DOCUMENTOS - ARTÍCULOS DE OPINIÓN

POLÍTICAS SOCIALES

"LOS ROSALES: NADIE SE ACORDARÁ DE NOSOTROS CUANDO HAYAMOS MUERTO" Miguel Ángel Alzamora y Andrés Pedreño
(La Verdad 13-11-2008)

ATodo un alcalde declara a los medios el pasado 28 de octubre (Cadena Ser), y en referencia al “conflicto” vivido en el barrio de Los Rosales (Murcia), que “desde que hay inmigrantes y tal….el barrio se ha echado a perder”. Una afirmación que procede a imagen y semejanza de los calamares, que cuando se ven amenazados, sueltan su negra tinta para escabullirse de los que le acechan. La tinta del calamar proyecta repugnancia: “inmigrantes y tal...”; “echado a perder”. Así es como funcionan determinadas emociones –la vergüenza y la repugnancia por la imperfección humana- en la vida pública. Los Rosales es uno de esos infiernos sociales donde se acumula el desinterés de unos poderes públicos que condenan a ese barrio y a otros similares, a través de dos recurrentes “marcas” para la fabricación de alarma social: “la inseguridad ciudadana” y “la inmigración”. Así escuchábamos al mismo responsable público afirmar el 29 de octubre que el problema de Los Rosales “es un problema de seguridad”, y por tanto, “debe ser resuelto con policía”.

Parece ser que la cantinela se repite allá donde haya un barrio vapuleado e invisibilizado: nadie se acordará de tales barrios hasta que suceda algún acto delictivo grave, una catástrofe natural, o caiga sobre el mismo las garras de alguna empresa constructora que “desea” los terrenos donde está ubicado. Pero estos barrios están ahí desde hace mucho (en su mayoría barrios de viviendas sociales construidos por el franquismo), y casi todas las personas que los habitan sufren históricamente “la inconstancia de las condiciones de abastecimiento” (en palabras del sociólogo U. Beck), inviabilizando las bases materiales para un vida digna.

Estos barrios, más allá de las categorías populares que los suelen representar como “barrios marginales”, “barrios de gitanos”, “guetos de inmigrantes”, “ciudades sin ley”, etc., están compuestos sociológicamente por familias trabajadoras, que siguiendo a U. Beck, forman esa “minoría cada vez menos minoritaria que vive en la zona gris de la infraocupación, de la ocupación intermedia y del desempleo duradero gracias a los recursos públicos (cada vez más mermados y menos cuantiosos) o al trabajo informal o directamente sumergido. Sin embargo, y frente a la creencia de que allí solamente habitan infrahumanos, son espacios de vida de trabajadores caracterizados por una intensa vivencia de la precariedad laboral y existencial, en los cuales el esfuerzo de los educadores y trabajadores sociales se diluye en un mar de problemáticas individuales y familiares imposible de abordar. Las personas que los habitan cargan con todo el peso de sus problemas y con los que se derivan del contexto donde viven, el cual empapa continuamente su cotidianidad.

Estos barrios han sido diseñados y localizados para que pasen inadvertidos (aunque muchos han sido engullidos por el crecimiento urbanístico de las ciudades), y sobre todo, han sufrido procesos de estigmatización reforzados por la mayoría de agentes sociales que se acercan a ellos, desacreditando así a sus ciudadanos. Además, esta estigmatización que dificulta la vida “normalizada”, se redobla para las personas que sufren de facto la discriminación diaria por su origen o procedencia.

Las administraciones públicas sólo se acuerdan de estos barrios cuando los problemas que los acucian pueden poner en riesgo la vida de muchas personas, y la imagen del gobierno local que los dejó a su suerte (por ejemplo, las casas del barrio de San José en Alcantarilla estaban años en ruinas, y no fue hasta que las quejas de algunas familias denunciaron la situación, y los técnicos de la administración local declararon que padecían riesgo de derrumbe, cuando las autoridades aceleraron el proceso de realojo en nuevas viviendas, eso sí, tan segregadas y más encerradas en ellas mismas y ocultas al exterior que las anteriores); o cuando “afean” la imagen de la ciudad que crece a su alrededor (véase el caso de Los Casones de La Ñora, ya realojados sus habitantes en unas casas incrustadas en un montículo arenoso, rozando la autovía A 7, a unos metros del cementerio y lejos de ciudad); o el conocido caso del popular barrio de La Paz en la ciudad de Murcia, olvidado por la administración pública desde su construcción, y al que su privilegiada localización en el centro urbano lo ha hecho convertirse en suculento bocado del interés especulador; así en otros tantos lugares estigmatizados de Cartagena, Lorca, Águilas, Jumilla, San Javier, etc, además de policía en momentos de conflicto, necesitan una políticas públicas que faciliten la convivencia y dignifiquen la vida, y no discursos incendiarios que refuercen la construcción de fronteras interétnicas en estos barrios.

Los que hablan la gramática de la “inseguridad ciudadana” apenas pueden ocultar la forma en que proyectan sobre estos barrios todo un principio de repugnancia. Y lo diremos con una filósofa a la que admiramos: “Si la repugnancia es problemática en principio, tenemos tantos más motivos para desconfiar de ella cuando observamos que a lo largo de la historia ha sido utilizada como un arma poderosa en los esfuerzos sociales realizados para excluir ciertos grupos y personas” (Martha C. Nussbaum). No es una cuestión (solamente) de “seguridad” la que se dirime en estos barrios. Sus gentes saben muy bien qué significa vivir excluidos del amparo de las protecciones públicas, sin que siquiera nadie vaya a hablar de ellos cuando hayan muerto.

Miguel Ángel Alzamora y Andrés Pedreño, son sociólogos y miembros del Foro Ciudadano de la Región de Murcia

 

 
© Foro Ciudadano