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INMIGRACIÓN |
(EL
PAÍS - Opinión - 25-11-2005)
1.
En apenas un mes de intervalo nos hemos enfrentado a dos acontecimientos,
no por previsibles menos insólitos, a causa de la llamativa
contradicción existente entre ambos: el de la avalancha humana
provocada por la miseria de África subsahariana, en su busca
desesperada del sueño europeo, y el de la rebelión,
sin jefes ni ideólogos, de los hijos y nietos de los inmigrantes
instalados en él desde hace dos o tres décadas. Unos
arriesgan la vida para acceder al paraíso vedado y otros,
supuestamente privilegiados, se rebelan contra un orden que les
ningunea y excluye.
¿Cómo explicar esta paradoja sin recurrir a los clisés
de quienes fomentan la demagogia del choque de civilizaciones a
fin de captar el miedo del electorado con miras a alcanzar el pod
er en nuestras democracias enfermas?
2. La política de tolerancia cero de Sarkozy y la imposición
del toque de queda a una población mayoritariamente magrebí
y subsahariana no son algo nuevo. La prohibición de circular
a partir de las diez de la noche se impuso en París desde
el comienzo de la rebelión independentista en Argelia y no
cesó sino hasta la firma de los Acuerdos de Evian en 1962.
Asomarse a la calle después de anochecer era un juego arriesgado
para quienes incurrían en el delito de sale gueule. Un amigo
zamorano miembro del comité central del PCE clandestino,
cuyo rostro podía confundirse fácilmente con el de
un meteco, dio repetidas veces con sus huesos en el coche celular
y en la comisaría del barrio, sin que le valieran para nada
sus documentos de refugiado político español. (Verdad
es que España no era aún europea y frente a los "residentes
privilegiados" de las ex colonias francesas, los españoles
disponíamos tan sólo de una tarjet a de residencia
de lo más "ordinario").
Recuerdo muy bien lo acaecido el 17 de octubre de 1961 cuando, primero
en la plaza de la Ópera y luego en la de L'Etoile, asistí
con un puñado de amigos de France Observateur y de Les Temps
Modernes al reto mudo de millares de argelinos que mientras ascendían
en grupos compactos por las bocas del metro eran apriscados a culatazos
en el interior de los furgones y que, al resultar éstos insuficientes,
permanecían con los brazos alzados detrás de la nuca
en las vastas aceras de esta Estrella que se coloreaba bruscamente
de amarillo, como la impuesta por el régimen de Vichy a los
judíos, y revivía el bochorno de un deshonor repetido
en menos de un cuarto de siglo de distancia.
La realidad de cuanto sucedió después no se conoció,
en pequeñas dosis, sino mucho más tarde: docenas de
cadáveres maniatados aparecieron flotando en la mansa corriente
del río cantado por los poetas, bajo esos mismos puentes
e vocados por los chansonniers al son melancólico de acordeones
y de guitarras. El prefecto de policía que ordenó
y encubrió la matanza fue el mismo que, durante la Ocupación,
autorizó el envío de trenes sellados con mujeres y
hombres, niños y ancianos judíos, a los campos de
exterminio nazis. Como el Bolero de Ravel, la historia reitera sus
crueldades e infamias con oportunas variaciones sinfónicas
que le confieren un aire engañoso de novedad.
3. Tras la independencia de los países del Magreb y de las
colonias africanas, Francia vivió una década gloriosa
interrumpida, es verdad, por los inesperados acontecimientos de
mayo de 1968. Por espacio de dos semanas la fértil inventiva
de los estudiantes e intelectuales que les sostenían cubrió
las paredes de la capital de inscripciones burlonas y cínicas,
cómicas, insolentes, provocativas y alegres, con lemas y
consignas que introducían un elemento lúdico en el
torpor de la beatitud burguesa, hasta que las ag uas volvieron a
su cauce y todo quedó en una nebulosa utopía, un festivo
paréntesis en el hastío de la vida ordinaria. Ni la
clase obrera ni, con mayor razón, los inmigrantes apoyaron
la revuelta ni participaron en ella. Los magrebíes que entonces
frecuentaba no entendían lo ocurrido, contemplaban con recelo
a los manifestantes y temían ante todo por la seguridad de
sus puestos de trabajo. De Gaulle era muy popular entre ellos y
el fervor ácrata de los universitarios les llenaba de estupor
e incluso de indignación.
La misma desconfianza y pánico atenazaban a nuestros compatriotas.
Recuerdo la reacción inesperada de la asistenta ante los
gritos de los manifestantes que desfilaban junto a casa mientras
proferían gritos contra el General: "¡No sería
nuestro Franco quien se dejaría insultar así!".
Por esas fechas presencié igualmente con desaliento la cola
bulliciosa formada en la acera de una sucursal bancaria española
de la avenida de la Ópera: había corrido la voz de
que el franco francés se hundía y los inmigrantes
se precipitaban a retirar de allí sus ahorros.
No obstante, la euforia económica no se interrumpió.
Vivir y trabajar en Francia era un privilegio del que todos los
inmigrantes se sentían orgullosos. La economía necesitaba
la fuerza de sus brazos y fábricas, constructoras y empresas
los contrataban in situ: llegaban a la antigua metrópoli
con la documentación en regla.
Cuando el paréntesis de mayo concluyó -el primer fin
de semana con las gasolineras abiertas- la inmensa mayoría
de los franceses respiraron. Curiosamente, el número de muertos
en accidentes de tráfico fue 30 veces superior al causado
por la violencia estudiantil y de las fuerzas antidisturbios.
4. La bonanza económica se prolongó durante el mandato
presidencial de Georges Pompidou. Se aceleró así la
construcción de ciudades dormitorio en Aulnay-sous-Bois,
La Courneuve, Levallois y otros municipios de la banlieu y los inmigrantes
magrebíes y subsaharianos se acomodaban en ellas con el orgullo
condigno a una promoción social respecto a sus hogares colectivos
de antaño. Nadie hablaba en aquellos tiempos de identidades
ni de religión. El problema mayor era el de la reunificación
familiar indispensable para la obtención de un apartamento.
Había con todo una diferencia entre quienes se instalaban
temporalmente en el lugar con miras a ahorrar lo suficiente para
regresar a sus países de origen -actitud mayoritaria entre
los españoles y un sector de los portugueses y marroquíes-
y los que lo hacían de forma definitiva, con familia o sin
ella, como los argelinos. La desconfianza de los últimos
tocante a la estabilidad política y monetaria de su país
les aconsejaba quedarse en la ex metrópoli e integrarse en
ella. La guerra árabe-israelí de 1973 y el consiguiente
embargo petrolero que sacudió duramente la economía
de los países europeos abrió un nuevo periodo de incertidumbre
y tensione s. El desarrollo económico frenó, muchas
empresas redujeron su plantilla, los inmigrantes dejaron de ser
recibidos con los brazos abiertos. Aunque lo que pronto se llamaría
"flexibilidad laboral" se produjo de forma paulatina y
no se manifestó con todas sus consecuencias hasta el final
de la década, la percepción recíproca de Francia
por los inmigrantes magrebíes y subsaharianos y de éstos
por una buena parte de la población autóctona, se
modificó. El discurso de Le Pen y la prédica islamista
de quienes
formarían más tarde el FIS argelino comenzaron a poner
en tela de juicio el modelo de ciudadanía republicano. Los
años ochenta reflejan las crecientes contradicciones del
sistema: emergencia de una generación de franceses oriundos
del Magreb y las antiguas colonias africanas, aumento del paro y
de la inmigración ilegal, xenofobia, racismo. El sueño
europeo empieza a desvanecerse entre quienes viven en él.
La calidad de vida y de enseñanza en las ciudades dormitorio
se d egradan. Mientras las dudas acerca del futuro se extienden
entre los hijos de los inmigrantes, convertidos en la práctica
en ciudadanos de segunda, el foso abierto entre ellos y el mundo
político no cesa de ensancharse. La República no se
muestra capaz de insertarlos en el campo político y el mediático
y su marginación crece. Aunque numerosos sociólogos
analizan el problema y apuntan a sus previsibles consecuencias,
ni Mitterrand ni Chirac se resuelven a afrontarlo y se limitan a
evocarlo de pasada en sus programas de gobierno. Pocos, muy pocos
magrebíes y subsaharianos figuran en sus listas electorales:
el número de quienes acuden a las urnas es aún escaso
y son por tanto materia desechable.
5. Por espacio de 40 años -interrumpidos, es verdad, por
mis cursos en Estados Unidos y estancias en el Magreb-, viví
en el barrio parisiense de Sentier, a caballo entre los Distritos
Segundo y Décimo: un espacio urbano multiétnico, con
talleres de confección propiedad de judí os y armenios
y con una inmigración procedente de distintas partes del
mundo. A los magrebíes instalados en él antes de mi
llegada se unieron primero españoles y portugueses y luego
yugoslavos, turcos, kurdos, hindúes, paquistaníes,
bangladesíes, tamiles, cingaleses. Los enfrentamientos nacionales,
étnicos y políticos existentes en sus países
de origen -árabes contra judíos, turcos frente a kurdos
y armenios, hindúes frente a paquistaníes, etcétera-
no se reprodujeron nunca en el barrio, ni siquiera en los momentos
de gran tensión como las guerras árabe-israelíes
de 1967 y 1973, el conflicto de Cachemira o las matanzas de Sri
Lanka. La vida prosiguió con normalidad. El tejido urbano
favorecía, favorece aún, su identidad peculiar, el
contacto entre sus componentes, el valor energético de la
ósmosis.
A cuatro estaciones de metro de allí, el distrito predominantemente
árabe de Barbès, que yo conocía de cabo a rabo
-y en cuyos cafetines descubrí a quien luego sería
la madre del rai, la célebre chija Rimiti-, la convivencia
entre magrebíes y franceses no planteaba otros problemas
que los derivados de la vetustez y hacinamiento de una buena parte
de sus edificios.
El plan de "saneamiento" del entonces alcalde Chirac se
tradujo en el desalojo de numerosas familias argelinas, trasladadas
a las torres de cemento de los suburbios del departamento de Seine
Saint-Denis. El barrio se "adecentó" y afrancesó,
pero los dispersados del centro abigarrado y vivo en el que se entremezclaban
con el resto de la población, se concentraron en unos guetos
de cemento sin las escuelas mixtas, cines, mercadillos, cafés
ni bazares que vertebraban su identidad heterogénea y mutante.
La supuesta promoción a hogares nuevos disfrazaba el destierro
de numerosos adolescentes a unos suburbios inhospitalarios, lejos
del centro urbano, en el que habían crecido con sus padres
y del que de un modo u otro se sentían parte integrante.
La diversidad a l amparo de la ley republicana se transformó
así en un sentimiento de desarraigo y despecho: una deportación
que hacía nacer en ellos un difuso afán de venganza.
6. El proyecto integrador de las redes asociativas, pequeñas
revistas beurs o emisoras de radio como la de Belleville que animé
en alguna ocasión, tropezó no sólo con el desastroso
modelo de urbanismo que conducía inevitablemente al gueto
étnico, sino también con el rechazo de muchos "franceses
de cepa" que, como nuestros cristianos viejos, discriminaba
a esos "franceses nuevos" y los empujaba a los márgenes
de la sociedad sin que los poderes públicos ni la administración
local hicieran cosa para remediarlo.
En una época como la de las dos últimas décadas,
en la que las ofertas de trabajo estable y cualificado escasean,
llamarse Ahmed, Mohamed o Fátima constituye un obstáculo
difícil de sortear. No hablo de oídas: conozco casos
de marroquíes a quienes les fue denegado el alquiler de un
p iso concertado por teléfono por su esposa o compañera
"francesas de cepa" cuando se presentaron con éstas
en el despacho de la promotora inmobiliaria. Conscientes de ello,
centenares de magrebíes de los dos sexos han cambiado de
nombre de pila, europeizándolo. El Journal Officiel -equivalente
de nuestro Boletín Oficial del Estado-, reproduce puntualmente
la lista de quienes aceptan mudar de identidad para evitar la segregación
laboral y la existente en la concesión de viviendas. Recuerdo
la carta de una muchacha publicada en Le Nouvel Observateur que,
tras haber enviado su currículo profesional con las condiciones
requeridas por el contratista, recibió como una bofetada
el comentario de éste: "¿Con qué derecho
se llama usted Catherine con una cara como la suya?".
El modelo de integración republicano víctima del urbanismo
de las siniestras torres de hormigón y de la segregación
etnicista de las castas, se resquebrajó gravemente en la
pasada década . La ola de violencia de otoño de 2005
venía cantada.
7. En mi última visita a Aulnay-sous-Bois hace nueve o diez
años, verifiqué la magnitud del desastre: los amigos
que se habían insertado en el barrio gracias a la política
de agrupación familiar, vivían, jubilados, con sus
hijos y nietos nacidos en Francia, en un entorno desalmado y hostil.
Los jóvenes habían abandonado los estudios en sus
escuelas conflictivas, engrosaban la lista creciente de los parados
y deambulaban en pandillas por entre las torres de hormigón
y antenas parabólicas sin ningún incentivo ni esperanza
de un futuro mejor. Sus ídolos eran Zidane y sus compatriotas
raperos. El proselitismo islamista calaba tan sólo en una
pequeña minoría. El célebre racaille de Sarkozy
expresaba cabalmente su desafiante identidad: se sentían
chusma, escoria, materia fecal, tal como escribí sobre ellos
con antelación a las canciones provocativas y violentas de
grupos musicales como Zebda o Sniper, oportunamente citados por
el corresponsal de La Vanguardia el pasado día 12. La resurrección
de las leyes de 1955 les confortó aún en su sentimiento
de que la República era una nueva máscara de la antigua
discriminación colonial.
Al asumirse como chusma, escoria o ángeles exterminadores,
esos "franceses nuevos" (y un buen puñado de adolescentes
de "pura cepa") necesitaban quemar coches y edificios
públicos para hacerse oír. Sus canciones, pintadas,
consignas, convergían en un objetivo: sacudir el edificio
de la República. Los videojuegos de violencia urbana pasaron,
a partir de los incidentes del 27 de octubre, del reino de lo virtual
al de una realidad que acapararía la atención, conforme
a sus propósitos, del universo mediático mundial.
8. La rebelión violenta de las banlieues pone en tela de
juicio el urbanismo creador de guetos étnicos, la política
agresiva de tolerancia cero del actual Gobierno y la seudointegración
de unos jóvenes nacidos en Francia que, hace ya unos pocos
años, durante el partido de fútbol entre ésta
y Argelia, acogieron con pitadas y silbidos los compases de la Marsellesa
en las narices del propio Chirac.
Vuelvo al comienzo de esta reflexión. ¿Saben los que
intentan huir de la miseria a través del perímetro
disuasorio de Ceuta y Melilla cuanto acaece en el interior del paraíso
europeo con los hijos y nietos de quienes accedieron a él?
¿Cómo resolver las contradicciones del capitalismo
global que agrava por un lado, con sus leyes inicuas e indecentes
presupuestos militares, la penuria extrema del continente africano
y que predica por otro la libre circulación de capitales
y bienes mientras erige en sus fronteras muros tan eficaces como
el antiguo Telón de Acero? En nuestra confortable sociedad
del espectáculo podemos zapear de las alambradas cubiertas
de prendas ensangrentadas al divertimento de millares de coches
en llamas en los suburbios de las ciudades francesas sin que nadie
en el mundo político acierte a dar un diagnóstico
justo del mal que corroe a la totalidad de nuestro planeta..
Juan Goytisolo es escritor.
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