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Si no fuera por la realidad, estaríamos bien
Patricio Hernández
Entre el desinterés ciudadano, se ha celebrado el debate del estado de la región, el último del actual presidente. Hay pocas dudas de que Valcárcel se va. Pero no lo hace como consecuencia del reconocimiento de su evidente fracaso como jefe de Gobierno y de la necesidad de abrir una etapa nueva con otras políticas y otros responsables. Se va voluntariamente, porque se ha cansado y desea un dorado retiro europeo con el que concluir su larga carrera política, y ese tren pasa en la primavera de 2014. Se va también antes de que el nuevo ciclo electoral alcance a arruinarle inevitablemente sus brillantes resultados electorales. Valcárcel se va, pero los murcianos nos quedamos -salvo el número creciente de los empujados al exilio económico- en la región que nos ha dejado su larga etapa de gobierno absoluto.
No niega el presidente -¡cómo podría hacerlo!- que la región vive el peor momento de su historia autonómica, pero se empeña contradictoriamente en afirmar que va a dejar una región mucho mejor que la que se encontró en el ya lejano 1995. Nunca ha sido, ni él ni su partido, como no lo es ningún político profesional en activo, mínimamente autocrítico, por lo que es incapaz de reconocer errores importantes propios en su balance de gobierno: todos son, invariablemente, de los otros, y aquí la colección puede ser amplia, heteróclita y cambiante, según ha convenido (o era Cataluña o Castilla-La Mancha, Zapatero Narbona, el terremoto de Lorca o la falta de agua, la crisis económica internacional o la mala financiación de la región, etc.): cualquiera menos su Gobierno, todo menos su política. Aunque resulte intelectualmente insostenible (todos nos equivocamos alguna vez, nadie acierta siempre) y hasta políticamente ridículo, nada hay que reprocharse a sí mismo o a su partido en dieciocho años de Gobierno en solitario de la región. Estamos ante esa concepción fálica y narcisista de la política en la que cualquier reconocimiento de un error sería una imperdonable debilidad, porque no se está dispuesto bajo ningún concepto a asumir las correspondientes responsabilidades. El silogismo es perfecto: si no hay errores no puede haber responsables de esos errores.
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Los ´cervezo-flautas´ alemanes y el fracking
Francisco Turrión Peláez
La industria cervecera alemana le ha dicho por escrito a Angela Merkel que no quieren fracking porque podría contaminar las aguas que utilizan para fabricar su cerveza, sometida a estrictos controles de calidad, según ha publicado la prensa alemana esta semana. Y ella defendía públicamente el pasado martes la protección del agua potable en las solicitudes de extracción de gas esquisto diciendo que "debemos hacer todo lo posible para no tener riesgos ambientales" y "necesitamos ver si podemos encontrar una manera para que el tema del agua sea muy respetado" como publicaba el diario Bid de Berlín.
Los que nos oponemos a esta técnica de 'rompe y rasga' de estratos para extraer gas no convencional, sin rentabilidad conocida en Europa -como dice un informe del Parlamento Europeo-, vemos ahora la posibilidad de que la cordura sobre este asunto pueda empezar a fluir y a 'trasvasarse' desde el Rin hasta el Segura.
Aquí, en Murcia, nuestra industria puntera es la hortofrutícola, que también exporta agua, principalmente a Europa, y que facturó en 2012 casi 3.600 millones de euros, un 15% más que el año anterior (según el Icex). Agua contenida en los tejidos vegetales de las lechugas, brócolis, alcachofas, naranjas y en las bebidas envasadas.
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Tiempos sombríos: el estado del malestar
Lola López Mondéjar
La monstruosidad intelectual y política de un tiempo dislocado, dijo Hanna Arendt en 1960 refiriéndose al exterminio judío realizado por los nazis en los años anteriores. Tiempo dislocado, ¿cómo el que vivimos ahora? Sin duda hay radicales diferencias, pero preguntémonos por los paralelismos. ¿Qué estado nos gobierna? ¿cuál es la ética que subyace en esta época de crisis económica y moral? ¿qué mecanismos actúan?
1. En primer lugar, se ha producido una ruptura entre los poderosos (políticos y financieros) y el resto de la humanidad. Una ruptura sadeana, según la cual aquellos fantasean que los demás tienen un cuerpo, una vida, que puede ser torturado hasta el infinito, recomponiéndose después. Los suicidios a los que asistimos, el sufrimiento y el dolor no modifican las políticas inhumanas de austeridad y de recortes porque se ha producido una escisión entre la clase dirigente (humana, privilegiada, que necesita viajes en primera clase, dietas, suplementos, extras, chófer, hospitales de élite), y la clase trabajadora, los pobres (donde incluiríamos cada día más a la clase media), que ha sido despojada de cualidades y necesidades humanas. De manera que la clase dirigente ha cosificado al resto de los seres humanos, les ha sustraído humanidad (Jean Clair lo dijo del arte que surge después del nazismo: retirar lo humano de lo humano), y no considera que su sufrimiento afecte a la idea de sociedad que preconizan, modificando sus propósitos.
El estado de bienestar lo era porque cuidaba de los débiles, los protegía de los excesos de los fuertes, universalizaba derechos. El estado del malestar lo es porque explota al débil como si fuera un esclavo y, como entonces se predicaba de éstos, les despoja de alma. Los aleja de la categoría de humanidad, reduciendo su cuerpo al de un mero ser viviente, a la nuda vida de Agamben: "Un ser que fuese radicalmente privado de toda identidad representable sería para el Estado absolutamente irrelevante".
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Organizar el pesimismo
Patricio Hernández Pérez
El pesimismo tiene mala prensa. Es el optimismo el que vende, y como el juego consiste en vender mercancías, el optimismo es casi obligatorio. No podemos aceptar, sin embargo, tener que elegir entre un estúpido optimismo desinformado o un fatalismo paralizante. Pero, ¿cabe pensar en un pesimismo que estimule la acción?
Vivimos tiempos oscuros. Quizás nadie como Walter Benjamin, que vivió con trágica lucidez otros tiempos oscuros, nos pueda servir para pensar este momento. Fue este pensador decisivo, que cuestionó el concepto de 'progreso' y reivindicó la memoria de los perdedores (la tradición de los oprimidos), el que formuló la expresión "organizar el pesimismo".
Benjamin opone la mirada del ángel y la del progreso. Para aquél la historia es una cadena de cadáveres y ruina. Para éste una marcha triunfal que tiene un costo humano y social que hay que aceptar porque -se nos asegura- acabará beneficiando a todos. Ferlosio lo ha llamado "la mentalidad expiatoria", el sacrificio que se nos dice que hay que entregar a la 'Causa del Progreso'. Con ese soberbio e inimitable estilo dirá que "los hombres están siempre dispuestos a creer a muchos que les dicen 'vuestro dolor será fecundo', cuando, por el contrario, deberían confiar en quien les dice 'vuestro dolor es absolutamente inútil, gratuito, irreparable'. ¿Acaso pide la felicidad tener sentido? Niégate, pues, a dárselo al dolor".
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