CÓMO HACER QUE FUNCIONE LA GLOBALIZACIÓN JOSEPH E. STIGLITZ
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TAURUS. Octubre de 2006
Joseph Stiglitz es uno de esos hombres que
eligieron la honestidad intelectual frente al éxito
profesional. Asesor económico de Bill Clinton entre
1993 y 1997, y Premio Nobel de Economía en 2001, Stiglitz
saltó a la fama con su libro El malestar de
la globalización, donde denuncia las prácticas
injustas de las principales instituciones económicas
del mundo, especialmente el Fondo Monetario Internacional
(FMI). También ha trabajado como economista jefe y
vicepresidente senior del Banco Mundial (BM), puesto que abandonó
en 2000, seguramente convencido de la perversidad de las políticas
macroeconómicas que se estaban impulsando desde instituciones
tan importantes como el propio Banco Mundial, el FMI o el
gobierno de los Estados Unidos. Se trata de un hombre que
ha vivido la globalización desde dentro, desde alguno
de los motores que impulsan más decididamente esta
globalización del presente, y que participa tanto en
el Foro Económico Mundial de Davos como en el Foro
Social Mundial.
En su libro Cómo hacer que funcione la globalización,
Stiglitz nos ofrece un recetario de economía política
con el fin de solventar los problemas más acuciantes
de la presente sociedad global: incremento de las diferencias
económicas y sociales, crisis ecológica, corrupción
y connivencia entre los gobernantes y las empresas más
poderosas, privatización de los recursos públicos
y naturales, inestabilidad de los mercados financieros, imperialismo
de los EEUU, etc. Se trata de una serie de problemas que se
resumen en la necesidad de cambiar un sistema global insostenible,
donde gana una minoría mientras pierde la mayoría.
No se trata, pues, de valorar la pertinencia de la globalización,
sino de introducir una serie de reglas útiles que promuevan
una economía de mercado más justa y sostenible
a largo plazo, capaz de extender la dignidad humana a todos
los habitantes del mundo.
El interés de este libro radica en su crítica
continua a la ideología neoliberal resultante, en 1990,
del llamado Consenso de Washington, y que goza de buena literatura
(Kenichi Ohmae, Robert Reich, etc.). Tras la caída
del muro de Berlín, la disolución de la URSS
y la imposición de la hegemonía mundial de EEUU,
se extendió la idea de que sólo las leyes autorreguladas
del mercado libre extenderían los beneficios económicos
a toda la humanidad. La ciencia económica se presentaba
como sencillamente objetiva, pura y neutral, lo cual daba
carta blanca para gobernar el mundo en total libertad.
Pues bien, el libro de Stiglitz trata de desenmascarar todas
las grandes falacias que se desprenden de esta doctrina, aquellas
que nos hacen creer que sólo una forma de globalización
es posible. Muy al contrario, la economía es una ciencia
interesada y susceptible de múltiples interpretaciones,
porque, como dice Stiglitz, “no existe una sola forma
de capitalismo”, ni tampoco existen “soluciones
mágicas”. Cito alguno de los tópicos ya
clásicos del neoliberalismo del Consenso de Washington:
el crecimiento del PIB beneficia a todos, las empresas multinacionales
son un ejemplo de eficiencia económica y ecológica,
la liberalización del mercado de capitales proporciona
estabilidad monetaria, el liderazgo de EEUU se debe a la abstención
del Estado, la extensión de la democracia alcanza a
instituciones internacionales como el FMI, el BM o la Organización
Mundial del Comercio, etc.; en definitiva, que la legalidad
existente incluye la moralidad de sus preceptos.
Se trata de toda una serie de argumentos de profundo calado
que, dado el éxito de su difusión, conviene
desmontar con rigor. Así lo hace Stiglitz, que pone
en nuestras manos un manual accesible, incluso pedagógico,
donde combina el análisis económico mundial
con sencillas explicaciones en torno a conceptos fundamentales
de macroeconomía. Las conclusiones se repiten a lo
largo de sus páginas: vivimos inmersos en una globalización
profundamente injusta donde los intereses privados de una
minoría (gobernantes, magnates de las finanzas, países
de la OCDE, etc.) se benefician en provecho de la amplia mayoría
de la humanidad. Frente a esta evidencia, la exigencia principal
que debe imponerse para equilibrar estas desigualdades se
resume en la necesidad inexorable de democratizar la globalización,
de promover la “acción colectiva”, lo cual
implica aumentar la participación del Estado en la
regulación del mercado, la participación de
los ciudadanos en las decisiones locales y, en última
instancia, la democratización de las instituciones
globales más importantes del presente: Naciones Unidas,
Banco Mundial, FMI, etc. Estas exigencias de democracia, participación
y transparencia de todos los ciudadanos, países e instituciones
del mundo, darán un vuelco radical a la presente estructura
global, “donde la globalización económica
siempre avanza más rápido que la globalización
política”.
Las demandas de mayor control de la economía, así
como del equilibrio entre los poderes públicos y el
sector privado, se traduce en toda una amalgama de medidas
que Stiglitz pone sobre el tapete: gestión global de
los recursos naturales, creación de tribunales internacionales
de comercio y medio ambiente, pago de una deuda ecológica
a los países en vías de desarrollo, imposición
de impuestos progresivos, creación de un fondo internacional
de estabilización financiera, protección de
las industrias incipientes, contabilizar un Producto Interior
Bruto Verde, añadir costes sociales a la actividad
productiva, y un largo etcétera. Se trata de proponer
un nuevo “contrato social global” que ponga fin
al crónico déficit democrático de nuestra
sociedad mundializada, así como la instauración
de una justicia global que haga partícipe a todos los
excluidos de esta fiesta de la globalización que, a
día de hoy, sólo es tal para unos pocos privilegiados
.
Alejandro Moreno Lax |