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EDUCACIÓN |
(El PAIS 5-11-2005)
En
1791, como respuesta a la proclamación por la Convención
francesa de los Derechos del Hombre, el Papa Pío VI hizo
pública su encíclica Quod aliquantum en la que afirmaba
que "no puede imaginarse tontería mayor que tener a
todos los hombres por iguales y libres". En 1832, Gregorio
XVI reafirmaba esta condena sentenciando en su encíclica
Mirari vos que la reivindicación de tal cosa como la "libertad
de conciencia" era un error "venenosísimo".
En 1864 apareció el Syllabus en el que Pío IX condenaba
los principales errores de la modernidad democrática, entre
ellos muy especialmente -dale que te pego- la libertad de conciencia.
Deseoso de no quedarse atrás en celo inquisitorial, León
XIII estableció en su encíclica Libertas de 1888 los
males del liberalismo y el socialismo, epígonos indeseables
de la nefasta ilustración, señalando que "no
es absolutamente lícito invocar, defender, conceder una híbrida
libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza
o de culto, como si fuesen otros tantos derechos que la naturaleza
ha concedido al hombre. De hecho, si verdaderamente la naturaleza
los hubiera otorgado, sería lícito recusar el dominio
de Dios y la libertad humana no podría ser limitada por ley
alguna". Y a Pío X le correspondió fulminar la
ley francesa de separación entre Iglesia y Estado con su
encíclica Vehementer, de 1906, donde puede leerse: "Que
sea necesario separar la razón del Estado de la de la Iglesia
es una opinión seguramente falsa y más peligrosa que
nunca. Porque limita la acción del Estado a la sola felicidad
terrena, la cual se coloca como meta principal de la sociedad civil
y descuida abiertamente, como cosa extraña al Estado, la
meta última de los ciudadanos, que es la beatitud eterna
preestablecida para los hombres más allá de los fines
de esta breve vida". Hubo que esperar al Concilio Vaticano
II y al decreto Dignitatis humanae personae, querido por Pablo VI,
para que finalmente se reconociera la libertad de conciencia como
una dimensión de la persona contra la cual no valen ni la
razón de Estado ni la razón de la Iglesia. "¡Es
una auténtica revolución!", exclamó el
entonces cardenal Wojtyla.
¿Qué es la laicidad? Es el reconocimiento
de la autonomía de lo político y civil respecto a
lo religioso, la separación entre la esfera terrenal de aprendizajes,
normas y garantías que todos debemos compartir y el ámbito
íntimo (aunque públicamente exteriorizable a título
particular) de las creencias de cada cual. La liberación
es mutua, porque la política se sacude la tentación
teocrática pero también las iglesias y los fieles
dejan de estar manipulados por gobernantes que tratan de ponerlos
a su servicio, cosa que desde Napoleón y su Concordato con
la Santa Sede no ha dejado puntualmente de ocurrir, así como
cesan de temer persecuciones contra su culto, tristemente conocidas
en muchos países totalitarios. Por eso no tienen fundamento
los temores de cierto prelado español que hace poco alertaba
ante la amenaza en nuestro país de un "Estado ateo".
Que pueda darse en algún sitio un Estado ateo sería
tan raro como que apareciese un Estado geómetra o melancólico:
pero si lo que teme monseñor es que aparezcan gobernantes
que se inmiscuyan en cuestiones estrictamente religiosas para prohibirlas
u hostigar a los creyentes, hará bien en apoyar con entusiasmo
la laicidad de nuestras instituciones, que excluye precisamente
tales comportamientos no menos que la sumisión de las leyes
a los dictados de la Conferencia Episcopal. No sería el primer
creyente y practicante religioso partidario del laicismo, pues abundan
hoy como también los hubo ayer: recordemos por ejemplo a
Ferdinand Buisson, colaborador de Jules Ferry y promotor de la escuela
laica (obtuvo el premio Nobel de la paz en 1927), que fue un ferviente
protestante.
En España, algunos tienen inquina al
término "laicidad" (o aún peor, "laicismo")
y sostienen que nuestro país es constitucionamente "aconfesional"
-eso puede pasar- pero no laico. Como ocurre con otras disputas
semánticas (la que ahora rodea al término "nación",
por ejemplo) lo importante es lo que cada cual espera obtener mediante
un nombre u otro. Según lo interpretan algunos, un Estado
no confesional es un Estado que no tiene una única devoción
religiosa sino que tiene muchas, todas las que le pidan. Es multiconfesional,
partidario de una especie de teocracia politeista que apoya y favorece
las creencias estadísticamente más representadas entre
su población o más combativas en la calle. De modo
que sostendrá en la escuela pública todo tipo de catecismos
y santificará institucionalmente las fiestas de iglesias
surtidas. Es una interpretación que resulta por lo menos
abusiva, sobre todo en lo que respecta a la enseñanza. Como
ha avisado Claudio Magris (en "Laicità e religione",
incluido en el volumen colectivo Le ragioni dei laici, ed. Laterza),
"en nombre del deseo de los padres de hacer estudiar a sus
hijos en la escuela que se reclame de sus principios -religiosos,
políticos y morales- surgirán escuelas inspiradas
por variadas charlatanerías ocultistas que cada vez se difunden
más, por sectas caprichosas e ideologías de cualquier
tipo. Habrá quizá padres racistas, nazis o estalinistas
que pretenderán educar a sus hijos -a nuestras expensas-
en el culto de su Moloch o que pedirán que no se sienten
junto a extranjeros...". Debe recordarse que la enseñanza
no es sólo un asunto que incumba al alumno y su familia,
sino que tiene efectos públicos por muy privado que sea el
centro en que se imparta. Una cosa es la instrucción religiosa
o ideológica que cada cual pueda dar a sus vástagos
siempre que no vaya contra leyes y principios constitucionales,
otra el contenido del temario escolar que el Estado debe garantizar
con su presupuesto que se enseñe a todos los niños
y adolescentes. Si en otros campos, como el mencionado de las festividades,
hay que manejarse flexiblemente entre lo tradicional, lo cultural
y lo legalmente instituido, en el terreno escolar hay que ser preciso
estableciendo las demarcaciones y distinguiendo entre los centros
escolares (que pueden ser públicos, concertados o privados)
y la enseñanza misma ofrecida en cualquiera de ellos, cuyo
contenido de interés público debe estar siempre asegurado
y garantizado para todos. En esto consiste precisamente la laicidad
y no en otra cosa más oscura o temible.
Algunos partidarios a ultranza de la religión
como asignatura en la escuela han iniciado una cruzada contra la
enseñanza de una moral cívica o formación ciudadana.
Al oírles parece que los valores de los padres, cualesquiera
que sean, han de resultar sagrados mientras que los de la sociedad
democrática no pueden explicarse sin incurrir en una manipulación
de las mentes poco menos que totalitaria. Por supuesto, la objeción
de que educar para la ciudadanía lleva a un adoctrinamiento
neofranquista es tan profunda y digna de estudio como la de quienes
aseguran que la educación sexual desemboca en la corrupción
de menores. Como además ambas críticas suelen venir
de las mismas personas, podemos comprenderlas mejor. En cualquier
caso, la actitud laica rechaza cualquier planteamiento incontrovertible
de valores políticos o sociales: el ilustrado Condorcet llegó
a decir que ni siquiera los derechos humanos pueden enseñarse
como si estuviesen escritos en unas tablas descendidas de los cielos.
Pero es importante que en la escuela pública no falte la
elucidación seguida de debate sobre las normas y objetivos
fundamentales que persigue nuestra convivencia democrática,
precisamente porque se basan en legitimaciones racionales y deben
someterse a consideraciones históricas. Los valores no dejan
de serlo y de exigir respeto aunque no aspiren a un carácter
absoluto ni se refuercen con castigos o premios sobrenaturales...
Y es indispensable hacerlo comprender.
Sin embargo, el laicismo va más allá
de proponer una cierta solución a la cuestión de las
relaciones entre la Iglesia (o las iglesias) y el Estado. Es una
determinada forma de entender la política democrática
y también una doctrina de la libertad civil. Consiste en
afirmar la condición igual de todos los miembros de la sociedad,
definidos exclusivamente por su capacidad similar de participar
en la formación y expresión de la voluntad general
y cuyas características no políticas (religiosas,
étnicas, sexuales, genealógicas, etc...) no deben
ser en principio tomadas en consideración por el Estado.
De modo que, en puridad, el laicismo va unido a una visión
republicana del gobierno: puede haber repúblicas teocráticas,
como la iraní, pero no hay monarquías realmente laicas
(aunque no todas conviertan al monarca en cabeza de la iglesia nacional,
como la inglesa). Y por supuesto la perspectiva laica choca con
la concepción nacionalista, porque desde su punto de vista
no hay nación de naciones ni Estado de pueblos sino nación
de ciudadanos, iguales en derechos y obligaciones fundamentales
más allá de cuál sea su lugar de nacimiento
o residencia. La justificada oposición a las pretensiones
de los nacionalistas que aspiran a disgregar el país o, más
frecuentemente, a ocupar dentro de él una posición
de privilegio asimétrico se basa -desde el punto de vista
laico- no en la amenaza que suponen para la unidad de España
como entidad trascendental, sino en que implican la ruptura de la
unidad y homogeneidad legal del Estado de Derecho. No es lo mismo
ser culturalmente distintos que políticamente desiguales.
Pues bien, quizá entre nosotros llevar el laicismo a sus
últimas consecuencias tan siquiera teóricas sea asunto
difícil: pero no deja de ser chocante que mientras los laicos
"monárquicos" aceptan serlo por prudencia conservadora,
los nacionalistas que se dicen laicos paradójica (y desde
luego injustificadamente) creen representar un ímpetu progresista...
En todo caso, la época no parece favorable
a la laicidad. Las novelas de más éxito tratan de
evangelios apócrifos, profecías milenaristas, sábanas
y sepulcros milagrosos, templarios -¡muchos templarios!- y
batallas de ángeles contra demonios. Vaya por Dios, con perdón:
qué lata. En cuanto a la (mal) llamada alianza de civilizaciones,
en cuanto se reúnen los expertos para planearla resulta que
la mayoría son curas de uno u otro modelo. Francamente, si
no son los clérigos lo que más me interesa de mi cultura,
no alcanzo a ver por qué van a ser lo que me resulte más
apasionante de las demás. A no ser, claro, que también
seamos "asimétricos" en esta cuestión...
Hace un par de años, coincidí en un debate en París
con el ex secretario de la ONU Butros Gali. Sostuvo ante mi asombro
la gran importancia de la astrología en el Egipto actual,
que los europeos no valoramos suficientemente. Respetuosamente,
señalé que la astrología es tan pintoresca
como falsa en todas partes, igual en El Cairo que en Estocolmo o
Caracas. Butros Gali me informó de que precisamente esa opinión
constituye un prejuicio eurocéntrico. No pude por menos de
compadecer a los africanos que dependen de la astrología
mientras otros continentes apuestan por la nanotecnología
o la biogenética. Quizá el primer mandamiento de la
laicidad consista en romper la idolatría culturalista y fomentar
el espíritu crítico respecto a las tradiciones propias
y ajenas. Podría formularse con aquellas palabras de Santayana:
"No hay tiranía peor que la de una conciencia retrógrada
o fanática que oprime a un mundo que no entiende en nombre
de otro mundo que es inexistente".
Fernando Savater es catedrático
de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.
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