 |
INMIGRACIÓN |
(La Opinión, 11-10-08)
Si
vamos recomponiendo como las piezas de un puzzle el conjunto de
las medidas legislativas de los diferentes estados europeos, junto
con las propias directivas comunitarias como la aprobada en junio
de retorno de la inmigración irregular, y sin perder de vista
el endurecimiento de las prácticas y medidas de control securitario
(tanto a nivel interno como redadas policiales, como a nivel externo
de cerrojo a las fronteras), hemos de convenir que en el diagnóstico
que se está haciendo de la actual crisis global y estructural,
un principio de realidad se impone: junto a las medidas de emergencia
para salvar bancos y empresas contaminadas por la locura del casino
financiero del neoliberalismo de estas décadas atrás,
se suceden medidas de excepción destinadas a la gestión
de una población, los y las migrantes transnacionales, a
la que se considera problemática y problematizante en la
actual coyuntura social y económica.
Las medidas tradicionales de gestión de lo social en el recetario
neoliberal de apostar por una mayor flexibilidad y precariedad salarial
se muestran inservibles como respuesta a la actual crisis. Es imposible
precarizar y abaratar más el precio de la fuerza de trabajo
(un informe reciente del Fondo Monetario Internacional muestra a
las claras cómo los asalariados europeos llevan más
de dos décadas perdiendo poder adquisitivo en sus salarios,
y dado que no ha habido protestas laborales significativas, ello
indica que este retroceso laboral ha ido acompañado de un
exitoso proceso de disciplinamiento social de los asalariados).
La vía de la precariedad está agotada por saturación.
Se están poniendo en práctica nuevas vías de
gestión de las poblaciones en relación al eslabón
más frágil y vulnerable –los y las inmigrantes-
a las que se convierte en seres humanos desechables, o en “vidas
desperdiciadas” por decirlo con el título de un libro
reciente del siempre interesante Zygmunt Bauman.
Esta conversión del cuerpo inmigrante en cuerpo desechable
muestra a las claras la perversión de una política
migratoria que ha venido sosteniéndose todos estos años
sobre el principio de utilidad. Mientras (de)muestres tú
utilidad (en el mercado de trabajo) serás amigo, cuando la
misma se ponga en cuestión, devendrás desechable o
directamente enemigo. Por ello justamente el libro que hemos coordinado
bajo el título Pasajes de La Murcia Inmigrante, editado por
el Foro Ciudadano de la Región de Murcia, comienza con una
vieja cita del filósofo alemán Inmanuel Kant fechada
en el año 1785: “En el reino de los fines todo tiene
o un precio o una dignidad. Lo que tiene un precio puede ser sustituido
por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo
precio, y por tanto no admite equivalente alguno, eso tiene una
dignidad”. Y es que conviene seguir recordando el valor y
el imperativo de la dignidad en estos tiempos donde la cuestión
inmigrante en la vieja Europa se enfoca desde la óptica del
amigos-enemigos. Podemos afirmarlo con todo el respaldo de una tradición
intelectual europea crítica y radicalmente democrática:
no hay nada más contrario al imperativo de la dignidad que
esa conversión utilitarista del cuerpo inmigrante a valor
precio, esto es, a fuerza de trabajo.
El fenómeno migratorio tiene hoy una presencia indiscutible
en la tierra murciana. No es una realidad ni transitoria ni periférica.
Nuevos vecindarios, nuevas configuraciones familiares y la emergencia
de espacios sociales transnacionales evidencian las huellas profundas
que las diferentes ondas de migración internacional han dejado
en el espacio regional. La migración ha transformado la estructura
social murciana, y ha remodelado la composición social de
la población asalariada, convirtiéndose en un sujeto
productivo indispensable en una serie de sectores económicos
que han fundamentado sus ganancias de productividad en la explotación
de una fuerza de trabajo disponible y vulnerable.
Sujetos productivos que han tenido una centralidad en esta década
de crecimiento regional, y que sin embargo, están siendo
los primeros en experimentar los efectos del desempleo y de los
despidos inducidos por la crisis de un modelo económico regional
(sustentado sobre la hiperespecialización en la construcción
inmobiliaria y en la mano de obra barata) que muestra síntomas
muy claros de agotamiento. El discurso de los gobernantes se mueve
entre la alarma pública por el incremento del desempleo inmigrante
y su normalización en cuanto efecto propio de la condición
inmigrante:
Por un lado, el discurso de la alarma por el crecimiento del desempleo
inmigrante: “La alcaldesa de Cartagena, Pilar Barreiro,
expresó hoy, en la inauguración del noveno congreso
anual de la patronal COEC, su "preocupación" por
el incremento del desempleo entre la población inmigrante
de la región, "que ha crecido un 83 por ciento en un
año", apuntó (Diario La Verdad, 14/II/2008).
Este discurso de alarma sustenta las medidas que se están
poniendo encima de la mesa en los últimos meses en los países
comunitarios: repatriaciones, cierres sociales, intensificación
de los controles de frontera y del internamiento en centros especiales,
criminalización de la inmigración indocumentada, incentivos
al retorno más o menos voluntario, etc. En este momento de
crisis en el cual los inmigrantes reducen su utilidad para las necesidades
de los mercados laborales, se tornan desechables e inclusive “peligrosos”
para el orden público, por lo que frente a ellos se endurecen
los trazados de fronteras excluyentes y discriminatorios, en detrimento
de sus derechos humanos.
Por otro lado, el discurso de la normalización del desempleo
inmigrante, el cual es complementario del anterior. Está
dentro de la normalidad de la condición inmigrante el que
en una coyuntura recesiva sean los primeros en padecer el desempleo
(mejor “ellos” que “nosotros”). "Es
normal en épocas de recesión que la sufran sobre todo
los colectivos más débiles" decía el consejero
de Política Social Joaquín Bascuñana en el
mismo congreso anual de la patronal cartagenera COEC (Diario La
Verdad, 14/II/2008), omitiendo que esta normalidad está
social y políticamente constituida desde el momento en el
cual la norma de trabajo de los trabajadores inmigrantes se ha edificado
sobre la precariedad y la economía informal. La vulnerabilidad
de la condición inmigrante es un caminar por la cuerda floja,
con el riesgo de caída siempre presente. La normalidad inherente
a la condición inmigrante implica la posibilidad permanentemente
actualizada de la conversión de un trabajador útil
en un trabajador desechable, supernumerario, innecesario, carente
de uso.
Así, aparecen inmigrantes equiparables a lo que antaño
fueron los vagabundos, aquéllas figuras que por no tener
un lugar en el mundo socialmente reconocido, se veían impelidos
a vagar por el mundo en busca de un destino. En las viejas sociedades
pre-industriales, el vagabundo despertaba todo tipo de alarmas y
miedos, y contra ellos se practicaron medidas de encierro excepcional,
deportaciones y políticas de criminalización (Castel,
1999). Hoy también, por decirlo a la manera de Zygmunt Bauman,
ha de funcionar la sofisticada industria de eliminación de
los humanos residuales...
Andrés Pedreño,
Profesor Titular de Sociología de la Universidad de Murcia
y miembro del Foro Ciudadano.
(*) Pasajes de la Murcia inmigrante es el título del
libro coordinado por los profesores Andrés Pedreño
y Francisco Torres que acaba de ser editado por el Foro Ciudadano
|