 |
ECONOMÍA Y TRABAJO |
(El País, 7-12-07)
La
presión fiscal en España se situó en 2005,
incluyendo todos los impuestos, en un 35,6% del PIB, según
datos de Eurostat. La media entre 1995 y 2005 fue del 33,7%. Quiere
decirse que la presión fiscal que soportamos los españoles
en 2005 fue 4,3 puntos inferior a la media de los países
europeos del área euro (39,9%) y que en los últimos
diez años ha sido inferior en 6,8 puntos a esa media (40.5%).
Incluso si se tiene en cuenta la UE en su conjunto, incluidos los
nuevos socios, España queda muy por debajo de esa media.
¿Qué motivos hay
para que el Partido Socialista y el PP hayan entrado en esta campaña
electoral en una clara competencia a la hora de prometer una reducción
de esa presión fiscal? Es quizás comprensible que
el PP haya optado por una línea ultraliberal, según
la cual hay que devolver el dinero a los ciudadanos para que ellos
mismos paguen directamente sus servicios y resuelvan sus problemas.
Se trata de instalar en amplios sectores de la sociedad la idea
de que puede sacar beneficios de la privatización de lo público.
El caso más evidente sería el de la educación:
el informe PISA detecta las deficiencias del sistema educativo español,
pero los ciudadanos no reaccionan reclamando su rápida mejora,
probablemente porque un sector importante cree que, en el caso de
sus propios hijos, puede resolver ese problema de forma privada.
Esos mismos resultados en un país como Finlandia, en el que
los ciudadanos valoran al máximo los bienes públicos
y consideran la educación como uno de ellos, habría
hecho caer a un Gobierno tras otro.
La privatización de lo
público es una idea muy potente, que se está abriendo
camino en medio mundo, de la mano de los grandes grupos de pensamiento
norteamericanos. Lo que no se entiende es por qué el PSOE
entra en ese juego. Como diría el tan citado sociólogo
Lakoff, la gran victoria de esa línea de pensamiento es lograr
que se instale la idea de los impuestos como algo que debe ser reducido,
o incluso eliminado, para que la economía pueda funcionar
mejor.
Pero esa, dice Lakoff, es una
seña de identidad de la derecha, no de la izquierda, y parece
que los electores no votan tanto pensando en su bolsillo como en
su identidad. La apelación a suprimir impuestos no sirve
para acentuar la identidad de un partido de izquierda, sino para
privarle de ella. Por eso resulta tan curioso que José Luis
Rodríguez Zapatero, que ha leído tanto a Lakoff y
que se rodea de grandes expertos internacionales, haga luego lo
contrario de lo que predican esos asesores y renuncie a tener señas
de identidad en lo económico. Y si no, que le pregunten al
premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, quien probablemente
esté tan boquiabierto como parte del PSOE ante el anuncio
del presidente del Gobierno de que, si gana, piensa suprimir el
impuesto sobre el patrimonio.
Es muy probable que ese impuesto,
que no ha sido actualizado en muchos años (lo que ya demuestra
una determinada voluntad política), necesitara una importante
reconfiguración. Seguramente no debería afectar a
ciudadanos cuyo único patrimonio es un piso. Pero una cosa
es cambiar el tipo del impuesto, y otra suprimirlo, elevar a categoría
la idea de que los patrimonios no tienen por qué tributar
y, lo que es todavía más preocupante, la idea de que
las cosas funcionan mejor con menos impuestos. Sobre todo, con menos
impuestos directos, porque de los indirectos, los que gravan a todo
el mundo por igual en su consumo, nadie parecen acordarse.
La promesa, hecha muy coherentemente
en un foro tan liberal como el convocado por la magnifica revista
The Economist, llena de melancolía a quienes llevan años
peleando en la izquierda para demostrar que las economías
más prósperas no son, en absoluto, las que tienen
un sistema fiscal más escuálido. Las estadísticas
indican que los países campeones en competitividad no son
los que carecen de grandes sectores públicos, sino todo lo
contrario. Sin Estado fuerte no hay inversión pública
y sin inversión pública no hay auténtica prosperidad,
predican los economistas empeñados en dar un contenido serio,
solvente y de izquierda, a la política económica.
España es un país
que ha mejorado extraordinariamente en los últimos treinta
años en todos los índices de valoración internacional.
Pero también es un país que sigue teniendo un mal
rendimiento educativo, con pensiones muy bajas (las que reciben
las viudas son indignas), con una renta per cápita todavía
por debajo de la media comunitaria y con una dotación tecnológica
claramente insuficiente. Muchos ciudadanos tenemos dudas de que
la mejora de todo esto no tenga nada que ver con los impuestos que
pagamos. ¿De verdad alguien cree que una de las grandes reclamaciones
de los españoles en estos momentos es una rebaja de impuestos?
¿Y que vamos a votar en mayor número si se nos promete
la desaparición del impuesto sobre el patrimonio?
Soledad Gallego-Díaz.
Adjunta a la Dirección de EL PAÍS.
solg@elpais.es
|