28 de junio de 2004
POR LA ACCION POSITIVA, AGRUPÉMONOS
TODAS
Agrupémonos todas
es el título de un libro del periodista Isaías
Lafuente, publicado hace unos meses. En sus páginas,
el autor reconstruye la historia de las luchas y sinsabores
de las mujeres en la España del siglo XX. Muchos y
difíciles han sido los años que nos ha costado
a las españolas ser consideradas por la ley sujetos
de pleno derecho y acceder a la educación y a un puesto
de trabajo en condiciones de igualdad con los hombres (aunque
esto último aún no lo hemos conseguido de forma
generalizada). Pero la realidad cotidiana de las mujeres maltratadas
(el 11% de las españolas) y asesinadas (34 en lo que
va de año) pone de manifiesto que todavía nos
costará muchos años más conseguir que
las relaciones entre hombres y mujeres se basen en el respeto
escrupuloso a la vida y a la libertad de todos, y no sólo
de los varones.
A lo largo de la historia, los hombres han
monopolizado la mayoría de los poderes sociales, marginando
a las mujeres al ámbito de lo privado y considerándolas
como eternas menores de edad, necesitadas de dirección
y de control. Hemos sido utilizadas a lo largo de la historia
como cuidadoras y reproductoras, no hemos tenido la posibilidad
de aparecer en público sino como sombra del marido
o del padre, y nuestra labor ha sido silenciada y minusvalorada.
Eternas menores de edad, sólo en los últimos
30 años hemos podido ir accediendo, a fuerza de mucha
lucha y mucho esfuerzo, al espacio público de los iguales,
para que nuestra voz, aunque todavía con interferencias,
sea escuchada y respetada.Pero, cuando creíamos que
el objetivo de la igualdad formal y real entre hombres y mujeres
estaba claro para todos, descubrimos que no lo está
en absoluto. La muerte de más de 500 mujeres en los
últimos años, a manos de sus parejas o ex-parejas
sentimentales, así lo muestra.
De nuevo, tenemos que salir a la calle. De
nuevo, hemos de enfrentarnos a ciertos hombres que se niegan
a aceptar la igualdad, hombres que no están dispuestos
a perder sus privilegios. Pero lo más asombroso y preocupante,
es que quienes entorpecen el derecho de las mujeres a disponer
de su propia vida no son sólo hombres con escasa formación,
sino también sesudos expertos en leyes. Unos juristas
a los que se supone ilustrados, y que ejercen el llamado "poder
judicial", están intentando obstaculizar con sus
informes pretendidamente "técnicos" la ley
integral contra la violencia de género promovida por
el gobierno socialista. Una ley que ha sido demandada por
todas las organizaciones feministas y por la mayoría
del pueblo español desde hace años, y que el
PP se negó a aprobar cuando estaba en el poder. Una
ley que pretende hacer frente a un problema sangrante: la
muerte de cientos de mujeres que han sido objeto del más
puro terrorismo machista.
Curiosamente, los mismos jueces que se muestran
escandalizados por otro tipo de terrorismo, y que defienden
una legislación especial para hacerle frente, respecto
a este terrorismo creen que no procede norma especial alguna.
Este doble rasero a la hora de valorar uno y otro terrorismo,
lo único que viene a mostrarnos, es que en la judicatura,
como en otros lugares, son muchos los varones que aún
no han aceptado la necesidad de preservar y potenciar la igualdad
real entre los sexos.
Las leyes se crean para corregir las desigualdades
sociales y preservar los derechos individuales, y las medidas
legislativas que tratan desigualmente a hombres y mujeres
y que intentan proteger a éstas frente a la fuerza
bruta de algunos hombres, son actuaciones necesarias para
garantizar la igualdad real, promoviendo condiciones que la
hagan posible y acabando con los obstáculos que la
impiden. Así lo establece expresamente la Constitución
en su artículo 9.2. Hay muchas situaciones en las que
se manifiesta la desigualdad y muchos sectores de la población
especialmente discriminados, ya sea en virtud su sexo, su
constitución física o el color de su piel. Todas
estas personas necesitan un tratamiento específico
de apoyo, pues sólo así se alcanza la igualdad:
preservando y protegiendo el derecho a la diferencia. Esto
es lo que se llama "acción positiva" o "discriminación
positiva", con la que se pretende corregir la discriminación
negativa que esos sectores sociales han venido sufriendo hasta
ahora.
La discriminación positiva supone que
la igualdad real no puede conseguirse si no se apoya y protege
a quienes están en situación de inferioridad.
La acción positiva no protege a todos sino sólo
a aquellos que en el marco de una igualdad formal (la de la
ley) se encuentran en una situación de desigualdad
real. Pues bien, ¿acaso no es suficiente el asesinato
de cientos de mujeres para mostrar la desigualdad real que
padecen? ¿Hemos de recordar que en los últimos
años las víctimas de la violencia machista son
más numerosas que las del terrorismo político?
Por todo ello, el informe que ha aprobado el CGPJ con los
votos del sector conservador (10 frente a 9) produce sorpresa
e indignación. El argumento "técnico"
de que esta ley es inconstitucional porque discrimina a los
hombres, revela una notable ignorancia de los derechos humanos,
de la democracia social y del principio de la discriminación
positiva, promovidos por la ONU y recogidos por nuestra Constitución.
Contra lo que el dice el señor Requero, la ley no puede
ser neutra si quiere ser justa, porque la realidad de los
seres humanos es desigual y, por tanto, la justicia exige
que los desiguales sean tratados desigualmente, precisamente
para hacer posible la igualdad.
Con esta ley, se pretende combatir la violencia
machista que sufrimos las mujeres por el solo hecho de serlo,
una violencia que los jueces conservadores del CGPJ parecen
desconocer o minimizar. La actitud de estos jueces es parte
del problema y no de la solución. Con su desprecio
hacia el drama que sufren las mujeres, ponen de manifiesto
el estrecho vínculo que les une a la herencia cultural
machista, contra la que esta ley va dirigida. De forma tal
vez inadvertida, estos jueces no hacen sino dar argumentos
a los maltratadores para seguir siéndolo de forma impune.
Quizá desearían que siguiese funcionando el
silencio respecto de los delitos contra las mujeres, porque
para sus adentros piensan que el destino "natural"
de las mujeres es estar en casa y con la pata quebrada. Resulta
grotesco el argumento de que los hombres no van a estar tan
protegidos como las mujeres: en primer lugar, porque el código
penal ya les protege en caso de que sean objeto de algún
delito; en segundo lugar, porque con ese argumento "neutro"
se pretende obviar el hecho cierto de que son las mujeres
las que deben ser generalmente protegidas de los hombres,
sobre todo de aquellos que confunden el amor a la mujer con
la posesión y el dominio sobre ella.
En fin, muchas son las consideraciones que
podríamos seguir haciendo. Este debate no ha hecho
más que empezar. Ahora bien, lo que debe quedar claro
es que la violencia machista es un problema social estructural
y ha de tratarse como una cuestión de Estado. Esta
ley inaugura, que no clausura, esta consideración y
coloca en el espacio público un fenómeno que
debería escandalizar a cualquier hombre o mujer de
bien, es decir a cualquier persona con una sensibilidad moral
y política mínimamente razonable. Pensemos en
cómo mejorar la ley y no en echar basura sobre ella.
Y nosotras, mujeres, agrupémonos todas
en torno a la defensa y mejora de esta ley. La lucha continúa,
y aunque no tengamos la fuerza física, tenemos la fuerza
de la razón y de la justicia.
Alicia Poza Sebastíán, Angeles Muñoz
Celdrán, Encarna Forca Sánchez, María
José Frutos Frutos, Charo González Martínez,
Fuensanta Muñoz Clares, Caridad de Santiago Restoy,
Isabel Frutos Frutos, Rosa Peñalver Pérez, Angeles
Trujillo Ponce, Mercedes Noval Clemente, Mª José
Bernal Clemente y Teresa Ponce Molet. (Comisión
8 de marzo).
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