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MUJERES |
(La Opinión, 25-11-2007)
¿Recuerdan
ustedes esos espléndidos cuadros renacentistas sobre el rapto?
Figuras contorsionadas, los pies apenas rozando el suelo, mientras
los brazos y las manos se alzan hacia el raptor en un gesto ambivalente
que bien pudiera ser tanto de rechazo como de súplica. El
rapto de las hijas de Leucipo de Rubens, o el Zeus, en forma de
Toro, secuestrando a la robusta Europa.
Las mujeres, desnudas siempre en los cuadros, son raptadas, arrebatadas
de sus lugares de procedencia y conducidas por los dioses o por
los hombres hacia un destino que nunca han elegido. Y, sin embargo,
la mujer así representada parece ofrecerse a su captor gustosamente,
conforme con esa substracción de su voluntad que el rapto
implica. Las mujeres de los cuadros, voluptuosas y deseables, apenas
se resisten al deseo de esos hombres vigorosos y resueltos, sino
que se brindan al antojo de ellos, inmolan su independencia -¿quién
sabe si, incluso, con cierto agrado?- a la de sus raptores.
El rapto es,
a mi juicio, la metáfora, plástica y simbólica
que mejor expresa la violencia ejercida por la dominación
masculina hacia las mujeres. Y lo es porque la violencia simbólica,
con la que, en palabras de Bourdieu, el patriarcado ha modelado
los cuerpos y los cerebros de la mujer, ha logrado que el rapto
se inscriba en nuestro inconsciente, que se instale en él,
que nos colonice y se apropie de nuestros sueños a través
de las múltiples figuras de la sumisión, naturalizando
así una condición que es, sin embargo, sólo
cultural e histórica.
La sumisión de la mujer, denunciada ya por Stuart Mill como
una lacra social hace casi ciento cincuenta años, es la donación
que la mujer hace a los hombres de algunos de sus atributos como
sujeto, esto es, como protagonista de su propia vida.
Ante todo, la sumisión comporta un rapto de nuestros deseos,
una muerte psíquica de nuestra voluntad. La educación
patriarcal nos expropia de nuestro interior, y allí, en el
lugar donde debería estar la identificación de lo
que nosotras queremos, el patriarcado coloca un deseo único
que suplanta a los propios y los aniquila: el imperioso anhelo de
ser objetos del deseo de los hombres.
Desde esta perspectiva, la violencia doméstica es sólo
un exponente más de la violencia que las mujeres sufren en
un sistema patriarcal que las mutila, las amolda, las acomoda para
que satisfagan dos necesidades prioritarias de los hombres:
- Gozar de un amor incondicional
y para siempre.
- Obtener una satisfacción sexual, siempre disponible,
mediante el uso del cuerpo de la mujer.
Una necesidad y otra son satisfechas
mediante el ejercicio de un poder que se muestra en sutiles coacciones
afectivas y sexuales en el interior de la pareja (¿acaso
no son los celos una muestra indiscutible de amor?, nos enseña
a aceptar el patriarcado), y termina, en el otro extremo del continuo
en el que nos ubicamos, con los malos tratos y la esclavitud sexual
de cientos de mujeres inmigrantes.
Sin embargo, aunque no sea políticamente correcto denunciarlo,
las mujeres hemos de abrir los ojos, desvelar la complicidad que
nosotras mismas establecemos con una dominación masculina
que nos incita a adoptar sumisamente modelos ajenos, a asumir identidades
que nos invitan a abandonar lo que aún podría ser
una fructífera diferencia, en pro de la asimilación
de unos valores masculinos adoptados e impuestos por un capitalismo
cada día más cruel, del que emergen sujetos, podríamos
calificar de cada vez más masculinos, en el peor sentido
de la palabra.
La masculinización de nuestras adolescentes no es más
que un síntoma del rechazo que las mujeres, en pro de una
liberación de los valores de género convencionales
transmitidos por nuestras madres, estamos haciendo para adaptarnos
a un mundo en constante cambio.
De ahí nuestra confusión, de ahí que la pregunta
sobre ¿qué quieren las mujeres?, siga aún hoy
sin ser respondida por nosotras mismas, porque, para quienes han
avanzado en la lucha por liberarse de ese rapto de la subjetividad,
por desprenderse de los mandatos que la violencia simbólica
inscribió en nuestros cuerpos como una ley marcada a fuego,
el deseo de las mujeres ha tomado de nuevo como modelo al deseo
masculino, más acorde con las condiciones necesarias para
que el sistema poscapitalista y posmoderno de organización
social que nos rige funcione a pleno rendimiento. Y para aquellas
que aún siguen secuestradas, la esperanza de cualquier cambio
es todavía lejana.
En el Día Internacional contra la Violencia hacia las mujeres
cabe reflexionar sobre los sutiles mecanismos que la sustentan,
sobre la necesidad de repensar nuestras identidades, de deconstruir
un sistema de gestión social que conduce a un abandono de
la afectividad, del cuidado, a un egoísmo líquido,
podríamos decir, que rompe con los lazos sociales de todo
tipo y antepone el trabajo, la intolerancia, la lucha por el poder,
a ideales más altruistas y solidarios que podrían
haber sido -¿podrán serlo aún?- la aportación
de las mujeres a una sociedad que hace esfuerzos, siempre insuficientes,
por incluirlas.
Cuando una mujer muere a manos de su marido las mujeres sufrimos
en nuestro cuerpo una herida, un orificio por el que debe surgir
nuestra indignación, pero también nuestra reflexión
y nuestro pensamiento, y deberemos hacerlo con una voz propia, creativa,
inventada, un idioma nuevo que no tema interrogar a la organización
social en sus bases aparentemente más sólidas e inamovibles.
Lola López Mondéjar
Miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
Este texto fue leído en el curso de la concentración
que, con motivo del Día Internacional
contra la Violencia hacia las mujeres, tuvo lugar el día
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