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INMIGRACIÓN |
(La Opinión, 17-2-07)
Mientras
los inmigrantes comunitarios reciben todas las atenciones de la
política autonómica, con todo tipo de facilidades
para su localización residencial, y sin que nadie les impele
y evalúe sobre su “integración”, por el
contrario, mucho más difícil lo tienen los inmigrantes
extracomunitarios, esto es, los socialmente definidos como “inmigrantes”
-puesto que a los comunitarios se les concede ese estatus privilegiado
de ser considerados simplemente como “extranjeros”,
optándose por mantener el etiquetaje estigmático de
“inmigrante” para aquellos que son vistos como problemáticos
y/o potencialmente peligrosos.
En cuanto problemáticos
y extraños, los inmigrantes habrán de integrarse,
como si no lo estuvieran ya de facto, en cuanto trabajo precarizado
generado por un sistema productivo que ha hecho de los bajos salarios
y la eventualidad en el trabajo el sostén de su competitividad,
y en el cual se ha definido una condición inmigrante como
un sujeto productivo indispensable para la generación de
la riqueza regional, pero al mismo tiempo con un estatuto de infraciudadanía
y vulnerabilidad acentuada.
Desde el discurso institucional
se ha venido a fijar un lugar común respecto a la condición
inmigrante, la cual explica su posición de vulnerabilidad
por supuestas carencias culturales (o lastres). Esta explicación
culturalista de la vulnerabilidad social propia de la condición
inmigrante oculta con sus prejuicios y asignación de responsabilidades
–pues, ya se sabe, dado que son esas carencias culturales
las que lastran a los inmigrantes en su siempre insuficiente e inacabado
“proceso de integración”, es responsabilidad
de la persona inmigrante saldar ese déficit para aprovechar
las oportunidades ofrecidas por nuestra “sociedad abierta”.
La mirada culturalista se asienta plácidamente en el tejido
social, escribiendo un nuevo ensayo de la ceguera, pero los problemas
de la condición inmigrante, lejos de explicarse por “la
cultura”, tienen más que ver con las líneas
de desigualdad, vulnerabilidad y explotación que estructuran
el espacio social.
Y mientras, sin apenas darnos
cuenta, una nueva problemática relacionada con la inmigración
emerge entre los expertos, medios de comunicación y gestores
diversos: los hijos jóvenes inmigrantes. Sea “la banda
latina”, sea el hiyab en las escolarizadas chicas musulmanas,
sean los sucesos de Alcorcón o las revueltas de los suburbios
deprimidos de las ciudades francesas del año pasado, se multiplican
los estigmas y referentes para empezar a ver a los jóvenes
inmigrantes como parte de las nuevas clases peligrosas a las que,
como antaño, hay que moralizar para que devengan “buenos
inmigrantes” (sumisos y disciplinados).
A menudo han nacido en territorio
español, o llevan tantos años aquí, esforzados
en la carrera escolar y social, que llamar “inmigrantes de
segunda generación” a estos jóvenes es casi
un sinsentido, siempre, claro está, que reconozcamos que
por el hecho de haber nacido en el seno de una familia inmigrante
uno no hereda esa condición, y menos la porta genéticamente.
¿Podrán acceder a la ciudadanía social, o estarán
condenados como sus padres a ser tratados como “inmigrantes”?
¿Podrán transitar por caminos sociales y laborales
dignos, o por el contrario se verán empujados a la reproducción
de la precariedad laboral y existencial asignada a sus padres? El
problema no reside en “las bandas latinas”, en el hiyab
o similares. El problema está en el precario estatuto social
de los jóvenes hijos de inmigrantes, ese andar por la cuerda
floja que en cualquier momento puede propiciar la caída en
una existencia sin porvenir.
Andrés
Pedreño es Profesor Titular de Sociología de la UMU
y miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
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