DOCUMENTOS - ARTÍCULOS DE OPINIÓN

ECONOMÍA Y TRABAJO

"El fénix y la nueva esperanza"
J. Roberto Barrilado Martínez
(La Opinión, 27-12-08)

Recesión, crisis, depresión: son conceptos que hoy están en boca de todos y cuya existencia es tan antigua como la del sistema económico que las genera. Echando la vista atrás, podemos ver cómo los hijos intelectuales de los liberales que combatieron junto a las clases populares contra el absolutismo feudal y la sociedad estamental no tardaron en traicionar sus postulados de igualdad y fraternidad en cuanto relevaron a la aristocracia del poder para imponer la dictadura del libre mercado. Así llegó la primera gran crisis del capitalismo en 1830, de la que fue testigo Karl Marx. Muchas más habrían de venir, como la crisis de agrícola y especulativa de 1847; la crisis de 1882-1886, que llevó a la quiebra a 404 bancos; la de 1912, previa a la Gran Guerra, o el gran crack de 1929, por sólo citar algunas. En todas podemos encontrar un rasgo común: la avaricia y el insaciable ánimo de acumulación unido al mantenimiento de un bajo poder adquisitivo de la clase asalariada. Mientras el crédito funciona, el sistema sigue su curso, pero la crisis es inevitable cuando llega el momento de pagar la fiesta y caen el consumo, los beneficios empresariales y a continuación la inversión.

Tras el paréntesis que supuso la implantación de las tesis económicas keynesianas en medio mundo y la generalización del Estado de Bienestar, el neoliberalismo volvió a tomar la iniciativa en la batalla ideológica hace tres décadas, y lo logró haciendo al mundo creer que sus tesis están fundamentadas por la ciencia económica, y que conducirían a las sociedades a la eficiencia y el pleno empleo. Estos postulados son falsos, pues la teoría económica tiene bien identificados los supuestos en los que el libre mercado falla. Nuestros actos de producción y consumo generan efectos externos, en ocasiones positivos (como la educación o la sanidad) y en otras ocasiones negativos (como la contaminación). En ausencia de regulación, los agentes guiados por sus intereses individuales producirán menos de lo socialmente deseable en el caso de los primeros y demasiado de los últimos. Asimismo, el libre mercado fracasa al dotar bienes públicos, genera monopolios y oligopolios, incentiva la especulación ante la falta de transparencia y produce ingentes desigualdades de renta que generan no solo conflictos, sino también ineficiencia, en términos de talentos desaprovechados.

El auge del neoliberalismo económico, que a algunos puede parecer ajeno, es el responsable, entre otras cosas, del sufrimiento que el FMI ha causado a los países que se han visto obligados a aplicar sus dolorosas (e inefectivas) políticas de ajuste, o del peligro de desmantelamiento la educación y la sanidad pública. Mucho debemos también de esta recesión al otrora considerado gran gurú Alan Greenspan, que en sus dos décadas al frente de la Reserva Federal ha ejercido una férrea defensa de la desregulación y fomentado la proliferación de los exóticos derivados financieros, que Warren Buffet calificó en su día como armas financieras de destrucción masiva, y que no han servido sino para estimular las prácticas de riesgo que han desencadenado esta crisis, así como para facilitar su rápida metástasis gracias a la difusión del riesgo.

La propaganda neocon ha sido tan eficiente que incluso algunos políticos de izquierdas predican sin complejos la necesidad de equilibrio fiscal año a año (lo que es tan estúpido como pedir a alguien que gaste su nómina el día que la ingresa y pase hambre el resto del mes) y la austeridad presupuestaria en tiempos de crisis. ¿Quién si no ha de tirar del carro de la economía cuando el sector privado desfallece?

Algo parece estar cambiando con esta crisis: en un reciente artículo, Paul Samuelson anunciaba el fin de la supremacía de la doctrina neoliberal inspirada en los postulados de Friedrich Hayek y Milton Friedman, mientras Joseph Stiglitz vaticina que esta crisis supondrá para el capitalismo lo que la caída del muro de Berlín supuso al comunismo. Paul Krugman también se ha sumado a las voces que claman por la recuperación del papel del Estado como agente estabilizador de la economía, y en similares términos se expresaron la semana pasada Sami Naïr e Ignacio Ramonet, a quienes tuvimos el privilegio de poder ver en Murcia.

Mientras, los neocons españoles, ajenos al debate internacional y apadrinados por las FAES, siguen a lo suyo. Aznar defiende a capa y espada la gestión de su amigo George Bush, al que muchos consideran ya el peor presidente de la historia de los EEUU, y no se sonroja al afirmar que la culpa de esta crisis es del intervencionismo estatal. Lo hizo hace un mes en la presentación de la reedición de “Libertad para elegir” de Milton Friedman. En este acto Aznar estuvo acompañado por David Friedman, hijo de Milton, un señor que se define como anarcocapitalista (no es broma) y que ha conseguido llevar aún más al extremo las ideas de su progenitor al afirmar que incluso la legislación puede ser producida por el libre mercado. Esperanza Aguirre, por otra parte, mete en el mismo saco a fundamentalistas islámicos, comunistas, dirigentes latinoamericanos y socialistas y se queda tan pancha. Su cachorro, Pablo Casado, pidió este fin de semana en el Congreso de las Nuevas Generaciones del PP de Madrid la eliminación de las subvenciones públicas a sindicatos, avanzar en la privatización de la sanidad y la educación y la abolición del salario mínimo.

En EEUU hemos asistido al nacimiento de una nueva esperanza encarnada en la figura de Barack Obama. ¿Estamos realmente ante el fin del dogma neoliberal que, basándose en el individualismo y el egoísmo, ha dominado la agenda de los últimos treinta años, o quizás renacerán sus falacias de las cenizas, cual ave fénix, como tantas veces han hecho a lo largo de la historia? El tiempo dirá.

José Roberto Barrilado, miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.

 

 
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