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ECONOMÍA Y TRABAJO |
(La
Opinión, 27-12-08)
Recesión, crisis, depresión:
son conceptos que hoy están en boca de todos y cuya existencia
es tan antigua como la del sistema económico que las genera.
Echando la vista atrás, podemos ver cómo los hijos
intelectuales de los liberales que combatieron junto a las clases
populares contra el absolutismo feudal y la sociedad estamental
no tardaron en traicionar sus postulados de igualdad y fraternidad
en cuanto relevaron a la aristocracia del poder para imponer la
dictadura del libre mercado. Así llegó la primera
gran crisis del capitalismo en 1830, de la que fue testigo Karl
Marx. Muchas más habrían de venir, como la crisis
de agrícola y especulativa de 1847; la crisis de 1882-1886,
que llevó a la quiebra a 404 bancos; la de 1912, previa a
la Gran Guerra, o el gran crack de 1929, por sólo citar algunas.
En todas podemos encontrar un rasgo común: la avaricia y
el insaciable ánimo de acumulación unido al mantenimiento
de un bajo poder adquisitivo de la clase asalariada. Mientras el
crédito funciona, el sistema sigue su curso, pero la crisis
es inevitable cuando llega el momento de pagar la fiesta y caen
el consumo, los beneficios empresariales y a continuación
la inversión.
Tras el paréntesis que supuso la implantación de las
tesis económicas keynesianas en medio mundo y la generalización
del Estado de Bienestar, el neoliberalismo volvió a tomar
la iniciativa en la batalla ideológica hace tres décadas,
y lo logró haciendo al mundo creer que sus tesis están
fundamentadas por la ciencia económica, y que conducirían
a las sociedades a la eficiencia y el pleno empleo. Estos postulados
son falsos, pues la teoría económica tiene bien identificados
los supuestos en los que el libre mercado falla. Nuestros actos
de producción y consumo generan efectos externos, en ocasiones
positivos (como la educación o la sanidad) y en otras ocasiones
negativos (como la contaminación). En ausencia de regulación,
los agentes guiados por sus intereses individuales producirán
menos de lo socialmente deseable en el caso de los primeros y demasiado
de los últimos. Asimismo, el libre mercado fracasa al dotar
bienes públicos, genera monopolios y oligopolios, incentiva
la especulación ante la falta de transparencia y produce
ingentes desigualdades de renta que generan no solo conflictos,
sino también ineficiencia, en términos de talentos
desaprovechados.
El auge del neoliberalismo económico, que a algunos puede
parecer ajeno, es el responsable, entre otras cosas, del sufrimiento
que el FMI ha causado a los países que se han visto obligados
a aplicar sus dolorosas (e inefectivas) políticas de ajuste,
o del peligro de desmantelamiento la educación y la sanidad
pública. Mucho debemos también de esta recesión
al otrora considerado gran gurú Alan Greenspan, que en sus
dos décadas al frente de la Reserva Federal ha ejercido una
férrea defensa de la desregulación y fomentado la
proliferación de los exóticos derivados financieros,
que Warren Buffet calificó en su día como armas financieras
de destrucción masiva, y que no han servido sino para estimular
las prácticas de riesgo que han desencadenado esta crisis,
así como para facilitar su rápida metástasis
gracias a la difusión del riesgo.
La propaganda neocon ha sido tan eficiente que incluso algunos políticos
de izquierdas predican sin complejos la necesidad de equilibrio
fiscal año a año (lo que es tan estúpido como
pedir a alguien que gaste su nómina el día que la
ingresa y pase hambre el resto del mes) y la austeridad presupuestaria
en tiempos de crisis. ¿Quién si no ha de tirar del
carro de la economía cuando el sector privado desfallece?
Algo parece estar cambiando con esta crisis: en un reciente artículo,
Paul Samuelson anunciaba el fin de la supremacía de la doctrina
neoliberal inspirada en los postulados de Friedrich Hayek y Milton
Friedman, mientras Joseph Stiglitz vaticina que esta crisis supondrá
para el capitalismo lo que la caída del muro de Berlín
supuso al comunismo. Paul Krugman también se ha sumado a
las voces que claman por la recuperación del papel del Estado
como agente estabilizador de la economía, y en similares
términos se expresaron la semana pasada Sami Naïr e
Ignacio Ramonet, a quienes tuvimos el privilegio de poder ver en
Murcia.
Mientras, los neocons españoles, ajenos al debate internacional
y apadrinados por las FAES, siguen a lo suyo. Aznar defiende a capa
y espada la gestión de su amigo George Bush, al que muchos
consideran ya el peor presidente de la historia de los EEUU, y no
se sonroja al afirmar que la culpa de esta crisis es del intervencionismo
estatal. Lo hizo hace un mes en la presentación de la reedición
de “Libertad para elegir” de Milton Friedman. En este
acto Aznar estuvo acompañado por David Friedman, hijo de
Milton, un señor que se define como anarcocapitalista (no
es broma) y que ha conseguido llevar aún más al extremo
las ideas de su progenitor al afirmar que incluso la legislación
puede ser producida por el libre mercado. Esperanza Aguirre, por
otra parte, mete en el mismo saco a fundamentalistas islámicos,
comunistas, dirigentes latinoamericanos y socialistas y se queda
tan pancha. Su cachorro, Pablo Casado, pidió este fin de
semana en el Congreso de las Nuevas Generaciones del PP de Madrid
la eliminación de las subvenciones públicas a sindicatos,
avanzar en la privatización de la sanidad y la educación
y la abolición del salario mínimo.
En EEUU hemos asistido al nacimiento de una nueva esperanza encarnada
en la figura de Barack Obama. ¿Estamos realmente ante el
fin del dogma neoliberal que, basándose en el individualismo
y el egoísmo, ha dominado la agenda de los últimos
treinta años, o quizás renacerán sus falacias
de las cenizas, cual ave fénix, como tantas veces han hecho
a lo largo de la historia? El tiempo dirá.
José Roberto
Barrilado, miembro del Foro Ciudadano de la Región
de Murcia.
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