 |
EDUCACIÓN |
(La
Verdad, 29-10-07)
Decía
Aristóteles que las cosas evidentes no se discuten. Pero
curiosamente, para algunas personas, la relación entre ciudadanía
y educación no parece ser evidente. Trataremos de introducir
algo de serenidad en este ruido mediático que se ha suscitado,
y que en esta Región lleva visos de seguir aumentando en
los próximos meses.
El animal humano es el animal
más débil de la naturaleza y sólo el cuidado
de los otros lo convierten en lo que es. Ya los griegos comprendieron
que la adquisición de la humanidad por el recién nacido
se encuentra necesariamente vinculada a su participación
en una determinada comunidad política. La pregunta a la que
debemos responder es la siguiente: dentro de esa comunidad ¿dónde
reside la autoridad educativa?
La labor educativa ¿debería
corresponder al Estado, a las familias, o a los educadores profesionales?
Cada uno de estos modelos atribuye la autoridad educativa a uno
solo de estos tres agentes: al Estado, a las familias o a los profesionales
de la enseñanza. Ahora bien, si la educación debe
servir para preservar y reproducir de manera consciente una sociedad
democrática, entonces la autoridad educativa debe ser compartida
por estos tres agentes sociales. Puesto que la democracia (que,
como decía Churchill, es el menos malo de los sistemas políticos)
consiste precisamente en la distribución social del poder
y no en su concentración despótica, la distribución
de la autoridad educativa es lo que la sostiene. Se trata, pues,
de reproducir conscientemente una sociedad que sea a la vez lo más
plural y lo más incluyente posible.
Vivimos en un mundo globalizado,
en unas sociedades cuya complejidad es cada vez mayor, con plurales
formas de vida, y en las que nuestras chicas y chicos se encuentran
inmersos. Por tanto, tenemos que proporcionarles herramientas para
que, conociendo las diversas formas de vida, puedan elegir, de forma
reflexiva y autónoma, la que les parezca más virtuosa.
Ahora bien, enseñarles a conocer y respetar las diversas
formas de vida no significa caer en el relativismo del todo vale.
En primer lugar, porque la convivencia democrática exige
el respeto a una reglas comunes que todos hemos de cumplir; y, en
segundo lugar, porque no todas las formas de vida son igualmente
valiosas y compatibles con esas reglas compartidas. Algunas personas
son incapaces de hacer esta distinción entre el pluralismo
moral y el relativismo que excluye toda norma común y todo
criterio de juicio, porque para ellas sólo cabe la moral
absoluta (que es la suya, por supuesto) o el caos.
Como sabe cualquier profesora
o profesor de Filosofía, la educación ética
no consiste en adoctrinar, a la manera de las religiones, sino en
formar personas conscientes, libres y autónomas, capaces
de pensar, decidir y actuar por sí mismas. Ahora bien, nuestra
juventud ha de saber que la posibilidad de elección de una
vida buena debe limitarse a aquellas opciones que sean compatibles
con las virtudes cívicas y con el mantenimiento de la convivencia
democrática.
Últimamente, algunas
familias y asociaciones católicas de padres y madres afirman
que la educación de su prole es responsabilidad sólo
suya. Estos padres y madres hablan de sus criaturas como si fueron
meros objetos de su propiedad, de los que pueden disponer y a los
que pueden manejar a su antojo. Olvidan que las criaturas también
tienen derechos, y entre ellos el derecho a ser bien educadas (art.
27.2 de la Constitución), a ser formadas como personas autónomas,
y ese derecho ha de ser amparado por el Estado y garantizado por
la escuela. La buena educación no incluye sólo la
libertad de los padres y madres para elegir la educación
que quieren para sus hijos, sino también su obligación
de compartir esa educación con los otros agentes sociales:
las demás familias, la escuela, el Estado, los medios de
comunicación, etc. Si tanto la jerarquía de la iglesia
católica como ciertos sectores afines (la Concapa y los llamados
profesionales por la ética) aceptan que hay un mínimo
común ético que todos debemos compartir (eso es al
menos lo que dicen), en una sociedad democrática ese mínimo
común denominador debe ser acordado, garantizado y establecido
por el Estado (y para eso están precisamente los parlamentos
y las leyes).
El Estado liberal moderno se
constituyó gracias a su separación de la iglesia,
convirtiéndose en protector de los derechos individuales,
la justicia social y el pluralismo moral. Su función no es
colaborar con el mal, como han afirmado ciertos obispos. El Estado,
como dice Victoria Camps, debe ocuparse de la justicia. En filosofía
moral, se distingue muy bien entre la justicia, que es lo común
a todos, lo que desde la política hay que promover y enseñar,
y el bien, que es lo que corresponde elegir libremente a cada cual,
y que puede ser diferente para unos y para otros. Y la convivencia
democrática exige que ambos órdenes se distingan y
se complementen, sin pretender confundirse el uno con el otro.
Una educación democrática
debe fomentar en nuestros niños y niñas la capacidad
de conocer, comprender y valorar concepciones plurales de vida,
en el marco de una sociedad justa y solidaria. Es preciso enseñarles,
y esto algunos padres católicos parecen no entenderlo, que
la pluralidad es el fundamento político de la convivencia
democrática. Este aprendizaje se adquiere enfrentándose
a muchos dilemas en el debate colectivo, la confrontación
dialéctica y la deliberación ética, a la que
no hay que tener miedo y a la que hay que dedicarle tiempo. Este
es y ha sido el sentido de la asignatura de Ética en la educación
secundaria, y esta es también la pretensión de la
Educación para la Ciudadanía. Y todo lo demás
es mucho ruido y pocas nueces.
Alicia Poza Sebastián forma
parte del Secretariado del Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza
de la Región de Murcia (STERM).
|