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JUSTICIA Y DERECHOS

"¡Hay que parar al fiscal!" Patricio Hernández
(La Verdad, 14-2-07)

Patricio HernándezPara comenzar, algunas evidencias. Primera, la corrupción política ha existido siempre en nuestra historia democrática, aunque nunca había alcanzado la actual intensidad, mostrándose como un fenómeno muy difícil de erradicar -tal vez por contarse los partidos entre sus beneficiarios- al menos hasta ahora, cuando algunos jueces y fiscales parecen haber decidido poner fin a tanta impunidad.

Segunda, cuando se crean las condiciones legales (medidas que aumentan la discrecionalidad y la opacidad de las decisiones), institucionales (reducción de los mecanismos e instancias de control ), y políticas (mayorías absolutas prolongadas que degradan los mecanismos de vigilancia), la corrupción se dispara, llegando a adquirir formas organizadas.

Tercera, como han señalado prestigiosas organizaciones como Transparencia Internacional, la corrupción encuentra refugio especialmente en las instituciones locales y en el ámbito del urbanismo. La construcción es el paraíso de la especulación y el dinero negro, y los municipios su escenario privilegiado.

Y cuarta, el actual boom inmobiliario, de una magnitud brutal y desconocida hasta ahora tanto en volumen como en ausencia de restricciones, es causa y consecuencia, al tiempo, del mayor fenómeno de corrupción que ha conocido la democracia española, que se expresa con máxima virulencia en comunidades como la nuestra.

La corrupción política se revela siempre como el peor enemigo de la cultura democrática por cuanto actúa como verdadero disolvente de la confianza de los ciudadanos en las instituciones públicas y en sus representantes. Pero, ¿cómo va a afectar a la actual coyuntura política regional?

Conforme se apuran los plazos legales para que la Fiscalía del TSJ resuelva sobre los casos más graves que viene investigando relacionados con la corrupción urbanística, se percibe una creciente ansiedad y nerviosismo en el Gobierno regional y el PP murciano. El temor fundado a que se vean imputados relevantes cargos municipales y regionales viene acompañado de la imposibilidad de controlar los efectos que puede producir sobre el electorado en la ya próxima convocatoria de mayo. De una forma muy asimétrica, también el PSOE puede verse afectado.

En el PP saben por experiencia -ya que jugaron a fondo esa carta en la primera mitad de los 90 contra el PSOE- que los efectos deslegitimadores de la corrupción cuando se convierte en escándalo político pueden ser despiadados, ya que estamos ante una de las más poderosas armas de poder simbólico, con capacidad de intervenir en el curso de los acontecimientos al actuar sobre las actitudes y creencias de los ciudadanos.

Para bloquear la posibilidad de que el adversario se beneficie de la temida vía del escándalo para el acceso al poder han comenzado a desplegar una ya conocida retórica legitimadora, que ha descrito muy bien el catedrático Manuel Villoria (Corrupción en España, incluido en el libro Las redes de la corrupción).

En primer lugar se estrechan los límites de la corrupción reduciéndolos a lo que es perseguible y sancionable penalmente (la perversión de identificar responsabilidad política y responsabilidad penal); en segundo lugar se procura desacreditar a los enemigos de la corrupción presentándolos como demasiado amigos de la oposición, con ideas radicales o intereses inconfesables, evitando entrar en el fondo de las denuncias. El tercer nivel retórico es el del mal menor, esto es, afirmar que la corrupción debe ceder ante un bien mayor, a saber, ganar las elecciones.

El primer paso, un ejemplo de degeneración de los valores democráticos, ya se ha dado: en ausencia de procesamientos, y si estos comienzan, de sentencias, nadie se ve en la necesidad de dimitir. Nada parecen importar los vínculos familiares, de amistad o societarios probados entre políticos y promotores beneficiados de decisiones discrecionales de aquellos. Todo lo más se admite que puede existir un problema estético, nunca ético o político.

Al segundo paso, también iniciado, aun le queda recorrido. Se trata de desprestigiar a cualquiera que denuncie la corrupción, incluido el propio fiscal. Hasta ahora la doctrina oficial es negar la corrupción, al tiempo que se deslizan las primeras dudas sobre su imparcialidad. Pero con las primeras decisiones adversas se pasará a la abierta acusación de partidismo. El prudente y cauteloso Fiscal Jefe del TSJ ha de prepararse para el fuego graneado que con seguridad caerá sobre él, como ocurre ya en otras regiones.

Esta fase vendrá acompañada del intento de presentar la corrupción destapada y sancionada como una excepción, procurando limitar el nivel de los implicados y extenderla, en cambio, a los competidores electorales, buscando homologarlos para un reparto equilibrado de daños.

¿Qué harán, llegado el momento, los votantes murcianos? Es difícil de saber y esta es la fuente de las incertidumbres y zozobras que inquietan a la derecha regional, y de las esperanzas de la oposición. ¿Se decidirán por castigar ha quienes han propiciado, permitido y amparado la corrupción, o la pasarán por alto atendiendo sus excusas y justificaciones, con el riesgo de legitimarla y darle nuevos incentivos?

Patricio Hernández Pérez
Miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.

 

 
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