elecciones municipales italianas,
el voto de izquierdas se ha refugiado en el Sur, abandonando su
tradicional feudo del Norte, la Lombardía y el Piamonte,
ahora en manos de Berlusconi.
Mal que nos pese, el éxito
de la derecha en Europa ha consistido en que el discurso legitimador
de su política, basada en la hipertrofia del sector público
y en una minusvaloración del Estado como garante de las prestaciones
sociales y, por consiguiente, en el culto a las bondades del ‘mercado’
como único elemento capaz de hacer funcionar la economía,
ha calado en las gentes. Una suerte de maridaje entre estas consignas
de la derecha y las clases medias y asalariadas ha hecho el resto.
En España, las privatizaciones
de servicios públicos esenciales, las disparidades salariales,
la inseguridad laboral y la sombra del despido, la interesada propaganda
de la derecha sobre la supuesta amenaza de la inmigración,
el difícil acceso a la vivienda, el fenómeno de la
inseguridad ciudadana, el terrorismo, los casos de corrupción
urbanística… lejos de crear una corriente crítica
ciudadana de rebeldía han producido una especie de atomización
y de desafiliación en el cuerpo social y el triunfo de un
individualismo que nos han conducido a un contexto regresivo de
difícil salida. La cultura de la derecha ha sido asimilada
ampliamente por la ciudadanía. Y en ese contexto, la izquierda
social y política lo tenemos difícil. Lejos quedaron
los tiempos en que la identificación entre barrios obreros
y voto de izquierdas era un elemento habitual. Si hacemos un mínimo
análisis de lo ocurrido en España en estos últimos
comicios locales y autonómicos, lo excepcional ha pasado
a ser lo normal. El caso de Madrid es paradigmático. La capital
del Estado, con un notable cinturón de barrios obreros, ha
dado alas al PP. La hecatombe de la izquierda es un hecho aireado,
por sintomático.
En nuestra Región, también
el voto de izquierdas ha huido de los barrios obreros más
tradicionales y, por el contrario, zonas con un notable asentamiento
de familias jóvenes, barrios habitados por gentes con profesiones
liberales y con un nivel de formación medio-alto han apoyado
más visiblemente las propuestas de izquierda. ¿Qué
está ocurriendo? Para empezar, reconozcámosle también
a la derecha regional su habilidad para lograr eso que denominamos
la ‘vertebración’ de la sociedad civil. Al menos,
de una parte de la misma. La derecha política, tejiendo una
especie de red clientelar en amplios sectores sociales, ha sido
capaz de rentabilizar y de capitalizar una notable porción
del tejido asociativo regional. En manos de la derecha están
las Cofradías de Semana Santa, una buena parte de las peñas
huertanas, las agrupaciones sardineras, algunas asociaciones de
vecinos y de padres y madres, la patrimonialización de la
cultura y de los festejos populares más significativos…
El lema ‘Agua para todos’ ha funcionado, además,
como elemento aglutinador, creando una suerte de identidad regional
antes ausente.
En lo que toca al tema de la
corrupción urbanística, bandera de denuncia de las
formaciones de izquierda en estos pasados comicios locales y autonómicos,
es claro que la percepción del fenómeno por las direcciones
de los partidos de izquierda y por las plataformas ciudadanas de
denuncia no se ha correspondido con la de la ciudadanía.
En torno a lo que hemos venido denominado convencionalmente la ‘economía
del ladrillo’ y del pelotazo urbanístico se agrupa
toda una miríada de sectores profesionales (constructores,
fontaneros, electricistas, escayolistas, pintores, comisionistas,
intermediarios…) que, con una visión a corto plazo,
es cierto, ven en la construcción un medio de vida que no
le garantizan otros sectores. Que un ciudadano cualquiera pueda,
provisto de un vehículo y un móvil, constituirse en
jornada de tarde en intermediario u ojeador de solares para ofrecérselos
a cualquier constructor, y que por esa operación reciba una
comisión de un dos o un tres por ciento, es un hecho habitual.
El languidecimiento de la agricultura tradicional hace al pequeño
agricultor víctima de la oferta de cualquier promotor inmobiliario.
La construcción, un sector que nos condena al ‘pan
para hoy’ y el hambre para mañana, es cierto sin embargo
que mueve en la Región muchos capitales. Nunca, como hoy,
eran visibles en nuestras calles tantas oficinas inmobiliarias.
Nunca, como hoy, tanta gente ha hecho del negocio del ladrillo su
medio de vida. Nunca, como hoy, el parque regional de vehículos
de gran cilindrada de Murcia ha sido tan numeroso. Y nunca, como
hoy, la cultura del enriquecimiento rápido, incluso por la
vía del ‘pelotazo urbanístico’, ha gozado
de tanta aceptación social.
Frente al cuadro descrito, no
sorprende tanto el hecho de que la contestación a tal estado
de cosas proceda hoy de una exigua parte del electorado. El voto
progresista de izquierda se refugia en aquellos sectores sociales
más críticos e ilustrados, incluso en las capas medias.
Si a ello sumamos que una buena parte de los jóvenes y las
jóvenes de esta Región huyen no sólo de la
adscripción a los partidos políticos sino también
de su presencia masiva en las urnas tenemos en este último
dato una explicación del descenso del voto de la izquierda.
La juventud murciana ha encontrado en los movimientos sociales más
variopintos un refugio a su aversión a la militancia activa
en las formaciones convencionales de izquierda. En este sentido,
el vigor juvenil que impulsó las pasadas movilizaciones contra
la guerra de Irak y, más recientemente, las protestas contra
la corrupción urbanística constituyen el paradigma
de que la juventud percibe la contestación al sistema por
otras vías.
Urge, pues, recomponer la contestación
social de izquierdas con nuevos métodos. Con nuevas estrategias.
No basta con que los partidos políticos entonemos hoy el
‘mea culpa’ para, a continuación, seguir anclados
en los mismos métodos del pasado. El envite del neoliberalismo,
a escala global, es de tan envergadura, lleva a la práctica
sus postulados con métodos tan sutiles, que urge reinventar
una nueva izquierda, social y política, que sepa estar a
la altura de las circunstancias. Teniendo presente la consigna ‘piensa
global, actúa local’, es preciso que los movimientos
sociales y partidos políticos de izquierdas salgamos de esta
especie de autocomplacencia que adorna nuestro quehacer. La endogamia
que nos caracteriza nos impide ver que, las más de las veces,
nuestro discurso llega sólo a las personas ya convencidas.
Un ejemplo. La notable labor de concienciación social de
plataformas como ‘Murcia no se Vende’ no ha logrado
romper el techo de una presencia militante activa, pero, mal que
nos pese, exigua. Y ello se traduce en la también exigua
respuesta de la ciudadanía. Llevar 15.000 ó 20.000
personas a las calles de Murcia contra la corrupción urbanística
es un esfuerzo encomiable. Pero no olvidemos que muchos de esos
miles de personas, que no son ni siquiera el 2% de la población
regional, hacen gala de un marcado escepticismo respecto de la validez
de los partidos como cauces institucionales de representación,
lo que conduce inexorablemente a posturas abstencionistas.
Para concluir, el descenso sociológico de la izquierda lejos
de llevarnos a pensar que ha de hacernos modular el discurso de
izquierdas ha de combatirse con políticas de izquierda. Es
preciso que los movimientos sociales y los partidos políticos
nos nutramos no sólo de nuevos contenidos sino de gentes
dispuestas a engrosar una nueva masa crítica ciudadana que
pueda contrarrestar la marea neoconservadora de la que hablaba arriba.
Y, para ello, es urgente la reflexión colectiva. Y la colaboración
mutua, desinteresada y respetuosa entre todas las instancias de
la izquierda. Porque aunque amplios sectores populares se dejen
encandilar por los cantos de sirena de un modelo social y económico
que aparentemente creen que les favorece, es una responsabilidad
ética de la izquierda seguir faenando para llevar a la conciencia
colectiva la idea de que Otro Mundo y Otra Región son posibles.
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