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EDUCACIÓN

"¿LOS NIÑOS PRIMERO?" Lola López Mondéjar (La Opinión, 26-1-08)

Lola López MondéjarCon demasiada frecuencia nos encontramos con noticias que evidencian la persistencia de diferentes formas de violencia contra los niños –abusos sexuales, malos tratos, infanticidios, secuestros- que, junto al aumento imparable del número de parejas que voluntariamente eligen la no reproducción, nos indican las enormes dificultades que encuentran los adultos de nuestra sociedad para cuidar y hacerse cargo de los hijos, vividos ahora frecuentemente como una carga económica y un lastre vital.

¿Qué nos está pasando?

La supremacía del modelo individualista de realización personal que podríamos resumir en un “realízate a ti mismo”, ha desplazado a los márgenes de nuestro proyecto vital las experiencias afectivas más significativas del ser humano: el cuidado de los hijos y de los ancianos. Tareas que progresivamente han quedado huérfanas tras la incorporación de la mujer al mundo laboral, siendo delegadas a instituciones deficientes que sólo pueden suplirlas parcial y precariamente si en la familia (sea cual sea su composición) no se les concede también suficiente espacio.

A esta situación, la socióloga americana Ruth Rosen le ha llamado “la crisis del éthos de cuidado”.
El cuidado, esto es, la identificación del bien del otro y nuestra capacidad para ponernos a su disposición para lograr ese bien ha desaparecido en el mundo actual, engullido por mercados laborales cada día más agresivos y hostiles, por el individualismo elevado a rango de ideal, y por un liberalismo que deja a ese mercado como único gestor de las desigualdades sociales de las que partimos, y con las que, a menos que pongamos mecanismos correctores, tendremos que vérnoslas siempre en nuestras organizaciones sociales futuras.

Los imperativos de realización personal de las sociedades posmodernas pretenden producir seres humanos en donde las necesidades de afecto, reconocimiento, diálogo y bienestar material, estén ausentes, apostando por un tipo de sujeto acorde con las necesidades de un capitalismo global (ahora ya sin oponentes ideológicos). Un sujeto independiente afectivamente, lo que nos convierte en consumidores aislados; desapegado, esto es, adaptable al modelo de trabajo deslocalizado; superviviente en la precariedad económica. Es decir, máquinas eficaces y baratas, rápidamente sustituibles en un engranaje que apenas les tiene en cuenta.

Estos imperativos se encarnan en nuestros jóvenes conformando una nueva subjetividad que, bajo el ropaje de la eficacia y la adaptación, esconde una vulnerabilidad afectiva traducible en un sufrimiento psíquico que apenas es expresado con palabras (estamos perdiendo la capacidad para nombrar nuestras emociones, pero esto es otro tema) sino en expresiones somáticas y malestares difusos que recogemos bajo el nombre de angustia. Con estos postulados, el rechazo de la maternidad/ paternidad o la reducción del número de hijos a 1,2 por pareja, como es el caso de España, no es sino una consecuencia. Pero no la más grave.

A efectos del mundo psíquico, la prioridad dada a los valores individuales sobre los sociales ha calado también en las mujeres. En Europa, por suerte aún para nosotros, y en España especialmente, la corrección de esta tendencia suicida a través de tímidas leyes de dependencia, de igualdad de la mujer o de protección a los jóvenes con empleos precarios que buscan su primera residencia, intentan paliar el deterioro de nuestros sistemas de apoyo social y de sus consecuencias.

D.W. Winnicott planteaba la hipótesis de que la violencia no es más que el resultado de una infancia con déficit de afecto y cuidado. Robamos, matamos, agredimos, porque estamos profundamente heridos previamente.

El respeto hacia el otro, hacia su diferencia, así como su derecho a ella, es un valor que se aprende en el grupo familiar, en la exposición continuada a experiencias donde unos y otros se apoyan y protegen mutuamente. La crisis del "ethos de cuidado", con su correlato de abandono de estas experiencias, pone en peligro la construcción de valores indispensables para la convivencia. Podemos postular que la violencia que tanto denunciamos no es más que el emergente de un imaginario social donde la debilidad no se tolera, sino que es objeto de burla, donde la vejez no es sinónimo de experiencia y respeto sino de molestias y desprecio, o donde los niños no son contemplados como los herederos de nuestra cultura, los depositarios de nuestras expectativas sobre un mundo más justo y mejor, sino los causantes de las restricciones que su atención, por más indispensable que sea, supone a nuestro prioritario desarrollo personal.

Para agravar más las cosas, la individualización de la queja, perverso mecanismo que identifica esta con la debilidad y personaliza la insatisfacción en los individuos concretos, en vez de socializarla, produce inevitables efectos de silencio. La mayor parte de nuestros jóvenes luchan aisladamente por salvarse de la quema, sin organizar colectivamente su protesta, renunciando a liderar una necesaria reforma de la sociedad que los maltrata. Confirmamos, sin embargo, que mientras el malestar psíquico aumenta, la protesta social disminuye. La correlación inversa de estas dos variables debería ser ya de por sí suficientemente elocuente.

La mentira en la que se fundamenta este complejo edificio que apenas hemos podido esbozar, no es otra que la de creer que el mandato “realízate a ti mismo” excluye nuestra irrenunciable necesidad de los otros, enfrentando dos necesidades que deberían ir indisociablemente unidas; pues sólo podremos ser nosotros mismos a partir del reconocimiento y el afecto de los demás.

Nuestra pregunta inicial requiere entonces una respuesta que afecta a todas y cada una de las instituciones sociales; se trata de una interrogante que debería estar en el centro de un debate social y político que elaborase las bases de un proyecto global sobre lo que queremos ser los seres humanos del presente y, sobre todo, lo que deseamos que sean los seres humanos del futuro.
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Lola López Mondéjar
Miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia

 

 
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