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JUSTICIA Y DERECHOS |
(La Opinión 6-12-08)
El
sentido progresivo de interdependencia y los pronósticos
alarmantes sobre la seguridad de la humanidad y la vida sobre la
Tierra tal como la conocemos son un fuerte impulso para la acción
conjunta, ya que los problemas hoy día no se pueden resolver
de forma aislada. En este sentido, la actual crisis global nos ofrece
una oportunidad histórica de transformación, una ocasión
única para redefinir el modelo de desarrollo económico
mundial, en aras de un reclamo de justicia social y ecológica.
El fracaso del imperialismo financiero junto con su estrategia depredadora
y bélica han convertido la globalización en un proceso
económico devastador que ha llenado el mundo de miseria ecológica,
social y cultural. Ahora, el fundamentalismo del
mercado, que negó el papel del Estado, nos sitúa en
una crisis económica global, y pide que se trasladen fondos
públicos a la banca para salvar a los culpables de la barbarie,
lo que implica un grave retroceso para los derechos humanos.
Los derechos humanos, como instrumentos de paz
y como exigencias materiales de justicia, son el más
valioso patrimonio de la humanidad, por ello, su defensa
y respeto ha de ser garantizada por el Estado de Derecho, no puede
dejarse en manos del mercado. El modelo económico neoliberal
desordenado y desterritorializado, al que hemos dado el mando, se
ha traducido en una pérdida de soberanía del Estado
de Derecho, y en una pérdida de efectividad del Estado Nación
ante el problema de la gobernanza global. Hay que aspirar a una
gobernanza global responsable que hoy en día está
en manos de instituciones neoliberales como el FMI o el BM, a pesar
de que las lideran socialdemócratas, o de organizaciones
como la ONU, que deberán democratizarse profundamente y acabar
con el derecho de veto de los cinco miembros permanentes del Consejo
de Seguridad (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia)
que son los mayores productores de armas, de la UE una unión
que no es una construcción política sino una construcción
económica neoliberal o el TPI, que aún no ha sido
reconocido por el imperio.
Mientras los líderes mundiales se reunen para salvar el sistema
y preparar un nuevo plan para afrontar la crisis de los ricos dentro
del mismo modelo económico, nace una conciencia colectiva
que se enfrenta al modelo de desarrollo económico capitalista
que intentan vendernos como progreso, en pos de un nuevo significado
del progreso como desarrollo humano sostenible en sentido social
y ecológico, que renuncia a que la Riqueza Mundial continúe
creciendo a costa del medio ambiente y de la fractura social que
provoca, e impulsa un nuevo modelo que se aproxime a la idea de
sostenibilidad, aprovechando el desafío de la actual globalización
para hacer prosperar una idea de riqueza y de progreso que tenga
como finalidad satisfacer las necesidades vitales y las capacidades
de las generaciones presentes y futuras, y respetar la sostenibilidad
de la vida en la Tierra.
Los derechos humanos han sido creados para la paz y el desarrollo
de la humanidad, un concepto que se amplia al de desarrollo sostenible
para enfrentarse al concepto de crecimiento económico que
mide el progreso de una sociedad a través de su avance en
términos del incremento de la renta per capita y del crecimiento
del PIB, que incluye como medida de éxito de un país,
y entre sus partidas más honerosas, al armamento -la inversión
en armas llega a los 3 mil millones de dólares al día-,
sin tener en cuenta la pobreza, la evolución del empleo,
la desigualdad, o el deterioro ecológico que provoca en nuestro
planeta.
La construcción de la Justicia ha de asumir la inclusión
social y la integridad ecológica como una medida básica
de legitimidad en el siglo XXI, porque construir un mundo sostenible
en sentido social y ecológico para nosotros y las generaciones
futuras, en paz y sin pobreza, es posible, y es necesario como avance
irrenunciable para la defensa de los derechos humanos
en la amplitud histórica que hoy les corresponde.
Este desarrollo y amplitud de la Justicia se concreta en el continuo
suceder de las generaciones de los derechos humanos, y muestra hoy
una tercera/cuarta generación de derechos llamados derechos
de solidaridad, entre los que se encuentra el derecho a la paz y
los derechos ecológicos.
En el siglo XXI, la pobreza, la guerra y la destrucción ecológica
es un retroceso cultural grave e inaceptable, porque hoy en día,
por primera vez en la historia de la humanidad, contamos con los
recursos económicos, técnicos y humanos para su solución.
Es ahora, ante el reto del cambio global -el cambio climático,
la pérdida de biodiversidad, el aumento de la pobreza en
el mundo, la creciente fractura social, el armamento del planeta-
cuando el modelo económico es violentamente cuestionado porque
hemos entrado en una nueva era, la era de convertirnos en ciudadanos
planetarios donde los derechos universales de los seres humanos
sean también derechos del planeta, y donde la conciencia
y la ciencia del siglo XX dé un giro en el pensamiento que
nos devuleve a nuestro ser primigenio en el mundo, pasando de una
conciencia fragmentada a una ciencia compleja abierta a la naturaleza
y a nuestra identidad como sujeto.
Teresa Vicente Giménez,
Profesora de Filosofía del Derecho de la UMU.
Miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia .
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