Entrevista a Patricio Hernández, presidente del Foro Ciudadano (1-5-2010)

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Reproducimos a continuación la entrevista publicada en el número 11 de la revista "La Intersindical" (especial 1º de mayo), editada por el sindicato murciano STERM-Intersindical.

ENTREVISTA A PATRICIO HERNÁNDEZ
PRESIDENTE DEL FORO CIUDADANO DE LA REGIÓN DE MURCIA

Cuando Patricio Hernández llega, es como una brisa de aire fresco y enérgico. Este hombre de mirada viva e inquisitiva tiene un contagioso sentido del humor y aborda nuestras preguntas con un torrente de palabras precisas. Comenzamos preguntándole por los primeros años de su vida.

Patricio Hernández: Aunque nací en San Antolín hace casi cincuenta años (¡qué vértigo!), crecí en el barrio de San Basilio, conocido también como La Lonja. Ser “lonjero” me marcó profundamente. Era, y sigue siendo en parte, un barrio muy humilde de clase obrera, con población gitana en condiciones de marginalidad. Cuando uno pasa los años de su infancia y primera juventud, los años de formación del carácter (si uno tiene carácter, dicen Benjamin y Ferlosio, su destino es esencialmente constante) en un medio social de este tipo, y con un padre autoritario como era el mío, queda una marca para siempre, que en mi caso se expresa, entre otras cosas, en un intento de mantener la fidelidad hacia los excluidos y en contra de las injusticias (Camus ya dijo que no quería traicionar dos cosas: la belleza y a los desheredados), y en una rebeldía contra todo abuso de autoridad e incluso contra toda forma de autoridad, que me ha traído no pocos conflictos. Allí me hice un adolescente de izquierdas e inicié un itinerario que he seguido en lo esencial, manteniendo algunos principios, cambiando muchas ideas que terminan por parecerte ridículas y administrando como se puede las contradicciones que comporta vivir en el mundo. Liberarme de la sombra de mi padre, de los fantasmas inaprensibles del inconsciente, siempre es un proceso inacabado.

 

 

 

La Intersindical: Pareces un psicoanalista.

P.H. No, no he estado nunca en análisis, pero más de veinte años viviendo con una analista me han llevado al convencimiento de que el psicoanálisis es un instrumento extraordinario para el conocimiento de uno mismo y para arrojar luz sobre los agujeros negros de los que provienen nuestros más íntimos conflictos, fuentes de angustia y de dolor. Sin embargo, también creo que, como dice Ulrich Beck, existe un malestar socialmente producido que no puede ser reparado en el terreno de lo individual, que es la gran trampa del sistema: animarnos constantemente a buscar salidas biográficas a problemas colectivos. Me gusta mucho ese chiste: ¿qué es un neurótico?; un neurótico es aquél que dice “si no fuera por la realidad, yo estaría bien”. El problema es que la realidad existe (y que nuestro inconsciente forma parte de ella).

LI. Por lo que sabemos de ti, parece que te interesaste por la política muy pronto.

P.H. Así es, desde muy joven me incorporé al campo político del socialismo democrático. Me afilié a las Juventudes Socialistas con 15 años y a los 16, al PSOE. En parte era una reacción a la sensación que algunos teníamos de que el PCE lo controlaba entonces todo en la oposición política. A los 18 años, era el secretario regional de las Juventudes y fui elegido concejal socialista en el Ayuntamiento de Murcia en las primeras elecciones democráticas. Con José María Aroca de alcalde, fui el más joven de los concejales de capital de provincia de España. Aquel periodo fue único e irrepetible. Inaugurábamos un nuevo mundo, y todo era muy emocionante. Este hecho fue determinante en mi vida, pues me vinculó a la política local y regional, que ya nunca he abandonado, y me hizo alejarme de lo que, quizás, me hubiera gustado aún más: dedicarme a la enseñanza en la Universidad, en la que me licencié en Historia Moderna y Contemporánea. En ocasiones lo he lamentado, pero sin llegar a renegar de mi trayectoria. De todo eso me ha quedado una intensa pasión por el conocimiento, que convive bien con mi condición innegable de "hombre de acción". Si la reflexión me hace ser pesimista, la acción me mantiene vivo. Acepto como divisa personal la que un día le leí al escritor Julio Llamazares: "con entusiasmo, pero sin esperanza". Y suscribo también el proverbio zulú: "cuando avanzar es morir y retroceder es morir, el zulú avanza". Todo muy primitivo, seguramente.

L.I. Volvamos a tu trayectoria política.

P.H.: Muy pronto, ese carácter-destino rebelde a todo poder instituido me llevó a los sectores críticos del socialismo. Era la época de Felipe González, de la OTAN y la corrupción, y pasé a formar parte, con otros compañeros murcianos, de Izquierda Socialista, la corriente de izquierdas del PSOE. Años después, agotado para algunos de nosotros ese camino, pasé a Izquierda Unida. Y volví a ser elegido concejal por Murcia, ahora en la oposición. Aprendí mucho de esos años. Y como Sísifo, de nuevo repetí el mismo recorrido: me adscribí al sector crítico (ahora Nueva Izquierda), hasta agotar el proceso en IU y tirar la toalla, aburrido de luchar contra aparatos orgánicos que todo lo controlaban y convencido de que ese no era ya mi camino. Después de eso, abandoné  la política de partido. He llegado a la conclusión de que los partidos, incluidos los de la izquierda, que son los únicos que me podían interesar, son organizaciones patológicas, muy burocráticas, máquinas de poder endogámico, con su propia lógica interna, en el fondo hiperadaptada al sistema. Creo que favorecen la selección negativa de sus miembros: se quedan los que tienen menos escrúpulos, los más dóciles y manejables, los más acríticos y ambiciosos, aunque siga habiendo militantes valiosos y algunos cargos públicos respetables. Amargamente, le he dado la razón al viejo Weber cuando dijo que la socialdemocracia alemana no podría transformar el Estado capitalista, porque, al convertirse en una máquina eficaz para combatirlo con éxito, lo replicaría internamente, acabando convertida en la misma burocracia que pretendía superar, ahora perpetuada por quienes nacieron para combatirla.

L.I. Entonces, ¿crees que los partidos políticos son inútiles?

P.H. Lamentablemente, no tenemos todavía una alternativa completa a los actuales partidos ni al sistema de representación que sostienen, así que siguen siendo necesarios, pero tenemos que encontrar formas nuevas de acción política. Después de haber pertenecido al Comité Federal del PSOE y al Consejo Político Federal de IU, creo que los partidos son irreformables. No tengo una posición antipartido, pero prefiero dedicarme a lo que creo realmente importante, aunque sea complicado en la sociedad actual: crear contrapoderes sociales influyentes que limiten la tendencia natural de los partidos a ocupar todos los espacios de poder. La política no puede quedar en manos de profesionales, como una esfera separada de la ciudadanía. Sería una expropiación del derecho de todos como ciudadanos a ocuparnos de la vida colectiva, que es la política de verdad, o lo que es igual: supondría el fin del concepto mismo de ciudadanía.

L.I. Y profesionalmente, ¿a qué te dedicas?

P.H. Hacia 1983, empecé a trabajar para el Ayuntamiento de Cartagena como técnico responsable del programa de juventud, y ahí he seguido, con algunos paréntesis, hasta ahora. Ser funcionario es, por lo general, perder la imaginación y sacrificar la búsqueda de la aventura a cambio de una triste seguridad garantizada. Yo he intentado resistirme a esa gris mediocridad. En estos años, he organizado con ilusión algunos servicios y programas que considero de interés, inéditos en nuestro país y que en algunos casos son bastante avanzados para un municipio gobernado por la derecha desde 1995. Estos programas han logrado un alto reconocimiento, dentro y fuera de la región. Puedo citar el proyecto Mandarache de fomento del hábito lector entre jóvenes, el festival Mucho Más Mayo, el servicio de atención integral Espacio Joven, el proyecto de lucha contra la exclusión juvenil Caja del Tiempo, etc.

L.I: Ahora, parece que te has centrado mucho en los temas de cultura.

P.H. En efecto, desde los primeros noventa, me he interesado especialmente por las políticas públicas de cultura. Al principio, me tocó enfrentar la última etapa de gobierno socialista en la región, que coincidía con la resaca de la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona. El proyecto cultural del PSOE regional dio muestras de agotamiento después de más de una década. Quedaron atrás los grandes esfuerzos por crear una red de equipamientos culturales y renovar los programas, perdiendo centralidad la preocupación cultural, que había sido una seña de identidad de la izquierda. Pero, sobre todo, se perdió la tensión participativa, el contacto con la gente. Y me puse a trabajar con otros compañeros para organizar un espacio civil crítico. Eso dio lugar a la Plataforma por la Cultura, cuyo manifiesto fue firmado por mil personas, en su mayor parte vinculadas a los distintos sectores culturales, en lo que ha sido hasta ahora el más amplio movimiento de protesta por la situación cultural de la región. Esta Plataforma fue muy combativa durante unos cuantos años, cuestionando la acción (más bien, la inacción) institucional y denunciando la pervivencia de viejos problemas irresueltos. Desapareció en 2001, cuando dimos paso a una nueva asociación de más amplias miras: el Foro Ciudadano. Desde uno y otro espacio, me he esforzado -con otra mucha gente- por combatir, durante estos 15 años, las políticas culturales del PP murciano.

L.I. ¿Y qué puedes decirnos de la política cultural del gobierno regional?

P.H.. Podemos distinguir dos momentos: uno más largo, en el que al PP de Valcárcel no le interesó lo más mínimo la cultura, y la gestión consistía en mantener malamente lo heredado de la etapa anterior, sin otra ambición que crear su propia red clientelar en un terreno que consideraban hostil o poco afín; y una segunda, desde 2007, con el nuevo consejero, en la que la derecha pierde sus complejos y utiliza la cultura como uno de los principales factores de legitimación de su acción pública, arrebatándoselo a la maltrecha izquierda regional. El equipo actual es mucho más consciente que sus predecesores de que la cultura es la heredera de la religión como poderoso cemento de cohesión social, en una sociedad en la que tantas cosas antes sólidas son ahora muy fluidas (la famosa “sociedad líquida” de Bauman). Nada provoca tanto consenso ni está revestido de tanto prestigio como la cultura. También los medios de comunicación son hoy el escenario donde se resuelve la lucha política, capaces como son de crear una esfera propia que acaba por conformar la opinión pública. La etapa de Cruz está alcanzando un peligroso nivel de perversión en la acción cultural de las instituciones.

L.I. ¿En qué consiste la perversión de la política cultural?

P.H. En una región como la nuestra, que lleva al extremo la situación general española de dependencia casi completa de la vida cultural de los recursos públicos, la Consejería ha querido convertirse en la protagonista y la dueña del discurso más cosmopolita e innovador, poniendo los recursos públicos al servicio de gestores, promotores y comisarios “de prestigio” que garanticen “eventos” con proyección mediática, y cubriendo con una capa de impostura una realidad regional que es ignorada deliberadamente. Esto se hace con un coste económico desorbitado, un verdadero despilfarro de recursos, al tiempo que se debilita la precaria estructura de base de la cultura regional. Los límites de esta "modernidad" conservadora están claros: se puede subvencionar la "transgresión", siempre que sea abstracta y descontextualizada; pero si denuncia intereses económicos o políticos concretos, es censurada, liquidada sin más. La censura a Leo Bassi en 2008 es el emblema imborrable de cuanto digo y es la marca que nunca podrá borrar el consejero Cruz (aunque no es la única con la que está marcado). Pero el problema es político, no psicológico. Su gestión está al servicio de los intereses de las clases dominantes: los herederos del viejo caciquismo regional, el poder de la Iglesia, etc. Esto es lo que hay tras el discurso moderno de Cruz.
No se ha inventado nada. A veces parece un simple reflejo de lo que hace el PP valenciano: grandes fastos asociados al prestigio de contratados con nombre brillante, autobombo mediático y espectacularización extrema (la Copa América, la Fórmula 1, los grandes conciertos, la ópera, las bienales, etc.), y por debajo de esto indicadores culturales que nos perpetúan en la cola del país, en la España más atrasada.

L.I. Y respecto al papel de los medios de comunicación, ¿qué piensas?

P.H. Creo que están entregados a amplificar y jalear los “eventos”, sumándose al discurso provinciano y tontorrón que repite una y otra vez que lo que ocurre es “lo más grande”, “único en el mundo”, etc. Esto no es ajeno a la dependencia creciente de los medios con respecto a los recursos públicos, y a la pérdida de nervio profesional. Es triste ver cómo se reproducen sin más las notas de prensa que diariamente emiten los gabinetes de prensa gubernamentales, sin duda el departamento que más ha crecido en todas las instituciones. Por último, diré que, bajo el gobierno de quienes se proclaman a sí mismos liberales, nunca ha existido tanto dirigismo y control de la cultura, tanto miedo a las represalias, tanta censura y autocensura, y tanta invasión de ámbitos más propios del juego del mercado, al tiempo que se abandona las verdaderas e indeclinables obligaciones públicas en política cultural.

L.I. ¿Cuál crees que será el desenlace de todo esto?

P.H. La etapa que seguirá a toda esta borrachera de querer fabricar una “marca” de Murcia asociada a una falsa excelencia cultural, de “turistización” de la política cultural, lo que llamaré el “postcruzismo”, será una vuelta a tareas abandonadas estos años, a identificar nuestras necesidades, a crear la red de bibliotecas que no tenemos, la red de escuelas de música, de teatro, de danza, de cine, a proteger y restaurar nuestro patrimonio, a recuperar los aspectos educativos de la acción cultural pública, a coordinar el esfuerzo institucional, a reducir las desigualdades culturales, y, sobre todo, a devolverle la palabra a los ciudadanos y a los creadores, a los que se les ha arrebatado cualquier espacio para participar y opinar.

L.I. Cambiemos de tema. Como actual presidente del Foro Ciudadano, qué papel crees que representa esta organización en el ámbito de la política regional.

P.H. El Foro Ciudadano, que cumplirá diez años el año próximo, se ha convertido en el más importante “intelectual colectivo” del pensamiento progresista en la región, y uno de los agentes más activos para crear tejido social crítico y dar la batalla a la poderosa derecha murciana. Cuando, a finales de este año, aparezca el tercer informe El otro estado de la región, en el que, bajo la coordinación de Antonio Campillo, estamos trabajando más de cincuenta personas, dispondremos de un completo análisis de la situación regional y de un balance crítico riguroso de lo que han supuesto los 15 años de gobierno del PP para Murcia, pero también de un instrumento para superar esta situación, dibujando otro horizonte posible para la región. La debilidad de la izquierda política y la limitada capacidad de la izquierda civil hacen muy necesario el trabajo que viene haciendo el Foro Ciudadano, empeñado en construir un espacio para el pensamiento y la acción progresista. El Foro ha estado presente activamente en casi todos los movimientos sociales que en estos años se han enfrentado al PP y sus políticas, ya sea en el terreno cultural, educativo, medioambiental, de la comunicación o de los derechos de las mujeres. Es lo que más se parece a eso que se llamaba antes la "casa común de la izquierda", pues en el Foro convivimos sin sectarismos gentes con diversas adscripciones y sensibilidades progresistas. Con todo, lo más relevante, a mi juicio, es que el Foro Ciudadano no ha perdido en estos años su espíritu crítico (y autocrítico), incluso respecto del trabajo de la izquierda regional. Cuando hemos tenido que cuestionar abiertamente algunas políticas del gobierno de Zapatero o las insuficiencias de la labor de oposición del PSOE de Saura o de sus antecesores, lo hemos hecho, como hemos criticado también alguna decisión de IU o algún comportamiento de los sindicatos. Esta actitud crítica sin restricciones ha provocado a veces recelo o incomprensión, pero no por ello hemos dejado de ejercerla.

L.I. ¿Por qué caminos seguirá vuestro trabajo?

P.H. Nuestro trabajo ha de continuar en la misma dirección los próximos años: ayudar a construir una alternativa al PP y a la hegemonía social de la derecha, sin comprometer nuestra independencia y nuestra pluralidad como asociación. Quince años de gobierno de la derecha han dejado sentir sus efectos sobre la región en sus debilitados sistemas de bienestar publico, en su fracasado modelo económico, en la precarización del empleo, en la prevalencia de ideas y sectores reaccionarios, en las características de los medios de comunicación en la región, en la depredación de nuestros recursos naturales, en la profundización de las desigualdades sociales, etc. Volvemos a donde estábamos hace quince años: anclados en la España atrasada y con una grave crisis económica y un masivo desempleo. La salida no puede venir ahora ni de las mismas políticas ni de los mismos políticos. Es urgente reconstruir un discurso alternativo creíble y con vocación mayoritaria sobre la forma de gobernar la región y de enfrentar sus muchos problemas, y nosotros contribuiremos a ello desde los movimientos sociales, que es el lugar en el que hemos elegido estar. No podemos ni queremos ocupar el espacio que corresponde a los demás, ni en el campo político, ni en el sindical u otros, aunque no nos gusten muchas de las cosas que hacen los que ocupan esos campos.

L.I. Ante el 1º de mayo, ¿qué piensas sobre la actuación de los sindicatos en la región?

P.H. Los sindicatos son un actor clave de la vida pública y de la lucha por cambiar nuestra sociedad. Necesitamos sindicatos fuertes y con capacidad de negociación y de movilización. Y que no sean rehenes de las ayudas gubernamentales que necesitan para mantener sus estructuras. La línea sindical no puede modularse en función de los recursos públicos que se obtienen. Los sindicatos de clase mayoritarios son muy sensibles a las críticas y suelen recibirlas mal, pero no por ello debemos renunciar a revisar su comportamiento y a criticar lo que no nos gusta. Y no tenemos que ser descalificados por ello. Creo que los sindicatos están para lograr acuerdos que mejoren las condiciones de los trabajadores. En la región, durante mucho tiempo, los sindicatos mayoritarios han venido firmando todo tipo de acuerdos con el gobierno regional, que en muchas ocasiones se han incumplido de forma muy evidente; y sin embargo no se ha hecho una evaluación crítica de los resultados de esos acuerdos, ni se ha adoptado la correspondiente actitud de exigencia respecto de la contraparte de esos acuerdos; incluso se han seguido firmando otros, todos ellos convertidos por Valcárcel en elementos de legitimación de su gobierno, al que estos pactos le han resultado políticamente muy rentables. Los sindicatos deberían reflexionar sobre esto y sacar sus propias conclusiones, ahora que se ha visto muy claramente cómo los acuerdos se han querido convertir en simples avales políticos. Los incumplimientos son ya muchos y hoy sabemos a dónde nos han llevado esos incumplimientos. Hay que entrar en una nueva fase más exigente, lo que no significa descartar por principio los acuerdos. Nosotros, como Foro Ciudadano, no tenemos ningún sindicato “afín”, y seguiremos trabajando por establecer frentes sociales amplios, manteniendo las mejores relaciones que podamos con todas las organizaciones sindicales que se reclaman progresistas.

Es hora de terminar. Aunque, si le dejáramos, Patricio continuaría hablando incansable. Porque este hombre es un conversador nato, agudo, acogedor y muy generoso.


 
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