Pertenezco a una generación de españoles que se formó en un clima de exigencia ética como no se ha repetido en la historia de nuestro paÃs. Nuestra moralidad laica era heredera del catolicismo en el que habÃamos sido educados, sustituido por una ideologÃa marxista tan severa o más que Dios Todopoderoso y, a veces, tan dogmática como él.
Cambiamos el pecado por la noción de justicia social y nos entrenamos en una ética que nos exigÃa mucho más que la cristiana, sin que obtuviésemos a cambio la consoladora promesa de ningún paraÃso ultraterreno.
TenÃamos que ser justos y honestos sólo porque aquà en la Tierra –a la que debÃamos cuidar convenientemente- nuestras acciones repercutÃan en el bienestar o el malestar de los otros, esto es, por pura y simple solidaridad.
La derecha -tan católica, apostólica y romana como la de hoy- no tenÃa empacho alguno en hacer convivir la moral de la que alardeaba públicamente con otra moral secreta -la doble moral- que les facilitaba enormemente la vida, permitiéndoles sin contradicción usar anticonceptivos de todo tipo o tener amantes en la alcoba mientras prohibÃan ambas prácticas en voz alta, abortar fuera del paÃs y abanderar fanáticas polÃticas antiabortistas, robar, prevaricar y evadir impuestos al tiempo que predicaban la honradez del Evangelio, o defender la vida y pronunciarse a favor de la pena de muerte. Mientras tanto, nosotros nos exigÃamos una coherencia con nuestros principios que rayaba en el martirio: la austeridad y la transparencia debÃan presidir nuestras vidas, y en el horizonte ideal de las personas que aspirábamos a ser no habÃa ni un ápice de conmiseración para ninguna de nuestras muchas debilidades. De igual modo, juzgábamos a nuestros polÃticos como si tuviesen la misión evangélica de Jesucristo y su cruzada no admitiese ni la más insignificante mácula. Los hombres y mujeres de izquierdas que éramos exigÃamos el derecho al divorcio que desenmascara la hipocresÃa de una unión sin amor, o el derecho a disponer libremente de nuestros cuerpos asegurándoles, al mismo tiempo, el cuidado y la protección debidas, bajo el paraguas de una sanidad gratuita y de una vivienda digna.
CometÃamos errores, por supuesto, pero ninguno de ellos era absuelto tras la suave pena de una liviana penitencia, sino que nos atormentaban durante un tiempo, arrostrando un sentimiento de culpa sincero que no deseábamos evitar, puesto que era el garante de la bondad de nuestras intenciones. Cuando las faltas de nuestros dirigentes eran manifiestos no tenÃamos piedad con ellos y, en pro de un ideal –tantas veces, repito, inalcanzable-, les retirábamos nuestro favor sin importarnos las consecuencias, pues asà de rigurosa y exigente era nuestra necesidad de coherencia.
Las gentes de izquierdas de nuestra generación postulábamos un mundo sin fronteras, afirmando que los inmigrantes eran y son sujetos de derechos ciudadanos. De ahà que si, a causa de algún malicioso resto de la educación de derechas del paÃs en el que habÃamos crecido, nos invadÃa un mÃnimo sentimiento racista contrario a nuestros ideales, lo identificábamos sin dudarlo con aprehensión, y nos obligábamos a luchar Ãntimamente contra él en una batalla sin descanso.
Intensamente morales, soportábamos la distancia entre lo que éramos y lo que querÃamos ser - lo que llamábamos nuestras contradicciones- con la voluntad de ir zanjándola poco a poco, pero también con la certeza y la humildad de quien sabe que nunca llegará a conseguir del todo aquello a lo que aspira. Odiábamos la complacencia del ser y de lo dado, en pro de la incómoda tensión del deber ser.
Éramos de izquierdas porque creÃamos firmemente que el mundo podrÃa ser mejor, aunque para ello fuese necesario corregir de distintos modos las injusticias impuestas por la ley del más fuerte (léase hoy liberalismo) que tanto amaba la derecha, asà como arbitrar medidas públicas para proteger a los débiles que, de otro modo, corrÃan el riesgo de empobrecerse cada vez más, sin asistencia médica, educación gratuita ni protección social, como al parecer sucedÃa en progresión creciente en el paÃs más rico del mundo, ejemplo a seguir por los lÃderes de la derecha.
Ser de izquierdas ha sido siempre difÃcil, pues obliga a cumplir las leyes, o a oponerse a ellas frontal y legalmente para transformarlas en procesos largos y laboriosos, sin tomar nunca el atajo de en medio, esto es, saltárselas con corruptelas fáciles, mucho más eficaces a corto plazo, como reza la secular costumbre de la derecha.
Estos han sido nuestros sueños, y nuestro sacrificio para intentar alcanzarlos ha sido arduo, pero ahora, que podrÃamos profundizar en ellos acercándonos progresivamente a una sociedad más equitativa, parece que estamos desconcertados, y no acierto a saber a qué son debidas nuestras dudas.
Porque ellos siguen siendo los mismos: defienden lo de siempre con argumentos idénticos y la misma doble vara de medir. Los corruptos, al ser descubiertos, no se avergüenzan de serlo ni son expulsados de sus filas. Son homófobos, xenófobos, intolerantes y demagogos. Prefieren la adhesión sin interrogantes a la crÃtica y suelen cuestionar la ley cuando no es interpretada por los suyos.
Muchas cosas han mejorado desde entonces, aunque otras se resisten a cambiar. Pero, ¿y nosotros?, decidme ¿qué es lo que nos ha pasado?, ¿en qué ha quedado nuestro compromiso? Ser de izquierdas, repito, ha sido siempre muy difÃcil, es como nadar a contracorriente, una tarea de pequeños héroes anónimos, éticos, provistos de ideales. Pero nadie prometió nunca que fuese otra cosa.
Somos los herederos de la moral laica, de los derechos del hombre, de la igualdad entre los géneros, de la defensa de la libertad contra el miedo que producen las actuaciones abusivas del poder, ¿es que se nos ha olvidado?, ¿vamos a tirar timoratamente la toalla?, ¿no es hora de resistir?, ¿de profundizar en la democracia?, ¿de movilizar nuestras fuerzas para conseguir avanzar en nuestro viejo, solitario y cansado proyecto?.
Lola López Mondéjar es miembro del Foro Ciudadano. |