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GLOBALIZACIÓN |
(El País, Suplemento Domingo, 6-11-2005)
Cuando
ya se ha dicho y hecho todo, el movimiento antiglobalización
debería movilizar su vasto compromiso y fuerza moral en un
movimiento proglobalización en defensa de una globalización
que abordara las necesidades de los más pobres de entre los
pobres, del medio ambiente global y de la extensión de la
democracia.
Ése es el tipo de globalización
propugnada por la ilustración; una globalización de
las democracias, la acción multilateral, la ciencia y la
tecnología, y un sistema económico global concebido
para satisfacer las necesidades humanas. Podríamos llamar
a esto "globalización ilustrada". ¿Cuál
sería entonces el enfoque de un movimiento de masas orientado
hacia la globalización ilustrada? Sería, primera y
principalmente, un enfoque sobre la conducta de los Gobiernos ricos,
sobre todo del Gobierno rico más poderoso y caprichoso: Estados
Unidos. Insistiría en que Estados Unidos y otros países
ricos hicieran honor a sus compromisos para ayudar a los pobres
a escapar de la pobreza, así como a los compromisos de poner
límite a la degradación medioambiental, incluido el
cambio climático producido por el hombre y la pérdida
de la biodiversidad. Este tipo de movimiento continuaría
iluminando con sus focos la responsabilidad de las empresas, pero
urgiría a que las multinacionales importantes hicieran más
inversiones en los países más pobres, en lugar de
cada vez menos. En vez de centrarse en impedir el comercio y la
inversión, insistiría en que la Organización
Mundial del Comercio mantuviera los compromisos políticos
formulados en Doha y en otros lugares para garantizar que los países
más pobres tuvieran acceso a los mercados de los países
más ricos.
Y lo que sería quizá más
importante en un futuro inmediato: un movimiento de esta naturaleza
presionaría a Estados Unidos para que pusiera fin a sus fantasías
de imperio y acción unilateral y se sumara a la comunidad
mundial en los procesos multilaterales. Los llamamientos de los
neoconservadores en defensa de un imperio estadounidense son fantasías,
pero se trata de fantasías muy peligrosas. No entienden dos
cuestiones básicas sobre el mundo en que vivimos. En primer
lugar, Estados Unidos representa sólo el 4,5% de la población
mundial y alrededor del 20% de la renta mundial si la medimos en
paridad de poder adquisitivo. Para el año 2050, la proporción
de población puede disminuir ligeramente, pero es probable
que la proporción de PNB descienda de un modo bastante más
acusado, quizá a sólo un 10% de la renta. Sencillamente,
Estados Unidos no goza de un margen de beneficio económico
suficiente para sustentar ninguna tentativa real de ser un imperio
global, con independencia de lo acertada o desacertada que pueda
ser una idea así. Por extraño que parezca, la guerra
a pequeña escala en Irak ha puesto a prueba al personal militar
y a las finanzas públicas estadounidenses. Y como la opinión
pública no estaba en modo alguno interesada en pagar realmente
la guerra con sus impuestos, la Administración de Bush ha
tenido que financiarla mediante déficit presupuestarios.
Conquistar pero no dominar
En segundo lugar, aunque Estados Unidos cuenta
con un vasto poderío militar, la utilización de esa
fuerza para extraer un beneficio político es bastante limitada.
Como demuestra la guerra de Irak, Estados Unidos puede conquistar,
pero no puede dominar. Lo que los neoconservadores sencillamente
no comprendieron es que la era en que las poblaciones extranjeras
podrían tolerar razonablemente el dominio estadounidense
terminó hace medio siglo. Estados Unidos no fue recibido
en Irak como libertador, sino más bien como ocupante, un
giro de los acontecimientos que era completamente predecible salvo,
según parece, para los neoconservadores, que viven divorciados
de las realidades actuales. La ideología política
dominante en nuestro tiempo es el nacionalismo y la autodeterminación,
y en el mundo en vías de desarrollo esa ideología
se volvió inmensamente más fuerte a lo largo del siglo
XX, a medida que la alfabetización se extendía y la
naturaleza arbitraria y cínica del dominio colonial quedaba
dolorosamente de manifiesto.
El carácter unilateral y militarista
de la Administración de Bush también se ha visto alimentado
por otra poderosa fuerza. Aludí con anterioridad al hecho
de que muchos millones de estadounidenses conforman sus creencias
sobre política exterior no evaluando los intereses nacionales
estadounidenses, sino interpretando la profecía bíblica.
Cuando Estados Unidos invadió Irak y Afganistán, millones
de cristianos fundamentalistas estadounidenses debatieron si el
auge del terrorismo y el conflicto de Oriente Próximo indicaban
los últimos días de la profecía. La serie de
novelas de ficción Left Behind, basada en la profecía
fundamentalista, ha vendido decenas de millones de ejemplares que
escenifican un futuro Armagedón. Quienes creen en estas doctrinas
conformaron un poderoso electorado en el seno de la coalición
política de Bush. Si la política exterior estadounidense
cae presa no sólo del influjo del sesgo unilateral o del
neoimperialismo descabellados, sino también del de la profecía
bíblica irracional, los riesgos del mundo se verán
multiplicados de modo extraordinario.
A medida que la prosperidad global se aceleraba
durante los últimos dos siglos, cada generación era
llamada a enfrentarse a nuevos desafíos en lo relativo a
la extensión de las posibilidades del bienestar humano. Algunas
se han enfrentado al desgarrador desafío de defender la propia
razón frente a la irracionalidad y la brutalidad masiva del
comunismo, el fascismo y otros totalitarismos del siglo XX. Otras
se han visto bendecidas por la oportunidad de expandir el ámbito
de la libertad y la razón humanas, arrebatadas a la guerra
y dotadas de herramientas cada vez más poderosas para mejorar
la condición humana. Nuestra generación vive una paz
precaria, una paz amenazada tanto por el terrorismo como por la
respuesta abiertamente militarista de Estados Unidos; pero se trata
de una paz sobre la que podemos construir si conseguimos mantenerla.
Acabar con la pobreza es el gran reto de nuestro tiempo; un compromiso
que no sólo nos aliviaría del sufrimiento masivo y
extendería el bienestar económico, sino que también
promovería los otros objetivos ilustrados de la democracia,
la seguridad mundial y el progreso de la ciencia.
¿Cómo puedo creer, me preguntan
muchas veces, que unas sociedades materialistas y volcadas hacia
el interior como las de Estados Unidos, Europa y Japón pueden
asumir un programa de mejoras sociales, máxime si éste
se dirige a las gentes más pobres del planeta? ¿Acaso
las sociedades no son cortas de miras, egoístas e incapaces
de responder a las necesidades de otras sociedades? Creo que no.
Otras generaciones han triunfado a la hora de aumentar el alcance
de la libertad y el bienestar humanos mediante una combinación
de esfuerzo, persuasión, paciencia y las profundas ventajas
de situarse en el lado adecuado de la historia. Me vienen a la memoria
tres grandes desafíos generacionales en los que se confirmaron
los derechos de los pobres y los débiles. Estos tres ejemplos
sirven de inspiración y guía para nuestra época:
el fin de la esclavitud, el fin del colonialismo y los movimientos
por los derechos civiles y contra el apartheid. (...)
Los pasos que debemos dar
Ha llegado el momento de poner fin a la pobreza,
aun cuando nos quede por delante mucho trabajo. He diagnosticado
por qué la pobreza extrema persiste en medio de una riqueza
inmensa. He señalado los pasos concretos que nos permitirían
abordar y superar esta pobreza. He mostrado que los costes de la
acción son reducidos, en realidad una parte minúscula
de los costes de la inacción. He elaborado un calendario
hasta el año 2025, incluido un estadio intermedio de los
Objetivos de Desarrollo del Milenio en el año 2015. He mostrado
cómo los organismos internacionales fundamentales pueden
contribuir al proceso que nos espera. Y, sin embargo, debemos llevar
a cabo estas tareas en un contexto de inercia mundial, tendencia
a la guerra y a los prejuicios y un comprensible escepticismo de
todo el mundo ante el hecho de que esta vez puede ser distinta de
las anteriores.
Sí, en esta ocasión puede ser
diferente; veamos nueve pasos para alcanzar ese objetivo.
El primer paso es el compromiso con esta tarea.
Oxfam y muchas otras instituciones líderes de la sociedad
civil han abrazado un objetivo: convertir la pobreza en historia.
El mundo en su conjunto exige ahora abrazar ese objetivo. Nos hemos
comprometido a reducir la pobreza a la mitad para el año
2015. Comprometámonos a acabar con la pobreza extrema en
el año 2025.
Los Objetivos de Desarrollo del Milenio constituyen
el primer paso para acabar con la pobreza. Son concretos, están
cuantificados y ya están acordados en un Pacto Global entre
Ricos y Pobres. La comunidad internacional no sólo debería
reiterar su compromiso con estos objetivos, sino que los dirigentes
deberían adoptar un plan global concreto para alcanzar los
Objetivos de Desarrollo del Milenio similar al esbozado en el capítulo
15, el cual se refleja con detalle en el Proyecto del Milenio de
la ONU.
Alzar la voz de los pobres
Mahatma Gandhi y Martin Luther King hijo no
esperaron a que los ricos y los poderosos fueran en su rescate.
Formularon su llamamiento a la justicia y se mantuvieron firmes
ante la arrogancia y el desdén oficiales. Los pobres no pueden
esperar a que los ricos formulen el llamamiento a la justicia. El
G-8 nunca defenderá acabar con la pobreza mientras los pobres
guarden silencio. Ha llegado el momento de que las democracias del
mundo pobre -Brasil, la India, Nigeria, Senegal, Suráfrica
y otras docenas más- se unan para proclamar el llamamiento
a la acción. La voz de los pobres está empezando a
encontrar una caja de resonancia en el G-3 (Brasil, la India, Suráfrica),
en el G-20 (un grupo comercial que negocia en el marco de la OMC)
y en otros lugares. El mundo necesita oír más.
El país más rico y poderoso del
mundo, líder y ejemplo de los ideales democráticos
desde hace mucho tiempo, se ha convertido en el país más
temido y divisivo de los últimos años. La autoatribuida
búsqueda de Estados Unidos de una supremacía y libertad
de acción incontestables ha resultado un desastre, y representa
uno de los mayores riesgos para la estabilidad mundial. La falta
de participación estadounidense en iniciativas multilaterales
ha menoscabado la seguridad del planeta y el progreso hacia la justicia
social y la protección del medio ambiente.
Sus propios intereses se han visto perjudicados
por esta orientación unilateral. Forjado en el crisol de
la ilustración, Estados Unidos puede convertirse en un adalid
de la globalización ilustrada. Será necesaria la acción
política dentro y fuera de Estados Unidos para que recupere
su función en la senda hacia la paz y la justicia mundiales.
Es necesario que nuestras principales instituciones
económicas internacionales desempeñen un papel decisivo
para acabar con la pobreza en el mundo. Cuentan con la experiencia
y la sofisticación técnica necesarias para desempeñar
un papel importante. Disponen de la motivación interna de
un equipo profesional extraordinario. Sin embargo, se han utilizado
muy mal, desaprovechado incluso, como organismos acreedores en lugar
de como instituciones internacionales que representen a la totalidad
de sus 182 Gobiernos miembros. Ha llegado el momento de recuperar
el papel internacional de estas instituciones, de forma que dejen
de ser servidoras de los Gobiernos acreedores y se conviertan en
defensoras de la justicia económica y la globalización
ilustrada.
Reforzar Naciones Unidas
No sirve de nada culpar a la ONU de los pasos
en falso de los últimos años. Hemos tenido la ONU
que han determinado los países poderosos del mundo, sobre
todo Estados Unidos. ¿Por qué los organismos de la
ONU funcionan peor de lo que deberían? No se debe a la burocracia
de la ONU, aunque la hay, sino a que los países ricos se
muestran reticentes a ceder mayor grado de autoridad a los organismos
internacionales, al temer ver con ello reducida su propia capacidad
de maniobra. Los organismos especializados de la ONU deben desempeñar
un papel central para acabar con la pobreza. Ha llegado el momento
de fortalecer los criterios del Fondo de las Naciones Unidas para
la Infancia, de la Organización Mundial de la Salud, de la
Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y
la Alimentación, y de muchos otros para que lleven a cabo
su labor -sobre el terreno, país a país-, esa labor
para la que cuentan con una capacidad de liderazgo excepcional,
ayudando a los más pobres de entre los pobres a que utilicen
la ciencia y la tecnología modernas para superar la trampa
de la pobreza.
Desde los comienzos mismos de la revolución
industrial, la ciencia ha sido la clave del desarrollo, el fulcro
mediante el cual la razón se traduce en tecnologías
de progreso social. Como predijo Condorcet, la ciencia ha permitido
realizar avances tecnológicos en el campo de la producción
de alimentos, la sanidad, la gestión medioambiental y otros
innumerables sectores básicos de producción y satisfacción
de las necesidades humanas. Sin embargo, la ciencia tiende a verse
arrastrada por las fuerzas del mercado, así como a encabezarlas.
He señalado en reiteradas ocasiones que no debe extrañarnos
que los ricos se enriquezcan más en un ciclo continuo de
crecimiento endógeno, mientras que los más pobres
de entre los pobres queden a menudo al margen de este círculo
virtuoso. A pesar de que sus necesidades son específicas
-determinadas por enfermedades, cultivos o condiciones ecológicas
muy concretas-, la ciencia mundial hace caso omiso de sus problemas.
Así pues, es necesario comprometerse de forma específica
para realizar un esfuerzo especial en la ciencia a escala mundial,
encabezada por los centros de investigación científica
oficiales, académicos e industriales, con el fin de abordar
los desafíos de los pobres para los que todavía no
se ha encontrado respuesta. La financiación pública,
la filantropía privada y las fundaciones sin ánimo
de lucro tendrán que respaldar estos compromisos, precisamente
porque no bastarán las fuerzas del mercado por sí
solas.
Si bien determinadas inversiones en el ámbito
de la salud, la educación y las infraestructuras pueden desactivar
la trampa de la pobreza extrema, la creciente degradación
medioambiental a escala local, regional y planetariaamenaza la sostenibilidad
a largo plazo de todos nuestros beneficios sociales. Acabar con
la pobreza extrema puede aliviar muchas de las presiones que sufre
el entorno. Cuando los hogares depauperados son más productivos
en sus explotaciones agrarias, reciben menos presión para
talar bosques cercanos en busca de nuevas tierras de cultivo. Cuando
la probabilidad de que los niños sobrevivan es muy alta,
los hogares reciben menos estímulos para mantener tasas de
fecundidad muy elevadas, con los consiguientes inconvenientes del
rápido crecimiento demográfico. No obstante, aun cuando
la pobreza extrema desaparezca, habrá que abordar incluso
la degradación medioambiental derivada de la contaminación
industrial y el cambio climático a largo plazo asociados
al uso masivo de combustibles. Existen formas de afrontar estos
desafíos medioambientales sin renunciar a la prosperidad
(por ejemplo, construyendo centrales térmicas más
inteligentes que recojan y eliminen las emisiones de dióxido
de carbono e incrementando el uso de fuentes de energía renovables).
Al tiempo que invertimos en acabar con la pobreza extrema, debemos
enfrentarnos al vigente desafío de invertir en la sostenibilidad
de los ecosistemas del mundo.
Compromiso personal
En todo caso, al final todo ello revierte sobre
nosotros mismos como individuos. Trabajando al unísono, los
individuos constituyen y dan forma a las sociedades. Los compromisos
sociales son compromisos personales. Las grandes fuerzas sociales,
nos recordaba enérgicamente Robert Kennedy, son la acumulación
de acciones individuales. Sus palabras cobran hoy más fuerza
que nunca:
"Que nadie se sienta desanimado por la
creencia de que no existe nada que un hombre o una mujer puedan
hacer para combatir la infinidad de males en el mundo; la miseria
y la ignorancia, la injusticia y la violencia. Pocos tendrán
la grandeza de moldear la historia entera; pero cada uno de nosotros
trabaja para modificar una pequeña parte de los acontecimientos,
y el resultado total de todas esas acciones aparecerá escrito
en la historia de esta generación...".
"Es a partir de los innumerables y variados
actos de coraje y fe como se conforma la historia de la humanidad.
Cada vez que un hombre defiende un ideal, actúa para mejorar
la suerte de otros o lucha contra una injusticia, transmite una
onda diminuta de esperanza. Esas ondas se cruzan con otras desde
un millón de centros de energía diferentes y se aventuran
a crear una corriente que puede derribar los muros más poderosos
de la opresión y la resistencia".
Que el futuro diga de nuestra generación
que envió poderosas corrientes de esperanza y que trabajamos
juntos para sanar el mundo.
El economista Jeffrey Sachs (Detroit,
EE UU, 1954) se graduó en Harvard con las calificaciones
más altas. Ha sido asesor de diferentes gobiernos de todo
el mundo. Ha trabajado con organismos internacionales en los países
en desarrollo para resolver problemas que causa la pobreza, la cancelación
de la deuda y el control de las enfermedades, particularmente del
sida. Autor de 'El fin de la pobreza'. Editorial Debate. Prólogo
de Bono, cantante de U-2.
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