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INMIGRACIÓN |
(La Verdad, 13-7-08)
Sostiene
el Delegado del Gobierno sentirse "indignado" por "la
actitud de algunos agentes" en la redada policial del pasado
viernes 27 de junio en Torre Pacheco, la cual es calificada como
un "control rutinario" de inmigrantes indocumentados.
¿De qué naturaleza
puede estar hecha la indignación de un Delegado del Gobierno?
La misma parece focalizarse en la fotografía de portada del
periódico La Verdad del sábado, en la que un aguerrido
policía municipal agarra violentamente del cuello a un inmigrante.
Ciertamente no es muy grato comprar el periódico el sábado
en la mañana camino de la playa, y encontrarse con esa fotografía.
Y sin embargo esa "actitud de algún agente" es
lo que menos importa en este episodio.
Lo realmente indignante no
reside en lo que parece indignar al Delegado del Gobierno: el comportamiento
desviado de algunos agentes. Es precisamente lo que denomina "control
rutinario" donde ha de situarse la profunda indignidad de la
orden dada por el Delegado del Gobierno para que ese día
más de cien agentes policiales tomaran el centro de Torre
Pacheco y se pusieran a la búsqueda de inmigrantes indocumentados.
Es el hecho en sí de la redada lo más preocupante.
Las imágenes fotográficas del "control rutinario"
expresan la racionalidad organizativa y minuciosidad de la planificada
redada policial:
1. Distribución en
el centro urbano de Torre Pacheco de más cien agentes policiales,
todos ellos posicionados en puntos desde los cuales desplazarse
según un plan de movilidad perfectamente coordinado en
función de los lugares donde habitan los inmigrantes (lo
cual muestra un conocimiento detallado de la vida cotidiana de
la gente inmigrante en la localidad);
2. Localización de
los inmigrantes potencialmente retenibles y procedimiento para
la organización de la "identificación"
de los mismos. Centenares de inmigrantes son trasladados y concentrados
en tres plazas, la mayoría de ellos de procedencia africana
(lo que evidencia que la orden del Delegado del Gobierno estaba
modelada con criterios étnicos), todos dispuestos en fila,
mientras que un funcionario policial les solicita la documentación
y comprueba si su residencia en España está "en
regla". Finalmente, son detenidas 58 personas que no han
cometido delito alguno, pero que quedan inevitablemente "criminalizadas"
por el dispositivo de la redada.
La fotografía aparecida
en los medios de comunicación de esta fila cuantiosa de africanos
vigilada por agentes de policía, mientras que otro funcionario
les supervisa la documentación de forma civilizada, racional
y sistemática; expresa el lado frío de la almohada
sobre la que dormita el Delegado del Gobierno. Una racionalidad
de poder en la que el imperativo kantiano de la dignidad tiene una
acogida problemática. Más preocupante es aún,
por la irresponsabilidad que denota, el que nuestro Delegado del
Gobierno diga que si hubiera conocido con detalle el operativo policial
no lo hubiera autorizado, ya que se quedó sorprendido de
su "magnitud y dimensión".
Al Delegado del Gobierno le
preocupa "la actitud de algunos agentes". ¡No fueron
buenos profesionales!, parece querer decirnos. Sin embargo, las
actitudes poco profesionales de la redada son la anécdota,
y lo que menos importa. Lo realmente importante es la profesionalidad
con la que se llevó a cabo, y sobre todo lo que expresa en
términos políticos. Varios son los efectos prácticos
buscados con esta redada-cacería de inmigrantes indocumentados:
Por un lado, un efecto demostración,
a través del cual el gobierno quiere demostrar a sus socios
europeos que puede y quiere mostrarse tan contundente con la inmigración
indocumentada, como sus socios europeos. Demostrar que es un gobierno
a la altura de la recientemente aprobada Directiva de Retorno de
Inmigrantes (Directiva de la vergüenza), y merecedor de la
credibilidad de un Sarkozy (y de un Berlusconi) para alcanzar un
pacto sobre inmigración de cara a la Cumbre europea del próximo
mes de octubre. Un efecto demostración también a nivel
interno, de cara al electorado más derechista y al Partido
Popular, a quiénes se manda el mensaje de la contundencia
con la que se quiere aplicar la dura medicina contra la inmigración
indocumentada, esos residuos humanos para los que se busca un vertedero,
y cuya gestión es muy rentable electoralmente.
Por otro lado, un efecto de
escarmiento dirigido al colectivo de inmigrantes que más
le toca al Estado las partes más íntimas de su anatomía,
esto es, las fronteras. La redada tenía claramente un objeto
de amedrantamiento del colectivo africano, y particularmente marroquí.
A pesar de que son cuantitativamente los menos numerosos dentro
de la inmigración indocumentada residente en España,
sin embargo, dada la fuerza simbólica de su trasgresión
de la línea fronteriza a través de pateras, cayucos
o saltos de la verja de Melilla-Ceuta, son los más hostiles
para aquéllos que consideran que lo más sagrado e
intocable que tiene el Estado es la institución de la frontera.
¿Puede un delegado del
gobierno indignarse, llorar e incluso soñar con que otro
mundo es posible? Inevitablemente, la respuesta es negativa.
Andrés
Pedreño es Profesor Titular de Sociología de la UMU
y miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
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