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MUJERES |
(EL PAÍS - Opinión - 15-03-2006)
He
llamado a un buen amigo mío que es judío y le he preguntado
si le parecía apropiado que emplease el término Holocausto
para calificar la violencia que se ejerce contra las mujeres en
todo el mundo. Al principio se sorprendió. Pero cuando le
leí las cifras de un informe publicado por el Centro para
el Control Democrático de las Fuerzas Armadas en marzo de
2004, asintió sin dudarlo.
Existen en todo el mundo entre 113 y 200 millones
de mujeres demográficamente desaparecidas. Cada año,
entre 1,5 y 3 millones de mujeres y niñas pierden la vida
como consecuencia de la violencia o el abandono por razón
de su sexo. Como decía The Economist del pasado 24 de noviembre,
"cada periodo de dos a cuatro años, el mundo aparta
la vista de un recuento de víctimas equiparable al Holocausto
de Hitler".
¿Cómo es posible que ocurra algo
así? He aquí algunas de las razones.
- En los países donde el nacimiento de
un varón se considera un regalo y el de una niña una
maldición, se recurre al aborto y el infanticidio selectivos
para eliminar a las niñas.
- Las niñas mueren de forma desproporcionada
por abandono, porque los alimentos y la asistencia médica
se destinan antes a sus hermanos, padres, maridos e hijos.
- En los países en los que se considera
a las mujeres propiedad de los hombres, los padres, hermanos y maridos
las asesinan por atreverse a escoger sus propias parejas. Son los
llamados asesinatos "de honor", aunque el honor tiene
poco que ver en el asunto. A las novias jóvenes cuyos padres
no pagan dinero suficiente a los hombres que se han casado con ellas
se las mata; son las llamadas "muertes por dote", pero
no son muertes; son asesinatos.
- El brutal tráfico sexual internacional
de chicas jóvenes mata a un número incalculable de
mujeres.
- La violencia doméstica causa la muerte
de un gran número de mujeres en todos los países del
mundo. Las mujeres entre 15 y 44 años tienen más probabilidades
de ser asesinadas o heridas por sus parientes masculinos que de
morir debido al cáncer, la malaria, los accidentes de tráfico
o la guerra, todos juntos.
- Se concede tan poco valor a la salud femenina
que, cada año, aproximadamente 600.000 mujeres mueren al
dar a la luz. Como destacaba The Economist, esa cifra equivale a
un genocidio como el de Ruanda cada 12 meses.
- Cada día, 6.000 niñas sufren
la mutilación genital, según Naciones Unidas. Muchas
mueren. Otras sufren dolores atroces durante el resto de su vida.
- Según la Organización Mundial
de la Salud, una de cada cinco mujeres tiene probabilidades de ser
víctima de una violación o un intento de violación
a lo largo de su vida.
El genocidio consiste en el exterminio deliberado
de un gran número de personas. Y esto es genocidio. No son
unos asesinatos silenciosos; todas las víctimas proclaman
a gritos su sufrimiento. Y no es que el mundo no oiga esos gritos;
es que nosotros, los demás seres humanos, preferimos no prestar
atención.
Resulta mucho más cómodo ignorar
estas cuestiones, sobre todo cuando se trata de problemas tan extendidos
y -para muchos lectores de periódicos- tan lejanos. Con frecuencia
lo hacen las propias mujeres. Traicionamos a nuestras congéneres.
Muchas veces somos las primeras en apartar la vista. O incluso participamos,
al favorecer a nuestros hijos y descuidar el cuidado de nuestras
hijas. Contemplamos con recelo a otras que tienen el valor de intentar
denunciar la dura realidad a la que se enfrentan las mujeres en
todo el mundo.
Examinemos de nuevo la lista. Todas las cifras
son cálculos aproximados. Casi nunca hay cifras exactas en
este terreno; documentar la violencia contra las mujeres no es una
prioridad en la mayoría de los países. ¿Cuántos
tribunales se han creado para juzgar a quienes cometen estos crímenes?
¿Cuántas comisiones de la Verdad y la Reconciliación
se han instituido? ¿Cuántos monumentos nos recuerdan
que debemos llorar la muerte de estas víctimas? ¿Acaso
las mujeres son bienes desechables, no del todo personas?
Mientras, puedo oír las excusas habituales.
"En realidad, no sabemos si es una aniquilación sistemática".
"Es su religión, y a muchas mujeres no parece queles
preocupe pertenecer a esa religión". "No se puede
atacar la cultura de la gente". "Es una desgracia para
las víctimas, pero, en tiempos de guerra y pobreza, la gente
muere".
Pero el mundo no está volviéndose
más violento; al menos, no para los hombres. Como destaca
The Economist del 24 de noviembre, el mundo está volviéndose
palpablemente más pacífico. El número de guerras
entre países y guerras civiles en el mundo disminuyó
en un 40% entre 1992 y 2003. Los conflictos más mortíferos
-los que se cobran más de 1.000 vidas- se redujeron en un
80%. Entre 1991 y 2004 se iniciaron o reiniciaron 28 conflictos
armados, pero se contuvieron o apagaron 43, según la citada
publicación.
Y la pobreza tampoco tiene mucho que ver. Los
países ricos también persiguen a las mujeres. En Arabia
Saudí, las mujeres no pueden votar; no pueden salir de su
barrio o su país sin permiso del padre o el marido; no pueden
trabajar, ni escoger a su esposo, si no lo autoriza su guardián.
En el mejor de los casos, equivalen a animales de compañía,
y en el peor, son esclavas domésticas; pero nunca son iguales.
Y, sin embargo, a nadie se le ocurre decir que Arabia Saudí
es pobre, salvo en términos culturales.
Nos enfrentamos a tres grandes retos.
En primer lugar, las mujeres no estamos organizadas
ni unidas. Las mujeres de los países ricos, que disfrutamos
de la igualdad bajo la ley, tenemos la obligación de movilizar
a nuestras hermanas. Nuestra indignación y nuestras presiones
políticas son las únicas armas que pueden promover
el cambio.
Luego están las fuerzas del oscurantismo.
Los islamistas están empeñados en revivir y extender
una serie de leyes brutales y retrógradas. En los países
en los que imponen la ley coránica de la sharia, a las mujeres
se les expulsa del ámbito público, se les niega la
educación y se les obliga a pasar toda su vida como esclavas
domésticas. La lucha para combatir el islamismo es una lucha
para salvar a las mujeres en cuerpo y mente.
En tercer lugar, los relativistas culturales
y morales socavan nuestro sentimiento de indignación moral
cuando defienden la idea de que los derechos humanos son una invención
occidental. Los hombres que maltratan a las mujeres hacen uso casi
constante del vocabulario que amablemente les proporcionan esos
relativistas al reivindicar el derecho a regirse por un sistema
de valores distinto -"asiático", "africano"
o "islámico"- en relación con los derechos
humanos. De acuerdo con este punto de vista, cuando los maridos,
los padres y los hermanos pretenden que las mujeres somos posesiones
suyas, están expresando su cultura o su religión,
y hay que respetarles.
Tenemos que luchar para cambiar esa mentalidad.
Una cultura que corta los genitales de las niñas, daña
sus mentes y justifica su opresión física no es equiparable
a una cultura que considera que las mujeres tienen los mismos derechos
que los hombres.
El 8 de marzo fue el Día de la Mujer.
En ese día, todos los años, celebramos nuestros triunfos
y condenamos nuestro sufrimiento. Pero un día no es suficiente.
Necesitamos más de un día, más de un año,
más de un decenio. Necesitaríamos todo un siglo para
luchar contra el generocidio.
Ni siquiera cuando buscan sinceramente la paz
se dan cuenta los hombres que nos gobiernan -porque, en su abrumadora
mayoría, son hombres- de que, mientras exista la guerra contra
las mujeres, la humanidad no tendrá nunca paz. Si se nos
niega la educación, transmitiremos nuestra ignorancia a nuestros
hijos. El abandono de las mujeres perjudica a la sociedad entera.
Cuando nos violan concebimos en medio de la
humillación, y transmitimos nuestra rabia a nuestros hijos.
Si no nos quieren, tampoco nosotras podemos querer; y si no nos
cuidan, también nosotras descuidamos. Las mujeres tratadas
con crueldad engendran mercenarios y opresores. Si nos destruyen,
destruimos. Ante este horror, me siento tan impotente como cualquiera,
pero sé que, para acabar con él, vamos a necesitar
mucha más energía y vamos a tener que centrarnos.
Hay tres primeros pasos que podrían dar los dirigentes mundiales
para empezar a erradicar el asesinato en masa de las mujeres.
- Que un tribunal de justicia como el de La
Haya busque a los 113-200 millones de mujeres y niñas desaparecidas.
Transformar las cifras en rostros y nombres contribuirá enormemente
a erradicar la violencia.
- Es urgente un serio esfuerzo internacional
para documentar con exactitud la violencia contra las mujeres y
las niñas, país por país, y denunciar la realidad
de sus intolerables sufrimientos. En los dos últimos siglos,
los occidentales han cambiado gradualmente la forma de tratar a
las mujeres. Como consecuencia, Occidente disfruta de más
paz y progreso. Confío en que el Tercer Mundo emprenda ese
mismo esfuerzo en este siglo que comenzamos. Igual que acabamos
con la esclavitud, debemos acabar con el generocidio.
- Por último, necesitamos una campaña
mundial contra las culturas que permiten este tipo de crímenes.
Las culturas que defienden la eliminación física de
las niñas recién nacidas, que no las alimentan ni
las cuidan, que niegan a las mujeres el derecho a gobernar su propio
cuerpo y no las protegen de ninguna forma contra los peores maltratos
físicos, todas esas culturas deben reformarse. No son miembros
respetables de la comunidad de naciones. Hay que nombrarlas y cubrirlas
de vergüenza.
Ayaan Hirsi Alí es diputada holandesa y autora
del libro Yo acuso.
Este texto es el discurso que pronunció en Alemania el Día
de la Mujer.
Traducción de María Luisa
Rodríguez Tapia.
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