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JÓVENES |
( La Opinión - 17-11-2007 )
Cuando los fuegos artificiales
del éxito y del poder reverberan en los cielos políticos
de nuestra Región, ¿dónde está la vanguardia
del progreso murciano?; en estos tiempos de bonanza económica,
¿dónde están sus beneficiarios? Más
en concreto, y dentro de este contexto de triunfo al que todos parecemos
aupados, ¿dónde estamos los jóvenes murcianos?
Desde luego, no nos encontraréis en la cresta de la ola.
De toda la vida se nos ha calificado como ese divino tesoro que
encarna el entusiasmo, la crítica, la ambición y el
optimismo; en resumen, encarnamos vitalidad en estado puro. De hecho,
decía Ortega y Gasset que la historia cambia cada 15 años
porque nuestra juventud la renueva y la recrea a su gusto.
Hoy se preconiza que Murcia se ha modernizado, que está a
la altura del resto de España y que los jóvenes pertenecemos
a esa transformación. Pues bien, ¿Somos nosotros la
culminación de una transformación social superlativa?
Pues no lo sé, lo cierto es que los tiempos que corren se
caracterizan por la vida urbana y el ejercicio de la ciudadanía,
y que en modo alguno contribuyo a generar una cultura participativa
entre los jóvenes y mi ciudad. No tengo el menor interés
en constituirme como asociación para reivindicar ni promover
nada creativo, nada transformador.
Son pocos los motivos para ello, empezando porque en la ciudad de
Murcia hay un solo centro juvenil, Yesqueros, ya viejo y desvalido,
por lo que casi estoy condenado a desarrollar mi tiempo libre en
los otros 10 centros comerciales que hay en la ciudad, allí
donde se encuentran el ocio y la compra, la felicidad y el consumo.
Ahora han hecho un centro juvenil nuevo, La Nave, pero sólo
iré cuando mis padres me compren un coche. Vivo y viviré
al calor de la placenta materna hasta que pueda, normalmente hasta
los 30, momento en que me hipotecaré de por vida junto a
mi novia. No me pidan más, pues ustedes, nuestros padres,
la clase política y los medios de comunicación nos
habéis enseñado a creer en la sociedad de la seguridad
y el bienestar. En ella siempre habrá un padre de quien depender
económicamente; en su caso, de entre todos los políticos
corruptos siempre habrá alguno que se preocupe de sacarnos
las castañas del fuego. Ya ven, no somos la juventud francesa.
Vivimos protegidos por esa sociedad paternal y devoradora. Nos veréis
sonrientes por las calles porque podemos participar de esta nueva
democracia del consumo, llena de pequeños vicios, imágenes
y espectáculo. De hecho, sólo salimos los sábados
a las tascas y los domingos que abre El Corte Inglés o que
juega el Real Murcia. Los que estudiamos solemos asistir el resto
de los días a la universidad, donde nos limitamos a recibir
los conocimientos que nos dicta el profesor y a charlar en la cantina.
No hay nada más que hacer, ni reivindicar, ni defender. Sólo
nos interesa las fiestas universitarias.
Las calles de mi ciudad son limpias, asépticas y funcionales.
A veces nos gustaría transformarlas mediante algún
tipo de improvisación artística, llenándolas
de sonrisas y color, pero no tenemos ganas. Sólo lo haríamos
si el ayuntamiento nos organiza. De hecho, no estamos en absoluto
informados de lo que ocurre en el ayuntamiento. Los pocos que nos
hemos preocupado por ello nos confinamos al ámbito en el
que estamos educados: la resignación. Sólo unos pocos
conservan el ánimo. A veces destinamos nuestras conversaciones
a la crítica de la decadente vida política y social,
pero siempre acaban esfumándose entre bocanadas de marihuana
y sorbos de cerveza fresca.
No me importa si estas actitudes son dignas de progreso o no. Miro
mi ciudad y veo que las aceras están nuevas e iluminadas,
que comienzan a proliferar los edificios de altura, que ya tenemos
un tranvía sin destino y un carril bici de 200 metros de
longitud. Algunos achacan estas conquistas al progreso. De lo que
sí estamos seguros es que nuestros bolsillos no llegan a
fin de mes. No somos ni siquiera mil euristas, acceder a la vivienda
nos cuesta el 60% de nuestro salario y más de la mitad de
nosotros no tenemos más que contratos temporales, como ocurre
en Ceuta y Melilla. Allí incluyo hasta a los universitarios
licenciados, aunque la mayoría de nosotros abandonamos nuestros
estudios de ESO para trabajar.
Es ahí donde estamos las y los jóvenes de Murcia.
Somos una juventud en precario, hipotecada, apática y dócil.
Juventud quieta, juventud predecible, juventud indolente. En cierto
modo, somos jóvenes envejecidos prematuramente, en su mayoría
ajenos a la vitalidad ciudadana que bulle por las arterias urbanas
europeas. Nos han anestesiado con esa vaga idea de progreso que
convenció a nuestros padres; una idea normalmente reducida
a términos de cálculo económico y que, a vista
de los datos, se deshace como un castillo de naipes. Es por ello
que no podemos hacer nuestra la frase de Ortega, a no ser que la
historia la transformen las administraciones públicas, los
bancos, las inmobiliarias, los bares y los centros comerciales.
Nosotros no, desde luego.
Es por ello que pedimos a los
políticos que no nos incluyan en esa supuesta vanguardia
del progreso que tanto preconizan, pues no estamos allí.
No nos intenten convencer de que estamos en la bonanza económica,
porque no es así, al igual que tampoco estamos decididamente
en los debates políticos, en las ONGs, en las asociaciones
de jóvenes, en los espectáculos callejeros, en los
parques, en las rutas senderistas, en las bibliotecas, en los museos,
en las manifestaciones, en los grupos ecologistas...
No estamos…
Alejandro M. Lax
Miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
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