Joseph E. Stiglitz, Cómo hacer que funcione la globalización, Madrid, Taurus, 2006

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Joseph Stiglitz es uno de esos hombres que eligieron la honestidad intelectual frente al éxito profesional. Asesor económico de Bill Clinton entre 1993 y 1997, y Premio Nobel de Economía en 2001, Stiglitz saltó a la fama con su libro El malestar de la globalización, donde denuncia las prácticas injustas de las principales instituciones económicas del mundo, especialmente el Fondo Monetario Internacional (FMI). También ha trabajado como economista jefe y vicepresidente senior del Banco Mundial (BM), puesto que abandonó en 2000, seguramente convencido de la perversidad de las políticas macroeconómicas que se estaban impulsando desde instituciones tan importantes como el propio Banco Mundial, el FMI o el gobierno de los Estados Unidos. Se trata de un hombre que ha vivido la globalización desde dentro, desde alguno de los motores que impulsan más decididamente esta globalización del presente, y que participa tanto en el Foro Económico Mundial de Davos como en el Foro Social Mundial.

En su libro Cómo hacer que funcione la globalización, Stiglitz nos ofrece un recetario de economía política con el fin de solventar los problemas más acuciantes de la presente sociedad global: incremento de las diferencias económicas y sociales, crisis ecológica, corrupción y connivencia entre los gobernantes y las empresas más poderosas, privatización de los recursos públicos y naturales, inestabilidad de los mercados financieros, imperialismo de los EEUU, etc. Se trata de una serie de problemas que se resumen en la necesidad de cambiar un sistema global insostenible, donde gana una minoría mientras pierde la mayoría. No se trata, pues, de valorar la pertinencia de la globalización, sino de introducir una serie de reglas útiles que promuevan una economía de mercado más justa y sostenible a largo plazo, capaz de extender la dignidad humana a todos los habitantes del mundo.

El interés de este libro radica en su crítica continua a la ideología neoliberal resultante, en 1990, del llamado Consenso de Washington, y que goza de buena literatura (Kenichi Ohmae, Robert Reich, etc.). Tras la caída del muro de Berlín, la disolución de la URSS y la imposición de la hegemonía mundial de EEUU, se extendió la idea de que sólo las leyes autorreguladas del mercado libre extenderían los beneficios económicos a toda la humanidad. La ciencia económica se presentaba como sencillamente objetiva, pura y neutral, lo cual daba carta blanca para gobernar el mundo en total libertad.

Pues bien, el libro de Stiglitz trata de desenmascarar todas las grandes falacias que se desprenden de esta doctrina, aquellas que nos hacen creer que sólo una forma de globalización es posible. Muy al contrario, la economía es una ciencia interesada y susceptible de múltiples interpretaciones, porque, como dice Stiglitz, “no existe una sola forma de capitalismo”, ni tampoco existen “soluciones mágicas”. Cito alguno de los tópicos ya clásicos del neoliberalismo del Consenso de Washington: el crecimiento del PIB beneficia a todos, las empresas multinacionales son un ejemplo de eficiencia económica y ecológica, la liberalización del mercado de capitales proporciona estabilidad monetaria, el liderazgo de EEUU se debe a la abstención del Estado, la extensión de la democracia alcanza a instituciones internacionales como el FMI, el BM o la Organización Mundial del Comercio, etc.; en definitiva, que la legalidad existente incluye la moralidad de sus preceptos.

Se trata de toda una serie de argumentos de profundo calado que, dado el éxito de su difusión, conviene desmontar con rigor. Así lo hace Stiglitz, que pone en nuestras manos un manual accesible, incluso pedagógico, donde combina el análisis económico mundial con sencillas explicaciones en torno a conceptos fundamentales de macroeconomía. Las conclusiones se repiten a lo largo de sus páginas: vivimos inmersos en una globalización profundamente injusta donde los intereses privados de una minoría (gobernantes, magnates de las finanzas, países de la OCDE, etc.) se benefician en provecho de la amplia mayoría de la humanidad. Frente a esta evidencia, la exigencia principal que debe imponerse para equilibrar estas desigualdades se resume en la necesidad inexorable de democratizar la globalización, de promover la “acción colectiva”, lo cual implica aumentar la participación del Estado en la regulación del mercado, la participación de los ciudadanos en las decisiones locales y, en última instancia, la democratización de las instituciones globales más importantes del presente: Naciones Unidas, Banco Mundial, FMI, etc. Estas exigencias de democracia, participación y transparencia de todos los ciudadanos, países e instituciones del mundo, darán un vuelco radical a la presente estructura global, “donde la globalización económica siempre avanza más rápido que la globalización política”.

Las demandas de mayor control de la economía, así como del equilibrio entre los poderes públicos y el sector privado, se traduce en toda una amalgama de medidas que Stiglitz pone sobre el tapete: gestión global de los recursos naturales, creación de tribunales internacionales de comercio y medio ambiente, pago de una deuda ecológica a los países en vías de desarrollo, imposición de impuestos progresivos, creación de un fondo internacional de estabilización financiera, protección de las industrias incipientes, contabilizar un Producto Interior Bruto Verde, añadir costes sociales a la actividad productiva, y un largo etcétera. Se trata de proponer un nuevo “contrato social global” que ponga fin al crónico déficit democrático de nuestra sociedad mundializada, así como la instauración de una justicia global que haga partícipe a todos los excluidos de esta fiesta de la globalización que, a día de hoy, sólo es tal para unos pocos privilegiados .

Alejandro Moreno Lax

 
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