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POLÍTICAS SOCIALES |
(El País, 26-02-05)
Existe
una percepción de nuestra estructura social ampliamente extendida
en los medios de información y en las instituciones políticas
de nuestro país que asume que la mayoría de la población
española pertenece a la clase media. En apoyo de tal percepción
se presentan encuestas que muestran que la mayoría de los
españoles se autodefinen como pertenecientes a tal clase.
Tal percepción, sin embargo, es errónea. En realidad,
no sólo las clases sociales (burguesía, pequeña
burguesía, clase media y clase trabajadora) continúan
existiendo en España, sino que el análisis de su influencia
sobre el Estado español (tanto en el pasado como ahora) es
de una enorme importancia para entender nuestra realidad social,
incluyendo la polarización social de nuestro país.
Las encuestas que indican que la mayoría de nuestra ciudadanía
se autodefine como perteneciente a la clase media se basan en preguntarle
al ciudadano si se considera miembro de la clase alta, media o baja,
lo cual explica que la mayoría de la población escoja
definirse como clase media dadas las connotaciones peyorativas del
término "clase baja". Cuando a la ciudadanía,
sin embargo, se le pregunta su autodefinición utilizando
la terminología de clase social, la respuesta es muy distinta.
Según la última encuesta metropolitana de Barcelona,
por ejemplo, el 70% de la población de la región metropolitana
de Barcelona se considera clase trabajadora, término que
raramente aparece en los medios de información o en la narrativa
política en Cataluña, donde las clases sociales -a
pesar del silencio mediático y político- continúan
existiendo.
En realidad, la esperanza de vida (años promedio de vida
de una persona) de un burgués es, según el último
informe de la Agència de Salut Pública de Barcelona,
nada menos que 10 años más larga que la de un trabajador
no cualificado en paro (una de las mortalidades diferenciales por
clase social más elevadas de la UE-15), sin que ello haya
sido noticia en los establishments políticos o mediáticos
de Cataluña que, hasta hace un año, lo único
que parecía interesarles es que los certificados de defunción
estuvieran escritos en catalán. Tampoco ha sido noticia en
otras comunidades autónomas (CC AA) con mortalidades diferenciales
semejantes.
En España, el 30%-35% de la población
de renta superior del país (la burguesía, la pequeña
burguesía y las clases medias profesionales de renta alta)
tiene una enorme influencia en configurar la cultura mediática
y política del país, así como su sabiduría
convencional (incluyendo la reproducción de que somos un
país de clase media). La clase media de renta media baja
y la clase trabajadora, que representan aproximadamente el 60%-65%
de la población, constituyen los componentes más importantes
de las clases populares y su influencia en el Estado español
ha sido históricamente menor, explicando el escaso desarrollo
del Estado de bienestar en España. La dictadura franquista
-que fue también una dictadura de clase en contra sobre todo
de los intereses de las clases populares- se caracterizó
no sólo por ser enormemente represiva, sino también
por su escasa sensibilidad social.
Cuando el dictador murió, España tenía el gasto
público social más bajo de la UE. El periodo democrático
significó una etapa correctiva del déficit social
de España con el resto de la Europa occidental, y muy en
particular durante los años de Gobierno socialdemócrata
en los años ochenta y principios de los años noventa,
reduciéndose el déficit de gasto público social
(bien como porcentaje del PIB, bien como gasto per cápita)
con la Europa occidental hasta el año 1993. A partir de aquel
año el Gobierno socialdemócrata y los Gobiernos conservadores
posteriores dieron más prioridad a eliminar el déficit
del presupuesto del Estado que a continuar reduciendo el déficit
social de España con la UE-15. El deseado equilibrio presupuestario
se alcanzó al inicio de los años 2000 a costa de haber
aumentado considerablemente el déficit social de España
con la UE, de manera que tal déficit alcanzó en el
año 2003 la misma distancia (en términos de puntos
del PIB) que en el año 1975, cuando el dictador murió.
Esta deficiencia del gasto público social
ha ido mostrándose a través de varios hechos recientes.
El primero ha sido el déficit de gasto público sanitario,
que afecta a la mayoría de las CC AA y que responde al hecho
de que el gasto público sanitario español es menor
al que le correspondería por el nivel de desarrollo económico
que tenemos. España, cuyo nivel de desarrollo económico
es ya casi el 80% del promedio de la UE-15, tiene un gasto sanitario
público per cápita que es, según Eurostat,
sólo el 64% del promedio de la UE-15, gastándose alrededor
de 21.723 millones de euros menos en sanidad de lo que le correspondería
por su nivel de riqueza. Este déficit afecta la calidad de
los servicios públicos, y sobre todo los niveles de confort
del usuario y de los profesionales, estando estos últimos
entre los peor pagados en la UE-15. El 30%-35% de la población
de renta superior del país, sin embargo, no es plenamente
consciente de estas deficiencias, pues utilizan la sanidad privada
o reciben trato privilegiado en la pública. Esta situación,
sin embargo, no favorece a ninguna clase social.
Es un hecho demostrable en nuestro país que, mientras el
confort y la capacidad de elección es, en general, mayor
en la sanidad privada que en la pública, la calidad científica
del personal y del equipamiento sanitario es mayor en la segunda
que en la primera. En realidad, la complejidad y el requerimiento
tecnológico de la medicina hoy es tal que la medicina privada
no puede sostener los costes de mantener la infraestructura de alta
calidad que requiere la medicina moderna. Incluso en EE UU, el supuesto
"paraíso" de la sanidad privada, la mayoría
de los mejores hospitales (independientemente de su carácter
público o privado) están financiados públicamente.
Lo que se requiere, por tanto, es una sanidad pública, que
sirva a todas las clases sociales, que adquiera mayor nivel de confort
(tanto para los usuarios como para los profesionales sanitarios)
y capacidad de elección, manteniendo su riqueza científica
y tecnológica. Ello exige, sin embargo, un mayor gasto público
sanitario. Mantener el bajo nivel de gasto público es reproducir
una polarización social basada en la dicotomía privada-pública,
que daña a los servicios públicos perjudicando a todas
las clases sociales.
Otra polarización semejante ocurre en
nuestro sistema educativo donde el 30%-35% de la población
de renta superior envía a sus hijos a las escuelas privadas
(concertadas y no concertadas), mientras que las clases populares
los envían a las escuelas públicas. Una consecuencia
de esta polarización social es nuestro retraso educativo.
El último Informe PISA confirma que el nivel educativo español
(en temas de matemáticas y comprensión de lectura)
está por debajo del promedio de los países de la OCDE.
El mismo informe también señala que España
es uno de los países donde en mayor medida la clase social
de los padres determina las posibilidades educativas de los jóvenes,
siendo la escuela en España una institución clave
para la reproducción de la polarización social. Pero
tal polarización tampoco favorece a ninguna clase social,
puesto que incluso el nivel educativo de los estudiantes que van
a la privada es menor que el de otros países con escuelas
públicas multiclasistas que contribuyen a diluir las rigideces
sociales, enriqueciéndose con la variedad, como ocurre en
el caso de Finlandia, por ejemplo. La razón de esta situación
es sencilla. Uno de los motivos para enviar a sus hijos a la escuela
privada es estar por encima de la pública. Pero si ésta
tiene escasos recursos, no se necesita mucho para estar por encima.
En realidad, los recursos tanto de la privada (por alumno) como
de la pública están por debajo del promedio de la
UE-15, y muy por debajo de las mejores escuelas europeas. Como bien
señala el Informe PISA, la calidad del nivel educativo de
un país depende primordialmente de la escuela pública,
cuya calidad a su vez está condicionada en parte por sus
recursos.
El bajo gasto público es causa y consecuencia de la enorme
polarización educativa del país, responsable de su
limitada eficiencia. Una mayor cohesión social (que exige
un mayor gasto público) es condición de una mayor
eficiencia social, tanto en educación como en sanidad.
Vicenç Navarro es catedrático
de Políticas Públicas en la Universitat Pompeu Fabra
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