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POLÍTICAS SOCIALES |
(EL
PAÍS - Opinión - 27-11-2005)
Las
lentes conceptuales para comprender la nación están
cambiando. No basta con limitarse a Francia para localizar las causas
de la quema de los suburbios franceses, ni sirven los conceptos
en principio incuestionables de "desempleo", "pobreza"
y "jóvenes inmigrantes". De hecho, se está
produciendo un nuevo tipo de conflicto del siglo XXI. La pregunta
clave es la siguiente: ¿qué ocurre con los que quedan
excluidos del maravilloso nuevo mundo de la globalización?
La globalización económica ha
llevado a una división del planeta que ha quebrado las fronteras
nacionales, con lo que han aparecido centros muy industrializados
de crecimiento acelerado al lado de desiertos improductivos, y éstos
no están sólo "ahí fuera" en África,
sino también en Nueva York, París, Roma, Madrid y
Berlín. África está en todas partes. Se ha
convertido en un símbolo de la exclusión. Hay un África
real y muchas otras metafóricas en Asia y en Suramérica,
pero también en las metrópolis europeas donde las
desigualdades del planeta en su tendencia globalizada y local van
dejando su impronta tan particular. Y las definiciones de "pobre"
y "rico", que parecían eternas, se están
transformando.
Los ricos de antes necesitaban a los pobres
para convertirse en ricos. Los nuevos ricos de la globalización
ya no necesitan a los pobres. Por eso los jóvenes franceses
son inmigrantes africanos y árabes que soportan, además
de la pobreza y del desempleo, una vida sin horizontes en los suburbios
de las grandes metrópolis. Porque las nociones de "pobreza"
y de "desempleo", tal como nosotros las entendemos, proceden
de las tensiones de poder de la sociedad de clases propia de un
Estado nacional. Es de suponer que, para grupos cada vez más
extensos de la población a lo ancho del planeta, es cada
vez menos válido que la pobreza es una consecuencia de la
explotación y que en este sentido ésta sea útil
-la pobreza de unos crea la riqueza de otros-. Esta premisa histórica
se ha roto.
A la sombra de la globalización económica,
cada vez más personas se encuentran en una situación
de desesperación sin salida cuya característica principal
es -y esto corta la respiración- que sencillamente ya no
son necesarios. Ya no forman un "ejército en la reserva"
(tal como los denominaba Marx) que presiona sobre el precio de la
fuerza de trabajo humano. La economía también crece
sin su contribución. Los gobernantes también son elegidos
sin sus votos. Los jóvenes "superfluos" son ciudadanos
sobre el papel, pero en realidad son no-ciudadanos y por ello una
acusación viviente a todos los demás. También
quedan fuera del mundo de las reivindicaciones de los trabajadores.
¿Qué son para la sociedad? "¡Un factor
de gastos!". La "poca utilidad" que les queda es
que se mueven por el odio y una violencia sin sentido; al final
incluso provocan destrozos, y con este drama real que asusta a los
ciudadanos ofrecen a los movimientos y políticos de derechas
la posibilidad de destacarse.
En Alemania, pero también en muchos otros
países, se cree de manera realmente obsesiva que hay que
buscar las causas que llevan a los jóvenes inmigrantes alborotadores
a la violencia en las tradiciones culturales de origen de estos
inmigrantes y en su religión. Los estudios empíricos
sobre esta cuestión, realizados por excelentes sociólogos,
demuestran lo contrario: no se trata de los inmigrantes que no se
han integrado, sino de los que sí lo han hecho. Mejor dicho:
hay una contradicción entre la asimilación cultural
y la marginación social de estos jóvenes, que alimenta
su odio y su predisposición a la violencia. Pues no se trata
precisamente de inmigrantes anclados en su cultura de origen, sino
de jóvenes con pasaporte francés, que hablan perfectamente
el francés y que han pasado por el sistema escolar francés,
pero a los que, al mismo tiempo, la sociedad francesa de la igualdad
los ha marginado en auténticos guetos "superfluos"
en la periferia de las grandes ciudades. Los deseos y las opiniones
de estos jóvenes asimilados cuyos padres eran inmigrantes,
apenas se distinguen de los de los grupos de la misma edad de sus
países de origen. Al contrario: están bastante cerca
de ellos, y precisamente por ello se aprecia el racismo que hay
en la marginación de estos grupos de jóvenes heterogéneos
tan terriblemente agrios y, por lo demás, tan escandalosos.
Se puede formular con una paradoja: una escasa
integración de la generación de los padres desactiva
los problemas y los conflictos, y una buena integración de
la generación de los hijos los agrava. Los padres de los
jóvenes alborotadores, que emigraron del norte de África
y que siguen vinculados a su lugar de origen, compensan su integración
escasa y la discriminación abierta con el ascenso social
que, a pesar de todo, han vivido. Aceptan su condición de
marginados mejor que sus hijos, quienes han perdido el contacto
con el lugar de origen africano, y ahora, heridos en su dignidad
de franceses, están creando su propio folclore con una "Intifada
francesa". Esto explica que los jóvenes actores de la
revuelta de los suburbios se refieran a su situación en términos
de dignidad, derechos humanos y marginación. Pero de manera
sorprendente no se refieren en absoluto al trabajo, aunque no tengan.
Las élites de la economía y de
la política no desisten de la idea de pleno empleo. Por consiguiente,
les afecta un extraño daltonismo que les impide medir la
dimensión de la desesperación que se extiende en los
guetos superfluos, los cuales se ven aislados de una vida segura
y ordenada mediante un trabajo remunerado. Tanto los partidos de
la izquierda como los de la derecha, los nuevos y los viejos socialdemócratas,
los neoliberales y los nostálgicos del Estado social no quieren
admitir que en un contexto de aumento del desempleo hace tiempo
que el trabajo ha pasado de ser un "gran integrador" a
convertirse en un mecanismo de marginación. Evidentemente,
es falso afirmar que no hay suficiente para todo el mundo, pero
el trabajo que antaño creaba seguridades que se consideraban
adquiridas disminuye rápidamente, incluso detrás de
la fachada del pleno empleo. Por todas partes hay nuevas formas
de desempleo oculto. Algunos lo llaman '1euro job'; otros, 'formación',
y aun otros, 'hacerse autónomo'.
La verdadera miseria se manifiesta en el último
eslabón de la jerarquía de la formación: los
trabajos para jóvenes con un título educativo de bajo
nivel o sin título alguno se convierten en trabajos automatizados
o se ponen a salvo en países con sueldos más bajos.
Por eso, en toda Europa la escuela primaria amenaza con convertirse
en el muro del gueto, tras el que los grupos con un estatus más
bajo quedan atrapados en el desempleo permanente y la ayuda social.
La formación, que de manera previsible acaba siendo "superflua",
se convierte en foco de "violencia molecular" (Enzensberger)
que ya sólo persigue complacerse a sí misma. Pero
la política y la economía, influenciadas por la ortodoxia
del pleno empleo, se olvidan de la pregunta clave: ¿cómo
pueden las personas llevar una vida razonable si no encuentran un
empleo?
La intranquilidad que en toda Europa han causado
las llamas nocturnas de París se traduce en la siguiente
inquietud: ¿tenemos que contar con que a partir de ahora,
además del peligro de atentados terroristas, existirá
el peligro de incendios intencionados y que ello se convertirá
en una constante de la vida cotidiana y del debate político?
Nadie puede hoy responder a ello. Pero puede tener sentido contrastarlo
con la historia relativamente exitosa de Alemania. Aunque en la
monotonía del malestar alemán el multiculturalismo
se haya dado mil veces por muerto, existe en Alemania una extensa
clase media turco-alemana que crea puestos de trabajo. Aquí
el título escolar tampoco facilita ningún trabajo.
Pero los jóvenes que se ven afectados no son de color, no
viven apretujados en pisos lóbregos y son heterogéneos:
hijos de expatriados, turcos que se han criado en Alemania y jóvenes
alemanes sin trabajo cuya rabia se concentra contra todo lo "extranjero"
(también contra los hijos de expatriados y de turcos alemanes).
Por eso mismo no hay que cambiar las soluciones
políticas -quizá habría que introducir la "discriminación
positiva", así como la contratación selectiva
de profesores, policías, trabajadores sociales conocedores
de la inmigración-, porque en el fondo se trata de un conflicto
de reconocimiento cultural. Los conflictos de reconocimiento son
juegos de sumas positivas en los que todos pueden salir ganando,
distinto de los conflictos de reparto material, en el que uno sale
ganando cuando el otro pierde. Pero esto supone un cambio automático
de la propia imagen de la sociedad mayoritaria.
Ocurre lo contrario: que el racismo inocente
de los falsos conceptos es tan evidente que nadie se da cuenta de
él. Se habla de inmigrantes, pero nos olvidamos de que son
franceses. Se pone en el punto de mira al islam, pero se ignora
que a muchos de los incendiarios les importa un bledo la religión.
Se evoca la importancia del origen y no se quiere admitir que las
llamas surgen del haber nacido aquí, de la exitosa asimilación
y precisamente de la Égalité que han interiorizado.
Se trata de una sublevación airada
típicamente francesa contra la dignidad herida de los superfluos
y a favor del derecho a ser iguales y diferentes. Lo mínimo
para reconocerles sería que la superficie incendiada del
odio que amenaza con declararse en todo el mundo no se minimizara
rebajándola a la categoría de zombi. Pero esto ya
parece que es pedir demasiado.
. Ulrich
Beck es profesor de Sociología en la Universidad de Múnich.
Traducción de M. Sampons..
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